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Contra Santa Claus

Jorge Zepeda Patterson

Cuentan en Inglaterra que un político honrado, un abogado decente y Santa Claus subían juntos en el elevador de un hotel elegante. Cuando la puerta se abrió los tres vieron sobre el piso un billete de 50 libras. ¿Quién lo recogió primero? Santa Claus, por supuesto. Los otros dos no existen.

Quizá no es un buen chiste, pero la frecuencia con que se relata en Europa revela dos cosas: la desconfianza casi universal que inspiran los políticos y la preeminencia de la figura de Santa Claus, un personaje mitológico tan inverosímil como necesario en estos tiempos de dictadura tecnológica y mercantilismos.

Aunque bien mirado, incluso si existieran los otros dos individuos en el elevador es probable que Santa Claus se abalanzara sobre el billete con más codicia que sus acompañantes. Después de todo, la omnipresencia de Santa es resultado de las campañas publicitarias promovidas por los intereses del mercado. El gordo bonachón se ha convertido en el instrumento perfecto para propiciar el consumismo y hacernos depositarios efímeros de nuestro aguinaldo.

Con toda razón se dice que la vida de un hombre está definida por tres etapas sucesivas: Cree en Santa Claus. No cree en Santa Claus. Es Santa Claus. La costumbre nos ha convertido a todos en un Papá Noel y no sólo de nuestros hijos. Familiares, amigos, compañeros de trabajo se han convertido en destinatarios obligados de nuestros presentes navideños por la fuerza de la costumbre o la presión social. ¿Y no vas a regalarle nada a tu secretaria? Nos preguntan con tono incriminatorio que no acepta escapatoria. Y de pregunta en pregunta, terminamos con tal lista de agraviados potenciales que el asunto se convierte en un largo vía crucis por el “Mall” más cercano. El problema no es que estemos obligados a dar, sino a consumir. No tengo ninguna dificultad con el hecho de darle “su Navidad” al portero del edificio. Es un buen pretexto para reconocer las atenciones a lo largo de un año. Es también la mejor de las oportunidades para hacer felices a nuestros hijos con el juguete que les provocará palpitaciones y sueños mágicos.

Pero sí es un problema caminar con ojos de desamparo entre escaparates que se resisten a decirnos qué cosa le gustaría a la secretaria o al colega al que debemos un favor. Nos devanamos los sesos tratando de recordar el tipo de bolsa que suele usar (la secretaria). Descartamos secciones completas por ser inapropiadas (corsetería) o demasiado caras (joyería) y regresamos al punto de partida (bufandas y marcos de retrato) sólo para recordar que ese regalo ya lo hicimos el año anterior.

En el caso del colega o el jefe el tema es aún más complicado. No sólo porque están descartados los departamentos anteriores (desde luego el de corsetería); también porque se atraviesa el asunto del precio. Se supone que el regalo navideño es un gesto de cariño o de reconocimiento. Se dice que el valor reside en la acción misma y no tanto en el contenido. Recibir un presente significa que alguien pensó en nosotros, buscó un objeto, lo envolvió y nos distinguió con su preferencia. Quizá. Pero nadie escapa a la magia que representa encontrar debajo del papel y el moño un objeto hermoso, útil y apreciado. De igual forma, nadie escapa a la desilusión del niño que llevamos dentro cuando abrimos un regalo de pacotilla y mal gusto. Todos hemos sido víctimas de regalos feos y perfectamente inútiles. Solemos disculpar, e incluso enternecernos, cuando provienen de un hijo pequeño, pero nuestra calculadora mental es implacable cuando se trata de un colega obligado o de un intercambio al que habíamos destinado un pedazo de la cartera. Por desgracia el aprecio o el desprecio que provoca un regalo deriva del precio. “No me gusta, pero se gastó una lana”, admitimos en señal de reconocimiento.

Se supone que el mejor regalo es el que se orienta a los gustos e intereses del homenajeado. Pero el asunto es mucho más complicado de lo que parece. A menos que nosotros mismos seamos expertos en la materia, corremos el riesgo de regalar el libro obvio, el disco repetido, el carrito que armó hace diez años. Por eso es que el regalo ideal es aquel que llena un hueco que el destinatario no sabía que tenía, o despierta una pasión que ignoraba. Pero ello requiere la exploración del alma ajena, supone una sensibilidad exquisita que no solemos depositar ni en el colega ni en la secretaria.

En conclusión, hacer regalos de Navidad a otros que no sean los niños o a la pareja es un trámite que no tiene que ver con la generosidad sino con el consumismo. Bienaventurados los previsores que adquirieron todos sus regalos con anticipación y pasan estos días en pleno sosiego navideño. Más bienaventurados sean aquellos que han logrado desprenderse del reclamo social y regalan cariño y una amistad sin intermediaciones, cajas o envolturas. A todos ellos, feliz Navidad. (jzepeda52@aol.com)

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