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JAQUE MATE/Yucatán

Sergio Sarmiento

“Mi Mérida, mi querida ciudad blanca, ahora está toda negra.”

Olga Esther Correa Manzanero

A dos semanas del paso del huracán Isidoro, Mérida sigue mostrando las heridas. Casi por doquier pueden verse las bardas y los árboles derribados. Pero los meridanos, orgullosos siempre de la limpieza de su ciudad, han cortado los troncos rotos y los han apilado en pequeños montones junto con las hojas y ramas en espera de los camiones del ayuntamiento que habrán de recogerlos. Los ladrillos y materiales de las bardas caídas también están ya apilados para ser reutilizados o descartados. Puede uno darse cuenta de que en tres o cuatro semanas difícilmente se notarán, en esta bella ciudad, las cicatrices de la tragedia.

Este pasado fin de semana, de hecho, ya Mérida regresaba a su vida normal. Los restaurantes y centros nocturnos de moda estaban llenos. Afuera del Friday’s había una cola como antes del huracán. Frente al nuevo Mambocafé, en la plaza de las Américas, se aglomeraban cientos de jóvenes que desesperados buscaban ser elegidos por el personal de seguridad para que se les permitiera el ingreso.

En el interior del estado, sin embargo, la situación es radicalmente distinta. Amplias zonas de Yucatán siguen inundadas ya que el suelo calizo dificulta la absorción del agua. El peligro de enfermedades e incluso plagas es enorme. Más del 46 por ciento de las viviendas en el interior —contra sólo el 5 por ciento en Mérida— fueron afectadas por el huracán. Y se entiende, ya que la mayoría estaban construidas con láminas de cartón. Más de treinta mil viviendas fueron destruidas completamente por las lluvias y los vientos. Otras 50,000 tienen daños de severos a ligeros. La electricidad sigue sin llegar a muchos poblados del estado ante la pérdida de 5,800 postes de luz. El huracán Gilberto de 1988, en contraste, tiró sólo 800 postes.

La solidaridad de los mexicanos con Yucatán —Campeche, hasta donde tengo entendido, es otra cosa— ha sido notable. Se han acumulado despensas para alimentar durante un mes a los damnificados. Empiezan a llegar también las láminas de cartón que podrán dar refugio a miles de familias que han tenido que dormir al aire libre durante dos semanas. El gran reto ahora es reconstruir una economía devastada.

Se calcula que los daños producidos por el huracán ascienden a unos 10,000 millones de pesos, de los cuales sólo un 20 por ciento estaban asegurados. Esto es casi un 13 por ciento de los 78,000 millones de pesos del producto interno bruto estatal del 2001. La destrucción de viviendas es preocupante. Pero quizá inquieta más la pérdida de producción y empleos. Muchas fábricas han quedado severamente dañadas y pueden necesitar semanas o meses para reanudar sus actividades. En el agro la destrucción es mayor: han muerto 8 millones de aves en las granjas, y los cultivos, a unas semanas de la cosecha, se han perdido casi por completo.

El desastre natural dejó un saldo mortal directo de sólo tres o cuatro muertos, pero podrá verse empequeñecido por el hambre si no se reactiva pronto la economía. Los trabajadores que pierdan su trabajo ante la quiebra de las empresas difícilmente encontrarán nuevos empleos en las actuales circunstancias del estado. Los campesinos que han perdido sus cultivos no pueden esperar un año sin comer hasta que llegue la nueva cosecha.

El desastre de Isidoro podría implicar una nueva oportunidad para Yucatán. Después de todo, la enorme mayoría de las viviendas destruidas, hechas con lámina de cartón, no merecían siquiera el nombre de casas. Un esfuerzo intenso de construcción de vivienda de tabique y cemento podría ayudar a recuperar la economía y le daría a los yucatecos verdaderos hogares para vivir.

Pero es doloroso darse cuenta de que el esfuerzo por ayudar a los damnificados y por lograr la recuperación económica de Yucatán se ha partidizado. En las acusaciones y contraacusaciones se manifiesta el viejo y agrio conflicto entre el PRI y el PAN en la entidad. Unos y otros se acusan de incompetencia y deshonestidad. Y lo lamento, porque la única manera en que este estado entrañable podrá resurgir es si todos sus habitantes, fuerzas políticas y grupos económicos deciden trabajar de común acuerdo. De momento, sin embargo, no se ve ningún deseo para lograr esta indispensable colaboración.

Subsidios

El presidente Fox anunció la semana pasada un programa de vivienda para los damnificados del huracán Isidoro con un gasto de 1,900 millones de pesos. Pero esta cantidad parece ridícula cuando se compara con el subsidio de 12,000 millones de pesos anuales que los contribuyentes de todo el país deben aportar para subsidiar —por encima de lo que cobra con sus altas tarifas— una Compañía de Luz y Fuerza del Centro que le da servicio sólo al centro del país y a la rica capital.

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