Salido momentáneamente de su oscuro retiro, Carlos Jongitud habló de la traición que le asestó Elba Esther Gordillo hace 13 años. Silencioso desde entonces, sus palabras fueron buscadas ahora que la profesora a que ayudó a encumbrarse brilla como la principal operadora política del presidente Fox, nada menos que desde su cargo como secretaria general del PRI.
Ése, el de traición, es el cargo principal que lanza contra su antigua protegida. Pero sus tics de político maniobrero, practicados como cuando estaba en plena forma; la confusión senil de su expresión, y un intencionado manejo editorial en un diario capitalino produjeron un escándalo que derivó rápidamente en una tardía acusación penal, presentada ayer, 48 horas después de conocida la alusión de Jongitud, contra el propio ex dirigente magisterial y contra la secretaria general del PRI, como si su ex protector la hubiera señalado por el homicidio del profesor Misael Núñez Acosta, ultimado a balazos el 30 de enero de 1981.
Puesto que es probable que pocos recuerden ya a Jongitud, conviene refrescar la memoria. Nacido en Coxcatlán, San Luis Potosí, profesor normalista, comenzó su carrera de dirigente sindical al lado de Manuel Sánchez Vite, en la sección IX del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Juntos apalearon a profesores disidentes y por eso hicieron méritos ante el oficial mayor de la SEP, el taciturno Luis Echeverría. Cuando éste fue secretario de Gobernación consiguió elevar a Sánchez Vite, compadre suyo, a la gubernatura de Hidalgo. Pero a Jongitud sólo pudo hacerlo diputado suplente en el Distrito Federal en 1967. Mas Echeverría supo que era útil para otros usos: por ejemplo traicionar a Sánchez Vite, amigo de ambos. En febrero de 1972 Echeverría echó a Sánchez Vite del liderazgo del PRI y en septiembre siguiente lo privó de uno de sus emplazamientos, la dirección sindical del magisterio. A sangre y fuego Jongitud se apoderó físicamente del edificio sindical y luego del sindicato mismo. A través de su grupo Vanguardia Revolucionaria, que lo mismo hacía demagogia populista que golpeaba adversarios o los privaba de la vida, dominó el SNTE durante 17 años, en que hizo paralelamente una carrera política: senador por San Luis, director del ISSSTE, gobernador de su entidad natal.
Hacia 1973 conoció a Elba Esther Gordillo. La encontró “en la miseria”, dijo a Rosa Elvira Vargas y Jenaro Villamil. “Yo la traje de Chiapas a través de los amigos que recomiendan personas. Yo con mucho gusto serví de puente para que esta niña se contactara con la dirigencia del sindicato”. Ella aprovechó la oportunidad. Fue dirigente delegacional y luego, de 1977 a 1980, secretaria general de la sección 36, una de las dos del sindicato magisterial en el estado de México. En esas y otras secciones del SNTE brotó en 1979 la disidencia, que se agruparía en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Disentir de los mandos sindicales era delito que se pagaba con feroces golpizas, vejaciones, la muerte.
Eso fue lo que ocurrió a Misael Núñez Acosta, cuyo nombre fue recordado por Jongitud en la entrevista aparecida este domingo en un diario de la Capital. Nacido en Hidalgo, normalista de El Mexe y Tenería (escuela esta última en que también Jongitud había estudiado), alumno de derecho de la naciente Universidad Autónoma Metropolitana, Núñez Acosta fue asesinado por sicarios: “Misael murió a manos de ellos”, recordó a medias, implicando a sus enemigos, como si no hubiera quedado claro entonces, en 1981, que la dirección magisterial estaba involucrada en el homicidio, cuyos autores materiales fueron procesados.
Elba Esther prosperaba entonces: al paso que mantenía dominio sobre “su” sección (quienes la reemplazaron la obedecían dócilmente) ascendió en el escalafón del comité nacional, alentada por Jongitud: secretaria de Trabajo y Conflictos, secretaria de Finanzas, presidenta de la comisión de Vigilancia.
Retirado Jongitud al concluir su gobierno en San Luis, en 1985, retomó el control del sindicato. Sin perderlo con su protector, Elba Esther iniciaba sus contactos con el grupo de Salinas: éstos la hicieron diputada por segunda vez, y delegada en Gustavo A. Madero. Y le pidieron, amablemente, su colaboración para echar a Jongitud del sindicato. Como él mismo afirma, le esperaba lo que a Joaquín Hernández Galicia: caer en la cárcel y no sólo perder el poder sindical. Pero escapó a tiempo y desde su jubilación vio cómo su creatura se alzaba contra el creador. Sobre los restos del demolido imperio de Jongitud la profesora erigió el suyo. Lo amplió, además, hasta límites que su protector no hubiera imaginado.
La ambigua acusación del ex político potosino no será penalmente eficaz. Además de que puede revertirse en su contra, se trata de un caso formalmente juzgado. Yerran quienes llevaron ayer el asunto ante la Fiscalía de la Guerra Sucia. Guerra Sucia hubo, sin duda, contra el magisterio disidente, pero la acometieron pistoleros a sueldo de los mandones entre los que figuraban Jongitud y Gordillo que, sin embargo no fueron nunca señalados formalmente como autores de delitos. La fiscalía tiene el deber de investigar las acciones subversivas de agentes de la autoridad, de servidores públicos que asesinaron o secuestraron.
La exhumación de Jongitud y el ensuciar la biografía de su protegida carecerán de efectos. Cuando más harán fruncir la nariz a panistas delicados que a poco se acostumbran a los malos olores.