Todo recuento de los personajes del año —como este que comenzamos hoy aquí— debe incluir por fuerza a Marta Sahagún de Fox, que ha generado simpatías y lo contrario por su hasta ahora exitoso afán de ser más que la primera dama una cogobernante con su marido, al que acompaña a todas partes como si la Presidencia fuera bicéfala. Hasta llegar a Celaya desde Zamora, la vida de Marta Sahagún hubiera diferido poco de la vida media de las mujeres de esas recoletas ciudades: no había hecho una carrera, sino estudiado idiomas (inglés de Irlanda, en su caso), pero se había casado con un profesionista, el médico veterinario Manuel Bribiesca, cuyo padre los indujo a militar en el Partido Acción Nacional.
En la ciudad guanajuatense la ahora señora de Fox desplegó sus energías, tanto en los negocios (el de productos veterinarios que derivó de la profesión de su marido) como en la política: aunque en 1991 sólo acompañó a Fox de lejos en su primer intento de llegar a la gubernatura de Guanajuato, ella misma fue candidata a la alcaldía celayense en 1994.
No se aproximó siquiera al triunfo, pero sí a Fox, que al año siguiente la designó directora de prensa del gobierno que al fin alcanzó. Se improvisó en una actividad que desconocía y en la que después ha dado muestras de gran eficacia. Dado que el gobernador estaba divorciado, y ella aún casada, no se produjeron entonces las condiciones para que fuera la primera dama de la entidad. Pero sí fue, de más en más, la figura femenina más próxima no sólo a las tareas oficiales de Fox, sino a los empeños que para el futuro concibió un grupo de sus colaboradores cercanos, que se consideraron capaces —¡y lo consiguieron!— de llevar a Fox a Los Pinos. En consecuencia, lo mismo que el gobernador, ella renunció a su puesto estatal y se convirtió en “la sombra” del candidato presidencial, no sólo como su coordinadora de prensa, sino con responsabilidades crecientes, como fue siéndolo la proximidad con su jefe. Ya para entonces se había disuelto, de mal modo, su matrimonio, dato de su vida personal que si figura aquí es porque lo han alcanzado los reflectores que ahora la alumbran: las muy publicitadas bodas de sus hijos acentuaron la distancia entre ambos ex cónyuges, ya amplia al punto de que el doctor Bribiesca ha renunciado al PAN y buscar hacer vida política propia en Celaya.
Tras la victoria de Fox, a que ella contribuyó en amplia medida (pero menor de la que ella misma y su entorno pretenden, porque ni el PAN ni los afanes democráticos se inauguraron en el 2000), la señora Sahagún se convirtió en vocera presidencial, desempeño que sólo comprendió siete meses, pues al iniciarse el octavo, y precisamente un año después del triunfo electoral, se consumó una boda anunciada por multitud de rumores a que los protagonistas dieron lugar. El cambio de status civil significó también una mudanza de la condición política de la esposa del Presidente. O mejor dicho, de la percepción que ella tiene de esa condición política. Por ignorancia o por sagacidad, circula convencida de que tiene una función gubernamental que ejercer: “Pasar cinco años de mi vida en blanco pudiendo hacer muchísimas cosas a través del puesto que ocupo ahora sería imperdonable”, ha dicho para explicar su activismo. Y no se refiere a la presidencia del patronato del DIF, o del Consejo para la niñez y la adolescencia. Y ni siquiera a la presidencia de la Fundación Vamos México, sino a su condición de primera dama, diligente esposa del Presidente de la República, su inseparable pareja en la acción de gobernar. Parte entonces, deliberadamente, de un equívoco.
El “puesto” que ocupa carece de existencia legal pero ella lo ha impregnado de esencia política. Aunque de vez en cuando recula y asegura que no tiene intenciones de participar en política, es notorio su trajinar, fundado en un feminismo sui géneris, tras el cual se escuda para descalificar los juicios adversos sobre el ejercicio de una autoridad sin responsabilidad. Durante su gira europea más reciente, el Presidente Fox dijo que le gustaría ser reemplazado, en el 2006, por una mujer. No se refirió por supuesto, de manera expresa, a “la señora Marta” como la llama. Pero de ese modo tácito hizo explícita la pretensión de su esposa, que muchos ciudadanos perciben. El Grupo Reforma preguntó en una encuesta: ¿Cree usted que Marta Sahagún de Fox tiene intenciones de ser candidata a la Presidencia de México? La mayor parte de los entrevistados, el 54 por ciento, contestó afirmativamente. Treinta y seis por ciento dijo que no: una diferencia de 18 puntos. A partir de esa creencia, tuvo sentido preguntar si sería buena o mala candidata, y las respuestas se cerraron en rangos más cercanos: 43 por ciento dijo que mala, pero sólo cuatro puntos abajo, el 39 por ciento la consideró buena candidata. Es menor, sin embargo, el público que cree que ganaría (no obstante ser buena candidata): sólo 28 por ciento, mientras que 57 por ciento le augura la derrota. Por último, indagada la intención de voto, el 55 por ciento no sufragaría en su favor, pero sí lo haría el 33 por ciento. He allí, pues, la razón por la que la esposa del Presidente de la República figura obligadamente en el elenco de los personajes del año 2002: ejerce una función para la cual nadie la eligió ni la nombró, y a partir de la imagen que esa función le procura, construye una base para su actuación política del porvenir, que incluye la desmesura de suceder a su esposo en Los Pinos.