Como fruto tardío del monarquismo en vías de extinción, como una victoria cultural del derecho divino de los reyes, se ha oficializado la existencia de las Primeras damas, al punto de que las de los países de América se han reunido once veces en conferencia formal. La undécima concluyó ayer en la ciudad de México, con asistencia de sólo la mitad de las señoras invitadas, si bien, dirán los partidarios de establecer rangos entre naciones, estuvieron presentes las principales, incluida la principalísima Laura Bush.
En la monarquía dinástica la pareja real era imprescindible. Buena parte de los matrimonios entre la realeza de todos los tiempos se organizaban para asegurar la continuación de la estirpe, para garantizar que la casa reinante seguiría siéndolo por los siglos de los siglos. Podía ser repudiada la esposa de un soberanos que no paría herederos. Por esas razones, y porque nadie los elegía, eran relevantes los miembros de la pareja regia.
Pero en las repúblicas los ciudadanos eligen a una sola persona, que los ha de gobernar. Los presidentes son jefes de Estado, y los primeros ministros lo son de gobierno, en las naciones parlamentarias, a título personal. Se ha impuesto, sin embargo, la noción de que sus cónyuges importan tanto como ellos, durante su ejercicio. Se les llama, con obvio desdén para el resto, Primeras damas. Y aunque la que en México recibe ese tratamiento, Martha Sahagún de Fox, ha rehusado alguna vez ser llamada de ese modo, en la práctica acepta serlo y actúa como tal. Y no sólo cuando es anfitriona, como lo fue miércoles y jueves, de una conferencia que reúne a sus iguales de los países americanos, y España.
La idea de que gobierne no una persona sino una pareja obliga a forzar las cosas. El Presidente Castro, de Cuba, cuya vida conyugal se ha mantenido siempre secreta o discreta, no accedió a que su esposa estuviera presente. Asistió al encuentro, a riesgo de que le hicieran el feo, la secretaria general de la Federación de Mujeres de Cuba. El Presidente de Panamá es Presidenta —la única mujer en una república en nuestro continente— y en vez de que su marido viniera a la reunión de consortes, acudió su hermana. Y en vez de la mujer del presidente de Paraguay, estuvo su hija, Jazmín González, cuya espectacular presencia llamó la atención de todos.
Durante los primeros siete meses de su Presidencia Fox permaneció soltero y se hizo acompañar por su hija, como a su turno habían hecho otros presidentes latinoamericanos divorciados. Pero el 2 de julio del año pasado se casó con quien era hasta ese momento su vocera, la señora Sahagún, que ya tenía un papel relevante en la toma de decisiones políticas (función que asumió desde sus tiempos en el gobierno de Guanajuato), y adquirió desde entonces una presencia protagónica.
En el caso de la señora Fox se condensa la ambigüedad de las tareas que toman para sí, o les asignan ex oficio algunos ordenamientos, las Primeras damas. También como prolongación de la tradición monárquica, la cónyuge de la cabeza del Estado tenía reservada la realización de tareas asistenciales, filantrópicas. En el Estado mexicano reciente, de modo automático, no necesariamente fijado en normas expresas, la esposa del Presidente, o la señora Presidenta como a veces se la llama extremando la pérdida de la condición unipersonal del Poder Ejecutivo, encabezaba el patronato de la institución dedicada a la niñez o, más amplia y recientemente, a la familia. La señora Fox, quizá porque al asumir su nueva condición halló ocupadas las plazas formales respectivas, decidió no dejarse aprisionar por los corsés burocráticos y generó su propio espacio de actuación, una asociación civil, la Fundación Vamos México.
Se situó así en la mejor de las condiciones posibles. Ejerce autoridad sin responsabilidad. Dispone de recursos públicos y los maneja con criterios de asistencia privada. Compite deslealmente por los fondos sociales para la filantropía. Si lo hace con fines políticos propios o asociados a los de su esposo y su partido (el de Acción Nacional, hay que decirlo para evitar equívocos), es algo que sólo con el tiempo se sabrá de fijo. Pero que actúa con el fin de crearse una imagen pública trascendente no hay duda. No se le reprocha su activismo. Las esposas de los presidentes que han sido borrosas resultaron para la opinión pública menos aceptables que quienes emprendieron tareas aunque su contenido fuera polémico.
La institucionalización de la figura de Primera dama es también un triunfo del sexismo. Ratifica, por un lado, la idea de que la tarea política es todavía un coto reservado para los varones. Es impensable, por lo tanto, un club de esposos de Presidentas, y no es cercana la posibilidad de que una mujer sea titular del Poder Ejecutivo en México. Actualmente no hay una sola gobernadora, como las ha habido en Colima, Tlaxcala, Yucatán y el Distrito Federal, lo que acaso supone la reversión de una tímida tendencia hacia el fortalecimiento de la presencia de mujeres en las decisiones políticas, aunque haya más secretarias de Estado que nunca antes.
La figura de la Primera dama como cabeza del asistencialismo gubernamental o como ornamento supone también la anulación de su identidad propia. Quienes la ostentaban antes de que su esposo asumiera el poder la pierden o adquieren una espuria. No hay derecho a privar a una mujer de su propio valer, ni la república lo necesita. Ni debiera admitir el gobierno de alguien a quien no eligió.