Todos saben que habrá guerra con Iraq, aunque nadie se pone de acuerdo en la fecha en que estallará. Los días de Saddam Hussein están contados, lo difícil es calcular el número de bajas que tomará derrotarlo. Estas son las dos grandes incógnitas que quitan el sueño de la élite norteamericana.
Derrocar al dictador es una obsesión de la familia Bush. Desde la Guerra del Desierto hace más de una década, Bush padre se quedó con las ganas de hacerle pagar el precio de su osadía a Hussein. En aquella ocasión el peso de la opinión pública y el síndrome de Vietnam (el rechazo a aceptar cadáveres de soldados norteamericanos en las famosas bolsas de plástico negras) provocaron que los ejércitos aliados se quedaran en las fronteras, luego de expulsar a las fuerzas iraquíes de territorio de Kuwait. El Pentágono se quedó con las ganas de arrasar a Bagdad, pero hoy está dispuesto acometer esta asignatura pendiente.
El gobierno de Bush quiere la guerra. O quizá el término correcto es “necesita la guerra”. Primero, porque sería un importante estímulo para la incierta economía estadounidense. Bush ha padecido el mismo infortunio que su amigo Vicente Fox: desde que asumieron el poder la economía de sus respectivos países ha pasado por un período de vacas flacas (luego de una etapa de bonanza con el presidente anterior, perteneciente a un partido rival). Si bien en los últimos meses hay indicios de una recuperación, ésta ha sido más modesta y vacilante de lo esperado. La guerra dinamiza al corto plazo la industria básica y tecnológica norteamericana.
Segundo, la tragedia del 11 de septiembre parece haber dejado atrás el factor Vietnam. Por primera vez en varios años la opinión pública nacional estaría dispuesta a tolerar un número importante de bajas en su propio ejército. Ese sería el “uso político” de las miles de víctimas que arrojó la destrucción de las torres de Nueva York. Es una oportunidad única para “los Halcones” del Pentágono. El sentimiento de pesar, de miedo y de enojo que dejó en el pueblo el acto terrorista, “justificaría” el sacrificio de los jóvenes soldados que previsiblemente caerán en la batalla. A los ojos de los generales, es ahora o nunca.
Tercero, en esta obsesión por tumbar a Hussein hay también una cuota de frustración. El arrasamiento de Afganistán no sació la necesidad de venganza ni cumplió las promesas de hacer justicia que Bush pronunció, contrito, ante la nación estadounidense. Bin Laden nunca fue encontrado y todo indica que se pasea a sus anchas en el mundo árabe. El enorme poderío bélico norteamericano es incapaz de quitarse de la cara el molesto mosquito que le inquieta. No es un rival que pueda enfrentar a misilazos. Estados Unidos necesita un enemigo visible; un enemigo que posea código postal. Todo indica que no existe alguna relación entre el gobierno de Iraq y el atentado del 11 de septiembre, pero eso no es relevante. Un enemigo es tan bueno como el otro, con la ventaja de que Hussein tiene un ejército al cual atacar y un territorio al cual bombardear. Lo importante para Bush es encontrar a alguien a quien hacer pagar la frustración del pueblo norteamericano y Hussein es una excelente cabeza para ofrecer en bandeja.
Cuarto, en Estados Unidos siempre habrá razones electorales para tomar una u otra decisión política. Dentro de un año y medio arranca el largo proceso de campaña presidencial. Bush padre fue incapaz de reelegirse luego de un primer período de cuatro años. Ese es el gran fracaso de la familia. Derrocando a Hussein, el junior completaría la tarea que dejó inconclusa el padre y restablecería la popularidad que ha perdido.
Quinto, hay razones aun menos honorables para tocar tambores de guerra. El presidente Bush y el vicepresidente Cheney son producto de las corporaciones vinculadas a la élite tecnocrática, fuertemente subsidiarias del presupuesto militar. Cheney ha sido socio del principal constructor contratista de instalaciones para el ejército en los últimos años. Actualmente hay una investigación en curso sobre el gasto en barracas construidas para las unidades estadounidenses durante la ocupación de los Balcanes por parte de las fuerzas aliadas. La empresa de la que Cheney es socio se embolsó el doble de lo que habría correspondido a una construcción normal.
En resumen, hay muchos motivos para explicar la enorme urgencia que tiene Washington para ir a la guerra. Pero ninguno de ellos es suficiente para sus aliados europeos. El jueves pasado Gerhard Schroeder, el mandatario alemán, fue categórico: “no se trata de saber simplemente cuándo y cómo (será la guerra); sino determinar si es necesaria o no”. Lo único que detiene a los generales es la negativa de su contraparte europea para emprender una guerra que podría ser larga y muy desestabilizadora en una región vecina.
Colin Powell, el secretario de Estado se niega a emprender el ataque sin la aprobación de los aliados, pero a los Halcones les tiene sin cuidado: “la victoria generará sus propios aliados”, aseguran. Powell está a punto de ser derrotado. La paz también.
(jzepeda52@aol.com