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VOCES DE MATAMOROS

Por Moisés Rodríguez Escobedo

José Luis González Arellano

Anduvimos por los todos los rumbos de Gilia.

En sinuosos caminos de terregal que jugaban a las escondidas entre los mezquites, que bajaban y subían los tajos, que se convertían en arena al cruzar el río Aguanaval, caminos de tierra cribada como harina que se convertía en nubes de polvo al paso raudo de las llantas, caminos que en días lluviosos se transformaban en lodazales donde los camiones avanzaban lentos y se iban de lado o se quedaban atascados hasta que trajéramos un tractor para rescatarlos.

Éramos los autotanqueros

A José Luis, por su pelo ensortijado, le decíamos El Chino y José Vázquez que siempre ha exagerado, le decía El Colchas por su abultada melena llena de rizos.

José Luis y Beto llegaron de Ceballos, Dgo. Traían otra forma de hablar. Al calentar el almuerzo en la Estación de Gilita, el Chino nos pedía “las nejallotas”, todos quedábamos confundidos hasta que nos aclaró que se refería a las tortillas.

En la estación de Gilita, de los carros tanques del ferrocarril, cargaban en nuestros autotanques con cinco mil litros de diesel y lo llevábamos a los tanques de almacenamiento de las norias ejidales.

José Luis y Beto en un camión GMC modelo 50 propiedad de Sergio Ayup, José Vázquez y yo en un Chevrolet modelo 55 propiedad de Rogelio Ayup.

Al camión de ellos lo bautizamos con el nombre de La Portola y el de nosotros era El Submarino Amarillo.

Corrían los últimos años de la década de los sesenta y nosotros éramos unos muchachos veinticincoañeros a los que chico se nos hacía el mar para hacer un buche de agua.

A nuestros autotanques, como dice el corrido, "alas nomás les faltaban para volar como el viento". Los potentes motores y los caminos que curveaban entre el mezquital nos pedían a gritos que hundiéramos el acelerador para sentir el vértigo de la velocidad.

Los campesinos de aquellos andurriales, al ver a lo lejos las nubes de polvo que se levantaban del camino, lacónicamente decían:

-"Es un autotanque".

Por la tarde, al regresar del trabajo, parecíamos chamucos aterrados, Si alguien nos palmeaba, se formaba una pequeña nube de polvo a nuestro alrededor, como si fuéramos polvorones. Pero los domingos andábamos irreconocibles con pantalones hechos en la sastrería de Fino, con camisas Ben Hur y zapatos Canadá. de la tienda de don Rodolfo Ayup.

Los recuerdos aletearon en mi mente como parvada de palomas, mientras los rayos de un sol que se disponía a cerrar su diaria jornada, languidecían. Una banda de tuba, trombón y clarinete, respetuosa y suavemente, interpretaba "Cruz de olvido" y las notas musicales apretaban la garganta y humedecían los ojos.

José Luis González Arellano estaba rindiendo tributo a la madre tierra.

Nuestro Chino, nuestro Colchas, había emprendido el viaje sin retorno.

Que el buen Dios lo lleve de la mano.

Amén...

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