La semana pasada se cumplieron setenta años de la llegada de Adolf Hitler al poder. El 30 de enero de 1933, el senil Presidente de Alemania Paul von Hindemburgh nombró Canciller de la República al líder del partido con más escaños en el Reichstag (Parlamento), el Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes, mejor conocido entre la raza (¿la “aria”?) como Nazi. De esa manera empezaba el III Reich y el encumbramiento de una anticivilización que, en menos de siete años, desencadenaría la peor guerra y cometería algunos de los peores crímenes de la historia.
Algo sobre lo que hay que insistir siempre es que Hitler tomó las riendas de Alemania por medios legales. Las instituciones, reglas y procedimientos democráticos de la República Alemana (llamada siempre “de Weimar”, por el sitio donde se redactó su constitución) le abrieron el camino a los Nazis y otros extremistas, y ellos le sacaron tajada. La República incluso le dio a Hitler el arma con qué rematarla: la Constitución contenía un artículo (el 48) que éste invocó, el cuál le permitía arrogarse poderes absolutos, aun cuando sólo el 44 por ciento de los votantes había sufragado por él. Con ello se convirtió en dictador, y no dejaría de serlo sino hasta cuando se pegó el balazo en su búnker doce años después. La pesadilla ocurrió porque Hitler aprovechó las oportunidades que le dieron no sólo las leyes de Weimar, sino también los partidos políticos, los medios y las fuerzas económicas y militares.
Habría que enfatizar esto también. La República había nacido lisiada, cargando el lastre de la derrota en la Primera Guerra Mundial, y con una Constitución que era más una suma de buenas intenciones que un documento con el que se pudiera gobernar una nación moderna (y sumamente lastimada y confusa) como Alemania. La Presidencia de la República en 1933 estaba en manos de un anciano que difícilmente controlaba su vejiga y esfínteres, menos al gobierno. Pero lo que podríamos llamar “las fuerzas vivas” alemanas no hicieron mucho por mejorar la situación. Enzarzados en sus mezquinos pleitos partidistas, no supieron o quisieron ver que el monstruo estaba creciendo, que (siguiendo la precisa metáfora de Ingmar Bergman) la serpiente estaba por salir del huevo. Mucha gente veía con amargura aquellas pugnas y muestras de supina irresponsabilidad. Lo que se necesitaba, pensaban, era alguien que metiera en cintura no sólo a Alemania, sino a sus fuerzas políticas que, sumidas en el descrédito, continuamente peleando por tonterías, no atraían ni parecían representar a nadie. Cuando Hitler se presentó como el salvador, con un discurso consistente, con una organización notable (que incluía sicarios y golpeadores, no hay que olvidarlo), muchos ciudadanos honrados y decentes decidieron que ya habían tenido suficiente de los viejos partidos, y votaron por los Nazis. El resto es historia.
Lo que ocurrió en la Alemania de Weimar no es único ni mucho menos. Toda proporción guardada, lo mismo ocurrió en Venezuela. En ese país rico en petróleo, reinas de belleza, telenovelas cursis y poco más, durante décadas la clase política se repartió el poder y el dinero. La gente denominaba “el cogollo” a esa élite, formada por las dirigencias de los partidos “tradicionales”, que se dedicaban a ir de shopping a Miami y botarse los ingresos petroleros en tonterías. Carlos Andrés Pérez sería el ejemplo más conocido y conspicuo de lo que era capaz “el cogollo”. Pues bien, a fines de los noventa, ante la calamitosa irresponsabilidad de esa clase política inepta y dispendiosa, surgió la figura de un líder carismático y populista que prometió barrer con ese grupo parasitario y frívolo. Cómo pudo el pueblo venezolano elegir a un caudillejo como Hugo Chávez sólo se explica por la calidad moral, intelectual y política de sus antecesores. Más aún: cuando Chávez fue derrocado brevemente el año pasado, lo que los venezolanos vieron inmediatamente por la televisión fue al “cogollo” brindando con champaña en el Palacio Presidencial: business as usual. No es de extrañar que Chávez regresara campeando por sus fueros menos de un día después.
Claro, ahora Venezuela está sufriendo las consecuencias de haber elegido un populista de la peor estofa, un alucinado que se cree Bolívar y que todavía piensa que Cuba es “territorio libre de América” (quizá la más cruel ironía de todas las que Castro se ha encargado de crear). Pero, viendo lo que hacía y dejaba de hacer la clase política venezolana, resulta comprensible que el pueblo se haya aferrado a ese clavo ardiendo... y al que ya no saben cómo desclavar.
Lo mismo con Argentina y el regreso de Perón. Luego de tres lustros de gobiernos militares al cual más de malos, Argentina eligió a Héctor Cámpora como presidente. Éste, por demanda popular, renunció para que Juan Domingo Perón, enfermo, exiliado desde hacía quince años, y casado con una rumbera, retornara al país y se postulara como candidato presidencial. Lo malo fue que escogió a su mujer para vicepresidenta (lo que ni con Evita había hecho). Cegado por la admiración del caudillo, recordando los viejos buenos tiempos de 1946-55, y como reacción contra los militares que antes lo habían echado, el pueblo votó aplastantemente por Perón... sin parar mientes que era muy probable no terminara su período. Como maldición gitana, pasó lo que tenía que pasar: Perón falleció al año de mandato y la perfectamente inepta Isabelita quedó como presidenta, manejando (bueno, es un decir) el país según las indicaciones de la Tabla Ouija y dos o tres brujos (lo que está históricamente certificado). Al rato vino el golpe, la Guerra Sucia, y una espiral de decadencia de la que Argentina es fecha que no sale. Claro, ¿a quién se le ocurre elegir a un hombre enfermo que con toda probabilidad le iba a dejar el poder a una persona totalmente impreparada?
Los pueblos no siempre actúan racionalmente. Especialmente luego de un período de desgaste o crisis, son muy dados a lanzarse en brazos de “salvadores de la Patria” y caudillos de todos tipos. Como que eso resulta hasta lógico. Lo que debe prevenirse es, precisamente, el desgaste y la decepción que provoca una clase política mezquina, inepta e irresponsable... como las que antecedieron el acceso al poder de Hitler, Perón y Chávez.
¿Qué podemos decir de la clase política mexicana? Bueno, creo que con los pelos de la burra en la mano es posible decir que es mezquina, inepta e irresponsable. Los partidos políticos son feudos que cada vez representan menos a la ciudadanía, y que se aplican a defender sus intereses y no los del país. Para ellos son más importantes las cuotas (económicas y políticas) que pueden obtener, que las reformas estructurales que la nación y los tiempos reclaman a gritos. La operación de la Cámara de Diputados es ya una obra fársica, plagada de bufones que hacen gala de su irresponsabilidad e ineptitud. Por su parte, el Presidente de la República ha demostrado una impresionante incapacidad para sacarle provecho a la circunstancia de haber sido legítimamente elegido, precisamente para impulsar los cambios que le permitan al país dejar su rancio pasado atrás. En lugar de impulsar los cambios con eficiencia y el peso político de la victoria alcanzada en 2000, el Ejecutivo Federal se la pasa lloriqueando y metiendo patas de lo más infantiles. Mientras tanto, la población ve desesperada cómo los supuestos dirigentes de la sociedad sólo sirven como modelos de irresponsabilidad, de inercia, de mezquindad... como los políticos de la Alemania de Weimar, como “el cogollo”, como los militares platenses de 1971.
La historia nos da lecciones, y ¡ay de aquellos que no les sacan provecho! Por eso, viendo a nuestra clase política, me temo lo peor. Viendo cómo funcionan nuestros partidos, columbro muy negro el horizonte. Y sintiendo la desesperación de la gente, tiemblo al pensar que, habiendo tenido la oportunidad de evitarlo, en un futuro vayamos a caer en manos de un caudillo nefasto (y muy probablemente tabasqueño)... democráticamente electo. Por eso, deberíamos voltear atrás y ver cómo le fue a aquellos países que permitieron que la mezquindad fuera la moneda corriente de la clase política, la cortedad de miras la herramienta fundamental de los partidos. Todavía hay tiempo para corregir rumbos. Pero queda muy poco.
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