Lerdo

CRÓNICA URBANA| Y al final, se quedan solos...

CD. LERDO, DGO.- “Y éstos eran los hermanos que venían de Mapimí, que por no venirse de oquis, robaron Guanaceví...”, versa la canción que a capela entona la anciana pareja formada por Enrique Pérez Aguirre y María Elisa Chávez, quienes para sobrevivir, cantan y tocan la armónica afuera de un supermercado lerdense.

“Mi ombligo está en Nazas, Durango... tiempo tenemos ya radicando ‘ai’, en la colonia Juan José Rojas”, dice el marido, quien confiesa haber nacido un 15 de julio de 1922.

“Ya me hice viejito, ya no puedo más navegar, trabajar... mas a la mujer le dije ‘ai’ si tú puedes sacarme... pues vamos a ver qué Dios da”, comenta con su voz rasposa y su tono pausado, mientras sus manos morenas y aradas por el tiempo le dan vida a sus palabras.

Por aquellos años en que sus cansados ojos de esmeralda vieron la luz por vez primera, sus padres se mantenían rascando la tierra en la labor. “Ya cuando estuve cachorrito (dice Enrique) mi padre me enseñó a sacar y a sacar, pos’ irle al monte, al campo, a ver qué le podíamos hacer”.

Y con el orgullo que parte de sus labios y parece llegar a cada rincón de su esbelto y pequeño cuerpo, enumera, apoyando la idea con sus cortos y afilados dedos: “nosotros leñadores, nosotros talladores, nosotros canasteros, nosotros poniendo fondos a sillas de madera... haciendo mantas, alfombras, gamarras, tapaojos, morrales”.

Su madre murió antes que su padre. “Nunca anduvimos, pues como dicen, una uña gruesa con una uña delgada, no señor. Todo el tiempo era trabajar, navegar y decir ‘vamos a saber granjear para que toda persona nos dé y nos comparta’... y agradecidos estamos con la humanidad”, platica el señor Pérez, mientras su mujer atenta le observa su barba cana moverse como marina espuma sobre una roca llagada.

¿Cuánto tiempo llevan casados?

—A ver... dile tú— contesta María Elisa con su voz aguda y quebradiza, quien va para los 70 años de edad.

Y Enrique, después de carraspear y de sacudir su ancha nariz, responde: “Uh, señor de mi vida, bendito sea Dios, ya es mucho tiempo... y hasta ahorita, no hay que diga un frijol pa’llá, una sopa pa’cá... hoy se casan, ya pa’l día de mañana anda cada quien por su lado”.

Y él mismo se cuestiona: “¿a qué se deberá? Muy poquiteros a navegar, a trabajar o cómo”.

Uno de los numerosos transeúntes interrumpe la charla del anciano depositando una moneda en el sombrero que éste sostiene entre sus piernas y donde guarda su gastada armónica color verde. “Así sean sus ricas bendiciones”, se dirige automáticamente hacia el dador con la mano en señal de agradecimiento.

Enrique cuenta, más adelante, que hace muchos años, alguna vez fue enviado a estudiar “en la escuela de soldados”, a la capital del país, pero “por tristes tres centavos, no pudimos llegar de Nazas a Chapultepec, ‘ai’ nos acortaron”.

Agrega, rascando su blanco cráneo, intentado traer a su boca los recuerdos: “anduve yo en el tren, en la escolta, algún tiempo... como unos siete años”.

Hoy, junto a su esposa, hace sonar su armónica y su garganta para sobrevivir.

¿Tuvieron hijos?

—Ocho, pero ninguno nos vive... grandes, chiquitos, más chiquitos todos se nos fueron, estamos los dos solitos, aquí como nos ve sentados. Llegamos a nuestra casita, ella se pone a afanar por aquí y yo ‘ai’ enroscadito. El rato que podemos platicar si ella me platica bien y si no, yo no puedo platicar ¿cómo ve?

Antes de despedirse, Enrique Pérez Aguirre acaricia su escapulario en el pecho y solicita: “a mí me gustaría que la gente me pudiera dar un trabajito por ‘ai’ para no estar nomás gruñendo, porque todavía puedo arañar la tierra”.

Se quedan ambos viéndose para continuar entonando su canción de sobrevivencia: “... ellos traían los caballos, uno oscuro y un ‘jobero’; en el oscuro cargan ropa y en el ‘jobero’ dinero...”.

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