Enrique Krauze y Gabriel Zaid, dos de los más reconocidos intelectuales mexicanos, publicaron esta semana artículos largos y sesudos a favor de votar del lado de Estados Unidos en el tema de la guerra de Iraq. Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, verdaderos iconos de la cultura del país, hicieron lo propio para argumentar justamente lo contrario.
No sólo “la inteligencia” está dividida. Los principales organismos empresariales se alinean a favor de Washington por temor a represalias de parte de los circuitos de negocios norteamericanos que puedan lesionar la economía nacional. Del otro lado, la mayor parte de la clase política favorece un voto independiente, aún cuando pueda tener consecuencias. Según las encuestas el grueso de la opinión pública se inclina por desarmar a Iraq de manera pacífica, es decir por votar en contra de la guerra. Sin embargo, poco a poco se convierten en mayoría aquellos mexicanos que prefieren que el país se incline por la abstención. Como si se tratase de una media aritmética que nos deja a medio camino y salva los principios (nuestra tradición pacifista) y no lastima nuestros intereses (la buena relación con nuestros poderosos vecinos). La opinión pública cree que esa sería una solución de compromiso entre lo deseable y lo necesario, entre la ética y la vida práctica.
Por desgracia no es así. Para efectos de lo que quiere Estados Unidos, una abstención es lo mismo que un voto en contra. Bush necesariamente requiere nueve votos para obtener la aprobación que desea. Que un país vote en contra o se abstenga es un voto que se resta a los nueve que necesita. Actualmente cuenta con el favor de Inglaterra, España, Bulgaria y el suyo propio. Es decir, cuatro seguros. Se supone que puede lograr los tres votos de los países africanos, con lo cual llega a siete. El resto es inconquistable, salvo México y Chile, y en menor medida Pakistán (Rusia, Alemania, China, Francia y Siria son explícitamente contrarios).
El juego de Washington ha consistido en presionar a los tres países (México, Chile y Pakistán) para conseguir dos votos, asegurándole a cada uno de ellos que ya cuenta con ocho votos. Estados Unidos ha tratado de hacerle ver a cada uno de estos países que su voto es justamente el noveno, con lo cual la presión se hace irresistible. No sólo la guerra depende de la decisión de ese noveno país; prácticamente también el futuro inmediato de la ONU.
Pakistán y Chile no resistieron la presión. El primero optó por declarar públicamente que se abstendría y el segundo que votaría en contra de Estados Unidos. México fue el único que resistió hasta el final esta dura partida de póquer. No cedió ante Washington pero tampoco descartó de manera categórica la posibilidad de cambiar su posición frente a nuevos acontecimientos. Hasta el último momento la Casa Blanca ha mantenido la posibilidad abierta de que México pudiese votar en su favor en el caso extremo de constituir el noveno voto. Sólo el tiempo dirá si ésa fue la mejor manera de actuar de acuerdo a nuestros principios, minimizando al mismo tiempo, los costos políticos y económicos. Mi apreciación es que desde el inicio hubo muy poco margen de decisión. Todas las opciones eran perdedoras. Al declararse a favor de la paz, pero sin tomar una posición beligerante (como lo deseaba una corriente encabezada por Adolfo Aguilar Zínser) la estrategia asumida por México fue la correcta; digna, valiente y buscando la mayor contención de daños posible.
Tal como están las cosas en este instante, el tema de la votación ya es académico. Estados Unidos no tiene el octavo voto, mucho menos el noveno. Todo indica que no se atreverá a presentar esta semana una nueva resolución a favor de la guerra que esté condenada a fracasar. Por lo mismo, sólo quedan dos escenarios posibles. Uno, que Estados Unidos no espere más y ataque a Iraq sin pasar por la probación de la ONU. El otro consistiría en que Estados Unidos siga intentando una resolución favorable en el Consejo de Seguridad, lo cual implicaría ampliar el ultimátum y construir otro borrador de resolución. Pero es una opción que sólo retrasaría el primer escenario. En el fondo las posiciones son antagónicas. Inglaterra y Estados Unidos buscan un documento de exigencias que sean materialmente incumplibles por parte de Bagdad; pero Rusia, China y Francia no permitirán que un documento de ese tipo sea aprobado en el Consejo de Seguridad.
En este momento para Washington comienza a ser más alto el costo político de reñir con sus aliados europeos o entrar en represalias comerciales con México y China en su afán por obtener el voto de la ONU, que irse a la guerra de manera directa.
Y no nos engañemos, Estados Unidos emprenderá la guerra con la ONU o sin la ONU. Hay motivos electorales, ideológicos, económicos, petroleros y de geopolítica que, a ojos de Washington, hacen irreversible esta decisión. Hay una guerra en el futuro inmediato. Sólo falta saber si en marzo o en abril. México jugó fuerte y arriesgó para que esta crisis se resolviera por vía pacífica y en el marco de un nuevo orden institucional. Al final fracasamos todos. Pero no podemos arrepentirnos de haber hecho el intento. Ganamos en experiencia y liderazgo, aunque debamos asumir con valor y responsabilidad las consecuencias. (jzepeda52@aol.com)