EL PAÍS / AGENCIAS
MEDELLÍN, COLOMBIA.- El comandante R -un hombre de 37 años que hasta hace poco sólo mostraba su cara de estudiante de derecho- fue el primero en entregar su revólver. Lo dejó en manos del comisionado de paz del Gobierno colombiano, Luis Carlos Restrepo. Éste lo depositó en una pequeña tarima colocada en el suelo. Luego, uno a uno, los hoy 855 ex combatientes del Bloque Cacique Nutibara (BCN) -uno de los grupos de paramilitares más vinculados al narcotráfico- fueron dejando allí sus armas hasta formar un montón. Había de todo: ametralladoras, revólveres, fusiles, armas de fabricación casera. Una canción acompañó este largo desfile: “Ya vienen nuestros hermanos dejando armas por paz”.
“Estuve medio triste y medio esperanzado”, comentó el alcalde electo de Medellín, Sergio Fajardo -un matemático independiente que en enero asumirá las riendas de esta ciudad-, después de terminado el acto que se realizó en el palacio de exposiciones. “Tengo que ser optimista”, “el reto es afianzar esta oportunidad de paz”.
No es fácil. Los reinsertados fueron concentrados ayer mismo en una población cercana a Medellín, capital de Antioquia. Allí permanecerán tres semanas, asistidos por psicólogos, educadores y abogados, y luego regresarán a sus casas a trabajar por la comunidad. Como explicó el comandante R a varios periodistas, en una inusual conferencia de prensa en lo alto de una montaña, la idea es capitalizar el apoyo que tienen en las comunidades para construir un partido político. “Es un apoyo a la fuerza, no por convicción”, afirma un sacerdote, desvirtuando esa posibilidad.
Garantizar la seguridad de los desarmados es para algunos lo más difícil en este primer paso del acuerdo pactado el pasado mes de julio entre el Gobierno del presidente colombiano, Álvaro Uribe, y ocho comandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con la idea de llegar en dos años a la desmovilización de más de diez mil hombres de una organización que en Colombia ha sido sinónimo de barbarie. La estructura militar que se desintegró ayer llegó a controlar en menos de dos años el 90 por ciento de Medellín. La táctica utilizada por el BCN no es un secreto: captó, con dinero o con amenazas, las más de 400 bandas de esta ciudad herencia de la época del narcotráfico, hasta lograr articularlas. “El BCN usa la misma estructura del narcotráfico de los años 80, que ha ido evolucionado en todos estos años”, resumió un analista. Y de manera gráfica lo explica: “Les cambió el lenguaje. Los integrantes de estas bandas aprendieron a decir “comandante” en lugar de “patrón”, empezaron a escuchar a sus “voceros políticos” y a realizar trabajo social bajo la sombra del poder militar.
Aunque el comandante R lo niega -“Todos los que se entregan son autodefensas orgánicos”, ha repetido a los periodistas-, los que conocen esta ciudad, considerada cuna del negocio de la droga, saben que en la historia de estos hombres, que ayer en su mayoría bajaron la cabeza cuando se pidió un minuto de silencio por todas las víctimas del conflicto, se esconde un pasado de delincuencia. Los que apoyan este ensayo de reconciliación reconocen las debilidades del proceso, pero alzan los hombros y dicen: “No teníamos otra opción”. Del éxito de este experimento, ha repetido el Gobierno, depende la posibilidad de acuerdos con otros grupos armados.
En los barrios pobres colgados de las lomas de Medellín, donde se han sentido todas las guerras -la del narcotráfico, la guerrilla, los paramilitares-, y donde niños y jóvenes han sido a la vez víctimas y victimarios, hay incertidumbre. “No sé; me da miedo; esos muchachos están acostumbrados a hacer cosas malas”, comenta una mujer. Su hijo, que estuvo enredado en las milicias del Ejército de Liberación Nacional (ELN), teme que la guerrilla vuelva a copar las barriadas: “Me pueden matar”, comenta.
Un hombre mayor y canoso, mientras mira desde lo alto la ciudad, aseguró: “Ustedes critican mucho, pero los que sabemos somos nosotros, que hemos vivido estas violencias. La desmovilización es buena, de alguna manera se tienen que enderezar las cosas”. Este hombre no teme el regreso de los que ayer, al menos de dientes para afuera, dijeron sí a la paz. “Mil armas entregadas son mil armas menos para hacernos daño. Además, ellos vuelven con el cerebro lavado por el Gobierno…”.
Los Soldados
El comandante militar de las AUC, Carlos Castaño, dijo durante la ceremonia de la entrega del las armas que su organización tiene voluntad de paz y que espera el apoyo de la sociedad colombiana y el acompañamiento de la comunidad internacional.
En clara referencia a una Ley que permite que un paramilitar desmovilizado que haya sido condenado por delitos atroces pueda cambiar su pena de prisión por labores sociales, Castaño manifestó que las AUC tienen derecho a este beneficio.
“Las AUC deben alcanzar los beneficios jurídicos de quienes dejan la lucha armada y los beneficios sociales que implican el perdón y la disposición que se tienen para la reconciliación. Si el Gobierno aceptó este proceso es porque lo entiende así”, dijo.
El jefe paramilitar, quien enfrenta un pedido de extradición desde Estados Unidos por tráfico de drogas, reconoció que su organización ha cometido excesos en la lucha contra los grupos guerrilleros.
El pedido de extradición contra Castaño y su lugarteniente y jefe político de las AUC, Salvatore Mancusso, puede ser un obstáculo en el futuro para la desmovilización total de la organización, según fuentes locales.
Tras la entrega de armas de los paramilitares del Bloque Cacique Nutibara, Mancusso indicó que la paz por sí sola no sana todas las heridas que han ocasionado años de conflicto y agregó que este es un primer gran paso que de todas maneras es insuficiente.