“El amor nace del recuerdo, vive de la inteligencia y muere por el olvido”. Ramon Llull
Un azar del destino me llevó finalmente a Estocolmo, una ciudad que siempre había querido conocer pero que, por distintas razones, siempre se había resistido a entrar en mis itinerarios. Yo tenía programado estar este dos de junio en Puerto Vallarta para dictar una conferencia. En lugar de eso terminé aceptando una invitación para la reunión del Grupo de los Ocho en Evian, Francia. Al final lo más que pude acercarme a Evian fue en un punto de la ribera opuesta del lago Leman en Lausana, Suiza. Tuve que enterarme de las negociaciones del Grupo de los Ocho por televisión. En cambio una visita a Estocolmo, que no sabía estaba incluida como apéndice tras el viaje a la cumbre, terminó por convertirse en un momento entrañable de mi vida reciente. Quizá haya sido el hecho de que una naturaleza imprevisible me reservó un clima realmente privilegiado este dos y tres de junio en Estocolmo. Los pronósticos preveían que la ciudad estaría fría y lluviosa. En mi equipaje, de hecho, llevaba una gabardina, aun cuando se me había sugerido portar abrigo, bufanda y guantes.
Estocolmo, sin embargo, me recibe con un sol esplendoroso y temperaturas que a mediodía llegan a los 28 grados. Los suecos y especialmente las suecas, toman estos días de calor como un banderazo definitivo del inicio del verano y se despojan sin pudor de las pesadas ropas de invierno que han cargado durante siete meses. Ver caminar a esas chicas por las calles céntricas de Estocolmo, con sus cuerpos torneados por el ejercicio, con el torso cubierto apenas por una camiseta de algodón que transparenta cada recoveco y cada elevación, se convierte en un espectáculo al cual yo, pobre mexicano desacostumbrado ya a este rito anual, sólo puedo asistir asombrado.
El inicio del verano es siempre un espectáculo en el norte de Europa y Norteamérica: yo debería entenderlo ya que viví tres años en Canadá. Recuerdo que, con el renacimiento del sol y del calor a fines de mayo o principios de junio, sentía uno una irresistible fuerza que lo obligaba a despojarse de tanta ropa como la moral o las convenciones sociales permitieran.
Las chicas suecas claramente sufren los efectos de esta fuerza, pero sin mostrar ninguna intención de resistirse. Cada curva corporal queda marcada por las ropas ligeras y ajustadas con las que buscan la liberación veraniega. La eterna coquetería femenina, asfixiada durante meses por el frío del invierno, sale a relucir en un deslumbrante desfile que parece no tener final.
Las calles del centro de Estocolmo se vuelven una fiesta en estos días de inicio del verano. Las recorren por ejemplo autobuses sin techo, cubiertos de letreros que hablan de libertad y de alegría. En su interior festejan con gritos y cantos decenas de chicos y chicas: vestidas ellas con camisetas de tirantes de color blanco o rosa, tocados ellos con cachuchas blancas. Son los graduados de las escuelas, que al terminar el bachillerato celebran el final de sus 12 años de confinamiento en la escuela, sin darse cuenta quizá de que se acercan a una vida de nuevos y más pesados grilletes. Mientras esta fiesta tiene lugar en las calles de Estocolmo, yo, el turista accidental, recorro las calles incansablemente. Es muy poco el tiempo que me deja la terminación de un artículo para el periódico y el inicio de una emotiva ceremonia en que la comunidad mexicana en Estocolmo se reunirá con el presidente Vicente Fox al término de su visita de dos días a Suecia. Casi me da miedo que se termine este lapso inesperado de alegría: esta oportunidad de ver a estas chicas que dejan seductoras que el sol acaricie su piel blanqueada por tantos meses de invierno.
Al final, esta breve fiesta de carnalidad visual termina como todo tiene que acabar. Yo continúo mi camino y una hora y media después abordo un avión para regresar a México. La belleza de las chicas suecas en rebeldía contra el invierno me persigue sin cesar. Poco más tarde saco mi computadora portátil y de un jalón plasmo el recuerdo que todavía me inquieta.
Abajo, a mi derecha, se despliegan con una belleza sobrecogedora los picos helados de Groenlandia. En esta ocasión, sin embargo, no hacen sino recordarme los pechos firmes de esas chicas a las que tuve la oportunidad de ver en ese momento preciso en se despojaron desafiantes de sus ropas de invierno para darle una entusiasta bienvenida al sol.
Sol de medianoche
Mucho he oído hablar de él, pero de cualquier manera me desconcierta ese sol escandinavo que se pone sin fatiga a las once de la noche y se asoma con fuerza sorprendente a las dos y media de la mañana sin permitirle a uno dormir.
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