Es un hecho. Como presidente, Vicente Fox es el mejor candidato de oposición que hayamos tenido. Las declaraciones del mandatario a lo largo de la semana muestran, de nueva cuenta, el talento natural de Fox para provocar, desencadenar reacciones y generar noticia. Efectos que no siempre convienen a un presidente pero que, sin duda, constituyen la regla de oro de cualquier candidato contestatario con aspiraciones. El problema es que a Fox se le olvida que sus aspiraciones ya se cumplieron; ahora que detenta el poder tendría que concentrarse en ejercerlo con sabiduría en lugar de desperdiciarlo provocando infiernillos de manera innecesaria.
Como es bien sabido, el mandatario declaró hace algunos días que si el PAN gana terreno en las elecciones de diputados el verano próximo, “el presidente tendrá la mayoría” necesaria para sacar adelante sus iniciativas ante el Poder Legislativo (donde se han atorado hasta ahora). Añadió que, si por el contrario, el PRI ganaba esas elecciones ello significaría un grave retroceso en perjuicio del país.
La declaración resultó absolutamente desafortunada. Si el propósito del Presidente era distraer la atención de la opinión pública en guerrillas verbales, sin duda lo logró. Pero a un alto precio y con muy poca ganancia. Estamos aún demasiado lejos de los comicios como para que su opinión influya en la intención del voto. En cambio desencadenó la furia de amigos y enemigos.
Para empezar, a Roberto Madrazo le dio el pretexto para ganar la nota “de ocho” en periódicos e informativos electrónicos. El líder del PRI acusó al Presidente de violar normas del IFE al intervenir en procesos electorales, amenazó con presentar una queja legal y, sobretodo, le dio motivos para pontificar sobre el espíritu democrático que deben tener los líderes (ironías de la vida: el alquimista mayor hablando transparencia). Para el colmo de la felicidad de los priistas, Fox todavía respondió el viernes al asegurar que el hecho de ser presidente no significaba tener mordaza. Obviamente se refería tanto a Madrazo como al exhorto del Congreso para que se abstenga de opinar sobre política interior durante sus giras internacionales, pero en la práctica la respuesta presidencial significa subirse al ring con un opositor de menor rango (lo cual rebaja al mandatario y ensalza al líder de la oposición).
Peor aún, las declaraciones de Fox desencadenaron tormentas en su propio patio. El senador Diego Fernández de Cevallos, que nunca ha podido tragar el neo panismo cocacolero de Fox, se lanzó a la yugular. El queretano declaró que las fracciones partidarias del Congreso no son propiedad de los presidentes, que esa era una noción que existía en los regímenes priistas, pero que el Poder Legislativo y por ende, los legisladores del PAN, tenían su propia autonomía.
El regaño público de Diego Fernández no es gratuito. Se alimenta de tres vertientes. Por un lado, el desafecto personal que se profesan ambos: proceden de dos vertientes muy distintas del PAN, han sido rivales a lo largo de años y seguramente hay una cuota de resentimiento en Diego por las batallas perdidas frente al guanajuatense. Por otra parte, persiste la incomodidad dentro del PAN por la escasa participación de militantes dentro del gobierno de Fox. Entre muchos dirigentes del blanquiazul existe la convicción de que el partido ganó la elección presidencial para Fox, pero no fue invitado a compartir el poder. La reciente inclusión de Canales en el gabinete es, a ojos de los panistas, una respuesta débil, insuficiente y tardía a este reclamo.
Pero el verdadero motivo de la amonestación del “Jefe” Diego tiene una explicación más inmediata y material. Lo que está detrás del regaño es la inminente arrebatiña que tendrá lugar dentro del PAN para designar los candidatos para los 300 distritos electorales, para confeccionar las listas de plurinominales y para perfilar los coordinadores de fracción y posibles jefes de comisiones claves de la futura legislación.
En los comicios del año 2000 el PAN entendió que Fox era un candidato incómodo pero necesario para echar al PRI de Los Pinos. Pero la cúpula panista no desea perpetuar ese equívoco. En tono de broma, el propio Felipe Calderón, ex líder nacional del PAN, respondió en una ocasión: ¿el objetivo del partido en el 2006? “Recuperar el poder”. Por lo pronto, en las próximas elecciones de diputados tratarán de no volver a perderlo.
Desde luego, Fox no piensa lo mismo. Desde el instante en que llegó a la presidencia ha intentado fortalecer su peso e influencia dentro del aparato de gestión del PAN aunque con escaso éxito. Su candidato a la dirigencia del partido, Carlos Medina Plascencia, perdió hace unos meses la elección interna frente al candidato de la cúpula. En las próximas semanas los hombres del Presidente intentarán colocar a sus leales en posiciones claves de la próxima legislatura, por lo cual se anticipa una dura guerra interna con los profesionales del partido. En ese contexto, el regaño de Diego Fernández fue una advertencia para conminar a Fox a sacar las manos de ese proceso interno.
En poco tiempo sabremos quién ganó en esa callada pero decisiva contienda. (jzepeda52@aol.com)