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Hora cero/Suicidios

Roberto Orozco Melo

Una ola de suicidios ­­¿catorce o veinticuatro?­­ acaecieron en el ámbito de la capital coahuilense durante las últimas siete semanas entre enero y febrero. Resulta estremecedor conocer los datos avalados por el Ministerio Público de ésta capital. Si catorce o veinticuatro personas se dieron la muerte por propia voluntad, esa noticia debería provocar un desasosiego general. Ayer mismo, la prensa dió cuenta de otro, acaecido el domingo 23.

El homicidio es un delito que el Ministerio Público debe perseguir y consignar ante los tribunales de justicia para lograr que se procese al imputado y se le castigue conforme a la ley; pero cuando se presentan varios suicidios consecutivos la comunidad debería cuestionarse sobre qué tipo de fenómeno social o económico induce la repetición de las salidas por la puerta falsa de la existencia, con el fin de estar alertas y actuar en consecuencia evitando, mediante disposiciones jurídicas y soluciones sociológicas, todo lo que influya negativamente en hombres y mujeres jóvenes, en los de edad madura y hasta en los ancianos e induzca a renunciar a la existencia, en vez de enfrentar sus responsabilidades como seres humanos.

Ayer dijo la señora Secretaria de Salud Pública del gobierno coahuilense: “No podemos hacer campaña para recoger sogas y pistolas, pero si podemos hacer una campaña informativa para prevenir a los jóvenes sobre los riesgos de las depresiones, el desaliento y la renuncia a la vida” Eso es cierto, y yo agregaría, además, que hay que localizar focos rojos en el alcoholismo, la drogadicción, la vagancia y otros muchos fenómenos de una sociedad que se ha vuelto permisiva e irresponsable en exceso.

¿Qué podría hacer la autoridad cuando una persona que decide arrancarse la vida perpetra en secreto la forma de hacerlo cumplir y la ejecuta en completa soledad, sin que nadie se entere de su aciago propósito e intente evitarlo? Nada, obviamente, sino lamentar el hecho a posteriori y especular sobre el motivo de la decisión. La necropsia dictaminará que no hay delito que perseguir y el expediente quedará cerrado unas horas después de que la tierra cubra para siempre el ataúd del pobre infeliz.

Si estos adioses a la vida se repiten uno tras otro, con breves intervalos, hasta contar catorce o más en el transcurso de 52 días, es palpable la existencia de una problemática social. Ya no constituye una decisión aislada, autónoma e individual que debería estudiarse desde la antropología social, sino la plena evidencia de que algo funciona mal en la comunidad donde tuvo lugar esa lamentable cadena de suicidios.

Lo más fácil sería afirmar que todo es resultado de la injusticia, las diferencias sociales, las inequidades saláriales, la falta de oportunidades para la realización personal. Y aún agregar que existen otras realidades, por ejemplo el residuo de inconformidad social por la crisis económica que padecemos; una angustiosa desesperación por no cumplir objetivos y sueños y un sentimiento de frustración que la incultura y carencia de valores morales encauzan hacia el generalizado alcoholismo y la fácil drogadicción. Así, cualquier fútil pretexto puede resultar eficiente para justificar las cobardes fugas de la realidad:: que si hubo pleito con la novia, la amante o la esposa; que si los padres no los comprenden; que si la esposa engañó a su cónyuge; que esto, lo otro y lo que sea. En el fondo el suicidio es una abdicación a la responsabilidad que todos tenemos de luchar por la vida y la felicidad..

Hace falta sentido de responsabilidad; por qué es algo que deberían averiguar los sociólogos. Falta, así mismo, una sólida base cultural y ética para enfrentar la diaria problemática del fogón vacío, la casa sin luz y sin gas y los niños con hambre en los ojos desconsolados, que miran otras vidas distintas allá lejos, tras las avenidas y los bulevares. ¿Cómo podrían valorar tales criaturas la verdadera importancia de la vida ante los transitorios conflictos personales? Así mismo habría que analizar qué otras influencias exógenas son determinantes en las decisiones suicidas. Hoy día es frecuente que muchachos y muchachas, y aún las personas maduras, consuman pastillas medicinales para controlar los estragos causados por una vida desordenada, por las exigencias sociales, el abuso de las bebidas alcohólicas, el uso de drogas como la mariguana y la cocaína, o algunas aparentemente terapéuticas, como prozac, ribotril o tafil que estimulan artificiosamente al organismo y acaban deprimiéndolo a extremos de provocar su astenia ante la vida.¿Por qué se venden todos estos insumos peligrosos sin receta ni control médico? ¿Por qué está tan suelta, tan sin vigilancia, la venta de cerveza y licores? Hace falta que las autoridades de todos los niveles, las Iglesias, las Universidades, las organizaciones no gubernamentales, los medios de comunicación, los clubes de servicio, etc. se unan para mejorar la estructura moral de la sociedad, tan amenazada por los deprimentes programas de la televisión, por la apología del sexo que contienen las películas estadounidenses, por la venta sin control de libelos pornográficos a título de una mal entendida libertad de prensa y por la generalizada ausencia de paradigmas morales y cívicos dignos de imitación.

¿Catorce o veinticuatro suicidas en menos de dos meses? Esto será un juego comparado con lo que puede suceder si el mundo y nuestro país ignoran las llamadas del destino y mantienen el actual estatus económico, el desorden social y la existencia de vicios que degradan, deprimen y matan.

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