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Lo deseable

Federico Reyes Heroles

Un gran sociólogo egipcio, Annouar Abdel Malek, afirmaba que lo primero en toda plática que pretenda ser productiva es fijar posiciones. Si usted lector es de los que piensa que todos los males de México se le deben al PRI, entenderé su regocijo por el patético espectáculo de las últimas semanas y su anhelo de un colapso total de ese partido. Mi aproximación obligada, por profesión y por oficio, es otra. Tendré que recurrir a algunos tecnicismos y academicismos que normalmente trato de evitar.

Ninguno de los principales tratadistas sobre partidos y sistemas políticos, ni los tradicionales ni los recientes, (Duverger, Bobbio, Panebianco, Sartori, Pempel, Nohlen, por citar algunos) ha descrito la existencia de democracias estables con partidos inestables. Primera tesis: existe una relación directa entre la salud y vigor de los partidos políticos y las democracias en las que se inscriben. La existencia de partidos políticos fuertes y consolidados es uno de los anclajes centrales de toda democracia. Dos ejemplos cercanos: el Uruguay ha logrado librar situaciones terribles, la dictadura misma, gracias en parte a la existencia de partidos centenarios, el Colorado y el Blanco; Venezuela naufraga frente al dictadorzuelo en parte por la carencia de partidos fuertes y arraigados. Un caso más remoto, el fascismo alemán, el nazismo, como cultura fue combatido constitucionalmente fomentando partidos obligadamente democráticos. Los partidos políticos democráticos y fuertes son parte del patrimonio institucional de una nación.

La fortaleza de un partido es algo socialmente deseable. El PRI, nos guste o no, es la primera fuerza política del país: mayoría relativa en el Senado, en la Cámara de Diputados; mayor porción de diputados de mayoría, 160; mayoría de gobernadores, 17; mayoría de Congresos Locales, 20; de población gobernada en el nivel municipal, 41.3 por ciento, etc. De acuerdo a las elecciones del 2003, sólo el PAN estaría ambicionando ser una segunda fuerza verdaderamente nacional. El PRD se está convirtiendo en una fuerza local. Lo deseable sería que el PAN y el PRD tuvieran más diputados de mayoría, 80 y 55, actualmente, de 300.

Se alegará que el PRI no es democrático. Sin duda en él existe una larga tradición autoritaria que lentamente está siendo arrinconada por el avance de las instituciones democráticas. Pero también es cierto que existe una porción democrática de militantes al interior del PRI. De hecho hay autoritarios y corruptos en todos lo partidos. ¿Cuál debe ser la estrategia? ¿Enterrar a todos los partidos que tienen cuadros autoritarios? Lamento decir que no habría uno que se salvara. El último que cierre la puerta. Por allí no es. Normar la democracia partidaria como principio ético insalvable y conducta obligada es la opción. Democracia dentro y fuera.

Segunda tesis: la multiplicación de los partidos políticos no necesariamente conduce a una democracia más rica. Estados Unidos, el Reino Unido y muchas otras democracias o bipartidarias o con pocos partidos serían el referente obligado. La multiplicación de los partidos no es garantía de avance democrático. Igual en Alemania que en Brasil la proliferación de partidos condujo a las dictaduras. Es falso que muchos partidos de definiciones ideológicas distintas nos garanticen democracia y pluralidad. La subdivisión ideológica puede ser quimera pura. A mediados de la década de los setenta Argentina llegó a registrar casi sesenta partidos y sin embargo gobernaba Isabelita, controlada eso sí por los generales.

Tercera tesis (vieja pero renovada audazmente por Sartori): los regímenes presidenciales se vuelven brutalmente ineficientes con la multiplicación de partidos, no soportan muchos, muchos es por arriba de cinco. Los números no dejan escapatoria: cinco con 20 por ciento de la votación es un mal arreglo; un triunfo con 35 por ciento a favor y 65 por ciento en contra es un mal arreglo. Para los que consciente o inconscientemente favorecen la idea de multiplicación de partidos valdría la pena que se hicieran la siguiente reflexión: para administrar esa realidad tendríamos que transitar hacia un régimen parlamentario o semiparlamentario, como lo ha sugerido Muñoz Ledo desde hace años. Pero, si no logramos ponernos de acuerdo en un IVA generalizado, ustedes se imaginan la discusión para un cambio de régimen. No podemos jugar irresponsablemente con las ideas. La experiencia legislativa actual con seis opciones, tres grandes y tres chicos, es ya bastante frustrante. La inmovilidad y para algunos parálisis legislativa ha tenido un costo altísimo. La victoria de Fox con 42 por ciento y sus consecuencias nos obligan a pensar seriamente en la segunda vuelta. Antes que imaginar más partidos deberíamos resolver como lograr gobernabilidad con los que ya tenemos. Además en el 2003 el electorado condenó, sabiamente creo yo, la multiplicación de membretes que nada le decían. ¿Es posible avanzar en pluralidad sin más partidos políticos? Sí, sería la respuesta. Varias medidas concretas han mostrado sus bondades. En una sociedad plural lo deseable es, la existencia de corrientes normadas al interior de los partidos; terminar con la idea de que sólo se avanza por consensos; aceptar y habituarse al voto individual, en conciencia, por parte de los legisladores; estar abierto a cualquier tipo de alianzas que nos alejen de la rígida lectura ideológica que tanto envenenó el siglo XX. Terminemos con la teoría: ni el debilitamiento ni la fractura de ninguno de los partidos existentes es deseable. La consolidación y democratización si es un objetivo común. La destrucción del PRI, per se, no es un objetivo loable, menos aún cuando las estructuras partidarias alternas muestran vicios muy similares sumados a una profunda fragilidad. Paso a la coyuntura.

Carentes de Presidencia de la República como eje y arbitro último, los priistas deben confiar la dirección de ese partido a alguien que no esté en la contienda. No es el caso de Roberto Madrazo. El fallido maridaje Madrazo-Gordillo sólo puede encontrar salida en una solución salomónica: los dos para afuera. La lista inicial de legisladores (121) que propuso a Chuayffet muestra que el corporativismo tradicional (CNOP,52; CNC,39; CTM,13; total 102 de 222) ya no es capaz de imponer para el caso una mayoría en la fracción. Tampoco las entidades más pobladas y fuertes, Estado de México 23; Jalisco 18; Veracruz 17; Oaxaca 14; Chiapas 13. Sólo en Oaxaca hubo una penosa unanimidad, 14 de 14. Las lealtades cruzadas por fortuna los han invadido. Dentro del PRI los seguidores de la maestra pueden ambicionar a retomar el Ejecutivo y a convertirse en un cuarto partido de facto: PRI (con ellos) 222; PAN 151; PRD 95; “gordillistas” (si van todos) 70. ¿Qué les esperaría afuera? Difícil predecirlo. Por lo pronto los priistas necesitan un verdadero arbitro institucional y eso a todos nos conviene.

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