A pesar de lo difícil de la prueba, la fe en Dios ha mantenido a la familia unida.
Se asoma por la ventana, afuera la gente pasa tan lejana al dolor; unos felices, otros con prisa, unos despacio, y otros tan distantes... Nancy asiente: “alguna vez nos tocó ser así”.
“¡Mamá, yo quiero llegar a ser grande!”, además de tocar las fibras más sensibles de Nancy, esa frase fue el detonador para que a partir de ese momento comenzara a dar la batalla contra la enfermedad del más pequeño de sus dos hijos.
Héctor Ricardo Torres Lozano, a quien su familia llama cariñosamente “Ricky”, parecía que siempre había llevado una vida normal, era muy raro que se enfermara, hasta el día en que aparentemente presentó un cuadro de anemia.
Fue el 24 de marzo de 2001, Ricky tenía tres años y medio de edad, estaba un poco pálido y por esa razón sus padres lo llevaron con el pediatra quien en seguida le ordenó una biometría hemática y además le recetó unas inyecciones de hierro.
Ocho días después ordena una biometría más, los resultados poco favorables indican al especialista que debe mandar llamar a los padres del niño para informarles que lo que su hijo presenta es una leucemia linfoblástica aguda.
Cada segundo que transcurre, la sangre de Ricky es contaminada por millones de gérmenes y otros materiales nocivos que normalmente habitan en su cuerpo. La leucemia es una enfermedad en la que los glóbulos blancos o linfocitos, que combaten las infecciones, se encuentran inmaduros en grandes cantidades en la sangre y médula ósea del niño.
Nancy y su esposo Manuel no podían creer lo que escuchaban, “fueron días y noches de estar llorando”, dice la madre de Ricky elevando la mirada, dejando ver en su joven rostro y sus amielados ojos una gran fortaleza y un inmenso amor por su hijo.
Y recuerda: “esa noche estaba sentada en el sillón de la sala reflexionando sobre el diagnóstico de Ricky. Él presentía que algo malo sucedía”, pero sus padres trataron de ocultárselo hasta donde les fue posible. Nancy volteó a ver a Ricky y pensó: “tengo que hacer algo porque es mi hijo y porque él me lo está pidiendo”, cierra el puño en señal de afirmación.
Mientras su madre narra los hechos, a pocos metros de distancia se escucha un par de gritos, “es Ricky, dice su madre, se divierte con los personajes de sus caricaturas favoritas que pasan por tele”. Por los sonidos que el niño emite, parece que en la habitación Ricky se enfrenta contra un enorme monstruo de carne y hueso.
Nancy continúa explicando, “ya en el consultorio nos informaron que el niño debía comenzar con su tratamiento”.
El primer mes fue muy difícil para la pareja, sobre todo después de asumir que su hijo sería sometido a fuertes dosis de quimioterapia. Las probabilidades de que él muriera eran muy altas, porque es apenas un niño y su organismo es muy débil e indefenso.
Sin embargo Ricky acudió cada semana durante un año y diez meses puntualmente a sus citas, además de seguir las indicaciones del médico al pie de la letra.
Pero aún faltaban 14 quimioterapias más para completar su tratamiento de poco más de dos años y poder ser dado de alta.
Una oportunidad más
“El 24 de enero de 2003”... dice Nancy bajando la voz, como queriendo esconder a Ricky el dolor que la carcome por dentro, aquél que la delata en cada gesto, en cada movimiento corporal y cada vez que aprieta los puños en señal de impotencia al recordar el momento en que su hijo cambió los juguetes por inyecciones y medicamentos. “Ese día nos avisaron que a Ricky le regresó la leucemia, fue una situación muy dolorosa porque después de que pasas tanto tiempo con eso ya no eres tan ignorante a la enfermedad, sabes que es una situación muy delicada”, comenta desconsolada.
Los padres de Ricky sabían que era muy difícil que un niño con leucemia saliera adelante y que el siguiente paso era un trasplante de médula ósea, lo cual más tarde fue confirmado por los médicos.
En ese momento Nancy se derrumbó, pero no podía darse por vencida, además de apoyarse en su esposo, cada vez que creía no poder soportarlo recordaba las palabras llenas de ilusión de Ricky, ese niño de cinco años al que lo único que le importaba era jugar con sus primos, divertirse en el colegio con sus compañeros de clase y disfrutar de un domingo por la tarde al lado de su hermano Manuel y sus padres.
El tratamiento
Ricky estuvo internado durante 30 días. Nancy se despeja el rostro de la abundante cabellera rizada en tonos cobrizos que constantemente la cubre, y explica: “completamente aislado, con mucho dolor en el estómago por la gastritis y la acidez que le provocó este proceso y con constantes vómitos”.
Después de la primera dosis del tratamiento Ricky comienza a ver que poco a poco está perdiendo el cabello, su estado anímico se viene abajo y cae en una fuerte depresión.
Para darle ánimos algunos de sus tíos y primos decidieron raparse y mostrarle a Ricky que no es el único que se quedó sin pelo, esto lo ayudó un poco a reanimarse. “Siempre lo he mostrado como un niño fuerte”, detalla Nancy.
Su mamá prefiere guardar en su mente la imagen del Ricky saludable, y borrar los momentos de extremo dolor por los que atravesó su hijo, la etapa en la que casi no comía y comenzó a perder peso exageradamente, “estuvo muy delgadito, pero por fortuna antes de comenzar con esto él tenía sobrepeso, entre cuatro y cinco kilos, no recuerdo exactamente”, su madre está convencida de que eso fue en gran medida lo que le ayudó a soportar el tratamiento al niño.
Nancy ya le había advertido a Ricky lo que sentiría, “hijo, van a venir momentos en los que te vas a sentir muy mal, vas a creer que estás muy enfermo, no vas a tener fuerzas y vas a sentir dolor, pero siempre le vas a pedir a Diosito que te ayude a estar bien”, lo hizo prometerle que sería un niño fuerte y ella a cambio le ofreció permanecer a su lado para ayudarlo en todo. “¡Tú eres mi campeón!”, recuerda entusiasmada.
Había momentos en los que Ricky no tenía las fuerzas suficientes para sostenerse, aún sintiéndose muy mal su madre lo levantaba, le quitaba la pijama, lo metía a bañar, lo arreglaba, le ponía loción y cuando se quedó sin pelo le puso cachucha. Lo que pretendía con esto era aumentar el autoestima de Ricky, componer un poco su imagen ya deteriorada por tanto medicamento, “dicen que como te ves te sientes”, afirma.
Los médicos también les habían dicho, que la boca de Ricky se llenaría de llagas, pero eso no ocurrió, ya que su madre se encargaba de aseársela hasta seis veces en un solo día.
Cuando se sentía muy mal, Ricky le repetía a Nancy lleno de esperanza: “mamá, ya me acordé que tú me dijiste que así me iba a sentir”.
Fue una etapa impresionantemente difícil, acentúa su madre, “le doy gracias a Dios por darme la capacidad para convencer a mi hijo de ser tan valiente”, concluye justificando los hechos: “al fin y al cabo él está chiquito y no alcanza a entender la gravedad de la situación”.
La colecta
Fueron intensos días de lágrimas y sacrificios para los Torres Lozano, hasta que un día deciden comenzar la lucha contra la leucemia, enfermedad que cada día se empeñaba en destruir el organismo de Ricky.
Las familias paterna y materna del niño se mantuvieron todo el tiempo unidas, se dieron a la tarea de investigar en dónde se podía llevar a cabo el trasplante para el niño y cuánto costaría.
El siguiente paso fue elaborar una carta en la cual además de explicar el caso, solicitaban la colabora-ción de la comunidad lagunera, a ésta la titularon: Ayúdanos a ayudar a Ricky.
La primera puerta que tocaron fue la de El Siglo de Torreón, sucursal La Rosita, Nancy llevaba consigo la carta y se la mostró a la encargada, le explicó cuáles eran sus intenciones. La señorita que la atendió le aclaró que eso no era posible por políticas de la empresa, pero en seguida le dijo que le permitiera un momento para ver qué se podía hacer.
Después de algunas llamadas a la matriz del periódico se acercó con la mamá de Ricky y le comentó que ya habían autorizado su publicación. Nancy no tardó en expresar su emoción por tal noticia.
Además del medio impreso utilizaron también la radio con el fin de continuar con la campaña. Alicia, tía paterna de Ricky, fue quien encabezó la misma.
La solidaridad de los laguneros no se hizo esperar, la gente se empezó a comunicar con la familia de Ricky para aportar su cooperación. “A todos les decía que sí, los conociera o no, yo necesitaba que me ayudaran”, comenta angustiada la madre de Ricky, reviviendo aquellos momentos de incertidumbre.
Se efectuó una colecta a la que se sumaron voluntariamente más de 300 personas, amistades de la familia, maestros y alumnos de diferentes escuelas y universidades y mucha gente que de alguna manera se identificaba con el caso de Ricky y deseaban ayudarlo; se encargaron de acudir a los cruceros. “Cuando nos dimos cuenta ya era un acto masivo”, comenta asombrada la madre de Ricky, tratando de encontrar las palabras adecuadas de agradecimiento a todos los que directa e indirectamente se unieron a la causa.
Además del boteo, los padres, tíos, tías, abuelitos y abuelitas de Ricky recorrieron empresas e instituciones públicas y privadas, pidiendo la colaboración de toda alma caritativa.
Manuel y Nancy pensaban que al menos por dinero su hijo no moriría. La madre de Ricky repetía convencida una frase: “vamos a tocar una puerta, si ésa se nos cierra tocamos otra y si todas se nos empiezan a cerrar es porque Dios así lo quiere”, Nancy estaba dispuesta a todo con tal de retener a su indefenso hijo.
El trasplante
Los padres de Ricky se sorprendieron al enterarse que en Torreón aún no se realizaba el tipo de trasplante que el niño necesitaba. Ni ellos ni Manuel eran sanguíneamente compatibles con Ricky y lo peor fue la noticia, médicamente confirmada, que de cada diez millones de habitantes solamente uno puede ser afín con el paciente.
Casualmente en un desayuno, Nancy se encontró con la señora Rosalía, quien le aseguró que lo mejor era el traslado de Ricky al Hospital Metodista en San Antonio, Texas. Otra señora que acompañaba a la primera, y quien ya había vivido una experiencia similar con uno de sus hijos, se ofreció a realizar todos los trámites necesarios para que no perdieran más tiempo y el niño fuera llevado a Estados Unidos de inmediato.
Al poco tiempo el padre de Ricky, ingeniero civil de profesión, dejó su trabajo y su hermano la escuela para mudarse a San Antonio y estar cerca de Ricky. Todos partieron en la búsqueda de una esperanza de vida.
Mientras Nancy describe los sucesos desde el comedor de su hogar en donde se respira un ambiente de armonía y frescura, aparece el pequeño Ricky, con su camisa a cuadros desabotonada que lo caracteriza, el cual tiene la firme intención de mostrar su camiseta lisa en color amarillo que contrasta con su tez morena.
Se recarga en el hombro izquierdo de su paciente madre y con voz melosa le pide desabroche el pantalón para ir al baño. Nancy se ríe al tiempo que sus mejillas se sonrojan y en seguida complace a su hijo.
Al verlo, resulta casi imposible pensar que alguna vez Ricky perdió hasta el último de sus cabellos, ahora cada uno de ellos se desliza por su cuello hasta perderse en el resto de su cuerpo, “le salió pelo de más”, dice Nancy con sonrisa pícara.
La madre de Ricky continúa explicando que una vez que llegaron a Texas se instalaron por un tiempo en la casa de Ronald Mc Donald, en donde se hospedan los niños con cáncer.
A las ocho de la mañana siguiente los recibió el doctor Estrada, conversaron largamente y Nancy le explicó a detalle el caso de Ricky, además le dejó en claro la cantidad de dinero con la que únicamente contaban, en su mayoría proveniente de la colecta que reunieron en Torreón, “hablar con la verdad es lo que nos ha ayudado siempre”, afirma Nancy.
Posteriormente los padres del niño hablaron con la doctora Donna, ésta les advirtió sobre los pros y los contras del trasplante. Les explicó que los niños pasan por situaciones muy dolorosas físicas y emocionales y al final les dio la libertad de decidir qué hacer con su hijo.
Más tarde Manuel y Nancy se entrevistaron con la encargada del hospital, quien les comunicó que para el ingreso del niño debían dejar un depósito de 95 mil dólares.
...Al grito de ¡ya terminé!, Ricky llama nuevamente la atención de su madre para que acuda al baño donde él se encontraba desde hacía rato. A su regreso, Nancy se posiciona una vez más sobre la confortable silla tapizada en tonos azul, de negro hierro forjado, para continuar compartiendo su experiencia familiar.
Ni la elevada cantidad de dólares mencionada por la doctora logró que los padres de Ricky desistieran por un momento de continuar con el tratamiento. Estaban completamente bloqueados, “no razonábamos nuestras respuestas, pero teníamos un solo propósito en mente: ¡salvar a Ricky!”.
-Está bien, cuente con el dinero, contesta la pareja convencida.
-Bueno, pero ahí no termina todo, comenta la doctora. El trasplante tiene un valor de 300 a 500 mil dólares y puede ser más, depende de las complicaciones que pueda llegar a tener el niño.
-¡Está bien!, afirmaron nuevamente.
La doctora Donna siguió cuestionándolos:
-¿Cuántas propiedades tienen?, ¿de qué manera piensan pagar esa cantidad?
Los padres de Ricky no traían consigo efectivo, tampoco tenían propiedades excepto la casa en la que habían permanecido durante doce años consecutivos, la que está ubicada en la colonia Ex Hacienda Los Ángeles.
Solamente los respaldaba su propia palabra, la misma con la que pidieron a la doctora creyera en ellos porque se comprometían a reunir el dinero en el menor tiempo posible. “Gracias a Dios allá creen mucho en la palabra de la gente” y así fue.
Los padres de Ricky vendieron sus automóviles e hipotecaron la casa. Por fin tenían la cantidad requerida, ahora sólo faltaba dar marcha hacia delante.
El nueve de junio de este año, un día antes del trasplante, los médicos hablaron con Ricky:
-¿Recuerdas qué día es mañana?
-¡Sí!, contesta Ricky y enseguida pregunta preocupado: ¿me va a doler?
-Te prometí que no, ¿recuerdas?, dice la doctora.
-Sí, afirma el niño esta vez convencido.
A Ricky le colocaron dos vías externas, “eran como dos tripitas”, compara Nancy; por una le administraban la médula ósea, la cual estaba dentro de una pequeña bolsa con aspecto color naranja; y por la otra vía, le retiraban la suya. Fueron las mismas que le colocaron dos meses antes, en las que le administraron el medicamento y le tomaron las muestras de sangre necesarias, respectivamente.
Nancy cuenta que el proceso del trasplante de médula realmente fue muy sencillo, incluso lo compara con una transfusión de sangre, que lo doloroso y difícil de aceptar es antes y después del mismo, por las radiaciones y las quimioterapias.
“Al niño lo metían solito en un cuarto, era como una pecera, yo lo veía a través de una cámara”. Le aplicaban cinco minutos de radiaciones por la mañana y otros cinco por la tarde hasta completar nueve, la décima fue aplicada en su aparato reproductor, ésta logró bajar las defensas de Ricky considerablemente, aunque por fortuna no afectó sus pulmones, sólo provocó mucho sueño durante un largo período de tiempo. Ahora permanece en un constante riesgo, ya que las radiaciones pueden desencadenar otros tipos de cáncer.
Después del trasplante transcurrieron algunos días y noches en los que la familia de Ricky no concilió el sueño, su abuelita materna no se separó de él ni un solo instante, “el niño estaba hirviendo en temperatura y le aplicábamos bolsas con hielo para prevenir que se convulsionara como en otras ocasiones”, relata Nancy. Su firme actitud al describir el doloroso padecimiento de su hijo parece indestructible, si los hechos no hablaran por sí solos, nadie habría imaginado que Ricky probó la hiel del filo de la muerte.
El donador del niño fue a través de las células madre de un cordón umbilical, identidad que no podrá conocer hasta después de transcurrido un año. “Gracias a Dios que durante el trasplante nunca se presentó alguna complicación de gravedad”, dice Nancy convencida.
Sin embargo los médicos le advirtieron a la familia que la batalla contra la leucemia aún no estaba ganada. “Deben esperar 100 días para comprobar que el organismo de Ricky no rechazó el trasplante”.
La anécdota
A bordo del avión con destino a San Antonio, Texas, Ricky y Nancy se encontraban en aparente calma. De pronto algo inquietó al niño, enderezó su cabeza y dirigió la mirada hacia la ventanilla... su rostro se llenó de asombro.
-¡Mira mamá, ahí está el papá de Jesucristo!
Ella se asoma apresuradamente, pero sólo logra ver un inmenso cielo nublado que los cubría por completo. Desesperada le exige a Ricky que le diga exactamente en dónde lo está viendo, “¡claro que yo lo quería ver”, dice en tono de obviedad.
-Allá está acostado, ¡míralo mamá, míralo!
Sin embargo los intentos de Nancy por presenciar el milagro fueron fallidos.
“Otro día”, cuenta la mamá de Ricky, “ya en el cuarto del hospital me dice”:
-Mamá, ¿adivina a quién acabo de ver?
-¿A quién hijo?
-Acabo de platicar con Diosito... si tú supieras cuánto se parece a su hijo Jesús, ¡mucho mamá!
Nancy dice haberse quedado perpleja después de tales experiencias. Considera que como cualquier mamá únicamente le ha hablado a su hijo de los angelitos y algunas veces le dijo que le pidiera a Diosito por su salud, pero sólo eso.
A Ricky nadie le dijo que lo hiciera, pero cuando llega a sentir mucho dolor, toma entre sus manos la imagen de la Virgen María y la coloca en la parte afectada de su cuerpo y de esta manera logra aminorarlo en gran medida.
Muchas veces Nancy llegó a caer en fuertes depresiones como consecuencia del sufrimiento de Ricky, debido a ello se cuestionaba: “¿por qué no puedo cambiar las cosas?, ¿por qué no soy yo la que está postrada en esa cama en lugar de mi hijo?, pero desgraciadamente eso no ocurría”, dice decepcionada.
Ricky ha sido un ejemplo de constante lucha para su madre, “Él me enseñó esa gran fe que a veces la tienes un poco escondida o que necesitas sufrir para empezar a buscar a Dios”.
La otra cara de Ricky
Siempre se ha distinguido por su hiperactividad, su madre lo describe también como un niño muy desordenado.
Disfrutaba enormemente de jugar y convivir con sus primos Chuyito y Carlitos, quienes además del parentesco han sido sus mejores amigos.
De pronto alguien llama a la puerta con urgencia... ¡Nancy, Nancy!, la mamá de Ricky se levanta y se dirige hacia la calle para averiguar qué sucede. Enseguida entra una señora de aspecto jovial y cabellos rojos en corte moderno, viene cargando una generosa caja con frutas, se encamina hacia la cocina y sorpresivamente es interceptada por los brazos de Ricky quien la recibe al grito eufórico de ¡abuelita!..., se sujeta con fuerza de sus piernas y después de expresar su amor mutuo se toman de la mano y se marchan hacia el cuarto de televisión, cierran la puerta. Es la señora Minerva, madre de Nancy, realizando la acostumbrada visita al consentido de sus nietos.
La mamá de Ricky continúa... “le diagnosticaron leucemia en el mes de marzo y en septiembre del mismo año ingresó al kinder en el colegio Cervantes de Torreón”.
Aún llevando quimioterapias él hacía su vida igual a la de cualquier niño sano. Aunque en una ocasión su maestra detectó que algo extraño ocurría; le llamó la atención la excesiva pasividad de Ricky, aquella vez no quiso jugar con sus compañeros a la hora del recreo ni participó en clase.
Nancy comenta: “yo pensaba que si se encontraba estable nadie tenía por qué enterarse de su situación y así él podría llevar una vida normal”.
Una vez por semana Ricky recibía tratamiento en el Hospital Infantil, con casi 200 tomas de quimiote-rapia su madre logró ocultarle la enfermedad, le decía que a todos los niños les hacían lo mismo cuando estaban chiquitos, incluso a Manuel su hermano.
Nancy aprovechaba todas las oportunidades que se le presentaban. Cuando sus primos, sus tíos o cualquier miembro de la familia acudían al doctor, Ricky estaba presente para comprobar que su mamá tenía razón, “él veía cuando les aplicaban alguna inyección y cualquier otro tipo de proceso médico”, así pensaría que no era el único a quien le daban tratamiento. Después él mismo se encargaba de recordarle a su mamá sobre sus consultas de los miércoles.
Por las tardes, después del colegio, Ricky tomaba clases de natación y de artes marciales y nadie notó que el niño estaba enfermo.
“Un día fui al colegio a recogerlo y de pronto me pregunta una señora: ¿su niño es Ricky verdad?, yo le contesté que sí y enseguida me dice: señora, la felicito porque su niño es el más alegre de todo el salón, en cuanto llegan todos los niños le aplauden y le gritan queriendo llamar su atención. Ella no se había percatado, pero a partir de entonces lo confirmó, “la señora me lo decía con tanta alegría que yo nunca le quise decir: si tú supieras... “(Nancy hace una larga pausa)... “por lo que él está pasando”. Nunca le cambió esa imagen de Ricky. “Me imagino que después de la colecta ella se enteró”.
Nancy está convencida de haber hecho lo correcto, después de todo Ricky pudo llevar una vida común y corriente antes del trasplante.
La recuperación
El 25 de septiembre Ricky cumplió seis años, pero ahora su organismo es igual al de un bebé, no cuenta con ninguna vacuna y tiene muy pocas defensas, por lo que debe mantenerse en extremo cuidado para evitar cualquier complicación; no puede convivir con personas enfermas y preferentemente estar alejado de los niños, ya que éstos pueden presentar alguna incubación de virus como el de la rubéola o varicela. Él sabe que una recaída puede ser fatal y por eso prefiere quedarse en casa y obedecer a sus padres.
Desde que dejó el colegio su único medio de contacto con el exterior es la televisión, además de las muy escasas ocasiones en que el médico autoriza alguna salida al parque o acompañar a su madre al supermercado, “me encanta cuando hacemos eso porque Ricky se sube a su moto y la disfruta al máximo”, comenta Nancy emocionada.
Él empezará a llevar una vida normal cumpliendo un año de la fecha del trasplante, es precisamente en ese momento que la familia sabrá si superó la prueba. Por el momento están conscientes que la enfermedad se puede volver a manifestar en el cuerpo de Ricky, sin embargo tienen toda su fe depositada en Dios y saben que lo único que está en sus manos es seguir luchando, “siempre le digo a Ricky que debemos ser como Buzz Light Year: ¡al infinito y más allá!”, dice riéndose.
Nancy piensa que en ocasiones Dios le manda a las personas sufrimientos muy difíciles de soportar y que quizás muchos lleguen a preguntarse: ¿porque a mí?
“Pero por qué mejor no preguntarse ¿para qué a mí?, ¿qué quieres de mí Señor?”. Y cuando encuen-tres la respuesta puedas agradecer a Dios por haberse fijado en ti.
Y concluye: “Gracias a Dios y a la Virgen que tanto quiere Ricky, hoy mi hijo está de pie y con muchísimas ganas de vivir... el mañana... realmente no importa”.
¿Qué es?
La leucemia es una enfermedad maligna que afecta a los tejidos encargados de formar sangre. Ataca principalmente a la médula ósea, los ganglios linfáticos y al bazo. En presencia de la leucemia, los tejidos que forman la sangre llenan el torrente sanguíneo y el sistema linfático de glóbulos blancos atípicos e inmaduros. Estas células inmaduras no pueden cumplir con su función de combatir infecciones. Además, reducen la producción de glóbulos rojos normales (que evitan la anemia) y de pequeños discos llamados plaquetas (que regulan la coagulación).
El diagnóstico
La detección temprana de la enfermedad es de vital importancia para el tratamiento. Los síntomas al comienzo de la leucemia son:
-Facilidad para que se formen hematomas
-Sangrar sin coagular
-Fiebre alta
-Continua debilidad
-Fatiga crónica
-Dolor de huesos y articulaciones
-Infecciones recurrentes
FUENTE: AGENCIAS