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Retrospectiva

Germán Froto y Madariaga

De pronto, nuestra mirada se pierde en el horizonte. Parecería que la fijamos en un rumbo y punto definidos, pero la realidad es que estamos viendo hacia el interior de nosotros mismos.

Entramos en retrospectiva. Nuestra mirada escudriña el pasado y vemos las cosas bellas que formaron parte de esos momentos idos que nos llenaron de dicha. Otras veces nos sumergimos en los recuerdos dolorosos. Pero aún esos no dejan de tener algún elemento de dulzura; porque el tiempo suele aderezar esos trances amargos con ciertas dosis de miel o de humor que al paso de los años nos ayudan a digerirlos con más facilidad.

Las cosas más simples de nuestra vida se tornan significativas conforme avanzamos en edad. El recuerdo del juguete anhelado que finalmente nos fue entregado; las tardes de diversión en el viejo barrio; los paseos en coche; los viajes al campo; la visita periódica a casa de la abuela o aquella bicicleta que primero nos sirvió para jugar con los amigos y después como medio de transporte.

Por allí están también guardados en un rincón especial del alma, aquel primer amor; la grata sensación del roce de una aterciopelada mano femenina o el primer beso con el que estallaron una y mil emociones hasta entonces desconocidas y que se volvieron inolvidables.

A este respecto, el escritor argentino Ernesto Sabato, en su libro “La resistencia” sostiene: “La pertenencia del hombre a lo simple y cercano se acentúa más con la vejez cuando nos vamos despidiendo de proyectos y más nos acercamos a la tierra de nuestra infancia, y no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo pedazo de tierra en que trascurrió nuestra niñez, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez”.

Ese pequeño trozo de tierra permanece incólume como un médano en el mar de nuestros recuerdos y entre más años pasan, aunque no hayamos llegado a la vejez es mayor la frecuencia con la que acudimos a él para solazarnos en los recuerdos infantiles. A veces basta un simple olor, un sonido, el sabor de un caramelo, el aroma de una flor o de un guiso recién preparado para que los recuerdos afloren como por arte de magia.

El olor a leña me remonta invariablemente a la vieja cocina de la casa de mi abuela en donde cuentan que mi madre se enseñó a cocinar a escondidas de ella. “No era correcto que una señorita se relacionara con la servidumbre”. Pero como mi madre nunca aceptó esos decimonónicos conceptos, una y otra vez acudía ahí para que la adiestraran en el difícil pero delicioso arte culinario en el cual aquellas cocineras eran verdaderas expertas.

Escuchar el timbre de una bicicleta me remonta sin remedio a los tiempos no sólo de mi infancia sino también de la adolescencia y a aquella primera bicla que fue sólo mía y que apareció una madrugada de un veinticinco de diciembre en la sala de la casa.

“Fue Melchor, quien la puso en mi ventana, sobre un par de zapatos siderales. Me monté al despertar sobre sus alas y até mi corazón a sus pedales”, dice Alberto Cortez al hablar de su bicicleta azul. Sólo que la mía era roja, con unos manubrios bien cromados y un timbre que yo no dejaba de sonar para anunciar a los demás mi paso por el barrio. A mí Melchor y los otros santos Reyes sólo me traían el seis de enero una bolsa de dulces. El verdaderamente generoso era el Niño Dios que nunca me escatimó un regalo.

Pero unos años más adelante hubo otras bicicletas que se convirtieron en mi mejor medio de trasporte para ir a la secundaria. Todos los días hacía el mismo recorrido porque íbamos en parvada. Primero pasaba por la casa de los Alarcón. Luego junto con Mauricio y Jorge nos dirigíamos a la de Beto Moye y de ahí hasta Torreón Jardín para llegar a tiempo a la Pereyra.

Pero el regreso era más divertido y esperanzador, porque no faltaba quién hubiera hecho una cita con algunas muchachas para verlas y platicar un rato cuando caía la tarde o nos posesionábamos de un terreno baldío en el cual jugábamos futbol. De preferencia el que estaba al lado de la casa de Mario Villarreal.

Aquellas biclas estaban provistas de unos “diablos” que colocábamos en sus llantas traseras, con la finalidad de que si a alguno de nosotros se le descomponía la suya, en lo que la reparaba podía viajar parado en esos aditamentos. Y nadie se quejaba de tener que hacerle al chofer sobre ruedas.

El sabor de una tortilla de harina, el de un pastel de limón o una buena ensalada de atún me traen gratos recuerdos de mi madre. Casi todas las tardes ella preparaba esas tortillas que disfrutábamos en familia de una y mil maneras.

En mis cumpleaños nunca faltó un pastel de limón, pues ella sabía que me fascinaba al igual que la ensalada de atún preparada con pimientos dulces y aceitunas, todo mezclado con una buena ración de mayonesa.

El olor de los cigarros “Delicados” y ciertas lociones para después de rasurarse me recuerdan a mi padre. Odiaba el humor, la traspiración de la gente que no usaba perfume. Sólo lo disculpaba en los más humildes. Pero de ahí en fuera, le parecía inconcebible que alguien no se diera cuenta de que su falta de cuidado y aseo ofendiera su olfato.

Las canciones de Lara o las voces de Ortiz Tirado y Pedro Vargas “el samurai de la canción” también me lo recuerdan. Porque a mi padre le amanecía y anochecía escuchando esa música o los melancólicos y tragediosos tangos de Gardel.

En las tardes de verano solía reunirse con un grupo de amigos y vecinos a tocar el piano y cantar esas canciones que para mí se han vuelto inolvidables.

“Hay algo en el ser humano —dice Sabato— allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado...”.

Y es que entre más años pasan es mayor la frecuencia con la que acudimos a los recuerdos que cada vez con más claridad nos reviven fragmentos de ese pasado que desearíamos fervientemente que fueran parte de un presente permanente.

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