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San Josemaría

Juan de la Borbolla R.

Por vez primera, ayer 26 de junio se celebró en el mundo entero la fiesta de dos santos llamados con los nombres de dos de los componentes de la Sagrada Familia.

De una parte ya desde el año 2001 conmemoramos a un santo que entregó su vida como mártir durante la época de la persecución religiosa en nuestro país: San José María Robles, nacido en la población jalisciense de Mascota y que en vida fue fundador de una congregación de religiosas y un fervoroso propagador de la devoción a Cristo Sacramentado, por lo que ahora que Guadalajara se apresta a ser la sede del cuadragésimo octavo Congreso Eucarístico Internacional en octubre del año próximo, su figura de santidad adquiere un realce muy especial.

Por la otra fue la primera vez que se festejó como santo a Josemaría Escrivá de Balaguer quien desde el dos de octubre de 1928 predicó un mensaje “tan antiguo y tan viejo como el Evangelio”, mismo que se resume en la Vocación Universal a la Santidad, a través de encontrar en las actividades comunes que nos plantea diariamente la vida ordinaria, la posibilidad de buscar esa llamada de Dios a ser santo.

El fundador del Opus Dei insistió reiteradamente en el hecho de que toda persona, independientemente de sus circunstancias accidentales de edad, sexo, capacidad intelectual, profesión, potencial económico, salud, o estado civil: célibe, casado, soltero o viudo; puede y debe encontrar su propio camino hacia Dios, de modo que pueda hacer posible esa meta concreta que nos dejó en vida Nuestro Señor Jesucristo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Por ello el sacerdote aragonés insistió desde los primeros años de vida de la Obra, que a nadie debía sacársele de su trabajo ordinario, de sus ocupaciones habituales, de sus actividades propias y de su ambiente social, económico y cultural, para estar en posibilidad de aspirar a la santidad. Inclusive para reafirmar lo anterior construyó una ingeniosa frase en torno a la por él denominada con gran sentido del humor: “mística ojalatera”: Ojalá no me hubiera casado, si es que estoy casado, ojalá me hubiera casado con alguien distinto de quien lo hice; ojalá y me hubiera casado (si es que soy célibe); ojalá...

La por él denominada mística ojalatera nos ubica en ese ensueño irrealista que hoy podríamos denominar bajo el término de realidad virtual, que inhibe la acción concreta puntual y efectiva, por quedarse en los ensueños, en las ilusiones, en la imaginación estéril a la manera de ese personaje de la novela francesa Tartarín de Tarascón que perdía miserablemente el tiempo con sus ensueños de cazar leones sin salir de los pasillos de su casa.

La llamada universal a la santidad no puede pues hacer acepción de personas, motivo por el cual repitió hasta el cansancio San Josemaría, que son santificables todos los caminos divinos de la tierra.

Con esto la universalidad de los apostolados de esa Prelatura Personal se desarrolla con la expansión de la actividad apostólica de sus miembros por todos los países de la Tierra y por todas las actividades honestas humanas, vocación cosmopolita que no hace acepción de personas porque todo hombre y toda mujer ha sido redimido con la sangre de Cristo.

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