La cultura no debería ser un problema partidario. Gobierne quien gobierne, del color que sea, la gestión de funcionarios de espacios culturales del municipio o estado, de museos, bibliotecas, teatros, archivos debería ser evaluada sistemáticamente para que si su ejercicio ha sido exitoso en términos de una política cultural y de planes estratégicos, su trabajo tenga continuidad.
Los políticos, casi siempre piensan que los puestos de cultura no son importantes y que las labores que desempeñan los funcionarios de cultura son sencillas y fáciles. Entonces colocan a cualquier persona, amigo o amiga, sin dar el peso y el valor real al desarrollo de la cultura y sin tomar en cuenta la trayectoria y la experiencia de una persona en el ámbito cultural y artístico.
En otros países, gobiernos inteligentes, preocupados por el desarrollo de sus gobernados han apostado a estrategias de regeneración económica a través del desarrollo de proyectos culturales. Proyectos que marcan un antes y un después en la vida de sus comunidades. Proyectos estratégicos de largo plazo, vistos como detonadores de la economía, y polos de atracción turística que son diseñados y dirigidos bajo la batuta de profesionales que trascienden gobiernos de tres o de seis años y que no responden a intereses partidistas. La política cultura es un instrumento para el enriquecimiento de los habitantes de una población.
Ejemplos hay muchos en la historia reciente de algunas ciudades, en las que gobiernos cultos al lado y del lado de los ciudadanos se han planteado como reto el apoyo decidido a proyectos culturales incluyentes, abiertos a todos y provocadores de desarrollo tanto económico como social y educativo.
Si pensamos que museos como el Louvre en París o el Metropolitan en la ciudad de Nueva York reciben más de cinco millones de visitantes por año nos daremos cuenta de la derrama económica que esto significa. Hace algunos años, cuando en Bilbao, España abrió el Museo Guggenheim en un área que se encontraba en estado deplorable, nadie hubiera pensado los resultados que esto trajo consigo. Incremento en turismo, mejoría en los niveles de educación, aumento en el ingreso de los bilbaínos. Y lo más importante el orgullo de una comunidad que mira el museo como la prolongación de la ciudad. Tal fue su impacto que se habla ya de un antes y un después en la vida de la ciudad.
Los gobiernos han equivocado las estrategias de promoción humana. O los problemas comunes son tan complicados de resolver que no creen que la cultura pueda ser una buena inversión y una política para elevar la calidad de vida.
Torreón merece que sus gobernantes se convenzan que su actividad más importante, no necesariamente es la economía o la seguridad, sino trabajar por el desarrollo cultural de una comunidad. Es fácil encontrar casos de autoridades que no conocen o no se dan el tiempo de visitar los museos de la ciudad, asistir a una biblioteca o centros culturales o al teatro.
En los últimos años, quizá a partir de la remodelación del Teatro Isauro Martínez, se detonó en la región un despertar cultural en el que el número de agrupaciones culturales y artísticas, de actores, gestores y difusores culturales creció en forma importante. De la misma manera las instituciones culturales y las universidades han contribuido a la formación de públicos cada vez más conocedores, cuyo comportamiento redunda en un aumento en el consumo cultural, entendido éste en su sentido amplio.
En Coahuila a este respecto ha habido sólo esfuerzos aislados. Podemos citar de diez años a la fecha la construcción del Museo del Desierto, la integración de la Camerata de Coahuila, la recuperación del antiguo Teatro Nazas y la antigua estación del Ferrocarril en la ciudad de Torreón.
Sin embargo estos esfuerzos no han sido suficientes para una población con bajos niveles educativos y que demanda educación y cultura. Para ellos los museos o los centros culturales no siempre resultan atractivos como espacios de educación y esparcimiento, porque no cuentan con recursos suficientes, con personal capacitado y tecnología moderna que los haga ser espacios vivos y didácticos.
La relación de las instituciones de patrimonio cultural con la ciudad debe ser motivo de análisis entre los ciudadanos y los candidatos a puestos de elección. Que los candidatos incluyan el tema cultural en sus agendas. Que se den cuenta que las transformaciones sociales de los últimos años han significado la renovación y revitalización de estos espacios. Analizar el impacto que los nuevos museos han tenido en otros lugares del orbe, porqué se han multiplicado y cómo han contribuido al desarrollo de sus comunidades.
Para las próximas elecciones pensemos en elegir mejores gobernantes, educados y cultos, con una visión humanista y convencerlos de las bondades de los proyectos culturales como estrategia de regeneración económica.
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