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Nuestra Universidad/Hora Cero

Roberto Orozco Melo

Pronto se cumplirá el 48 aniversario de la fecha en que tuvo lugar la declaratoria oficial de apertura del organismo público de educación superior Universidad de Coahuila. Lo evocaba mientras el ingeniero Jesús Ochoa Galindo leía los prolegómenos del primer informe de su segundo período rectoral en la casa de estudios. Luego mascullé: “¡qué barbaridad: cómo pasa el tiempo!”...

“¿Qué dices?” preguntó mi vecino en las butacas del Paraninfo del Ateneo Fuente. “No, nada”, repuse, pero torné a mi abstracción sobre la fugacidad del tiempo y me trasladé en sus alas hacia otro acontecimiento relativo: el decreto del Congreso del Estado que dio vida jurídica a la Universidad de Coahuila fue aprobado en marzo de 1957, publicado en el periódico oficial y firmado conforme a los cánones por el gobernador del Estado, don Román Cepeda Flores y el secretario general de Gobierno, licenciado Neftalí Dávila Valdés.

“¡Cuarenta y ocho años desde entonces!”, volví a mascullar y remaché en mi interior: “¡cincuenta años en el año 2007!” Efecto inmediato de la memoria apareció ante mis ojos la figura dinámica y jovial del licenciado Salvador González Lobo. Lo recordé sentado ante su escritorio y abstraído en la observación de un esquema caligráfico sobre una simple hoja de papel. Su secretaria, Chelito Medina, me había llamado para que viera con su jefe algunos asuntos de la organización del acto conmemorativo del Plan de Guadalupe que tendría lugar al día siguiente.

Lo hice con rapidez, pues don Salvador no dejaba de estudiar el pliego que tenía frente a sus ojos. Finalmente acordamos que su chofer pasaría por mí y luego por él a las cinco de la mañana del día siguiente para viajar rumbo a la Hacienda de Guadalupe.

Otra escena vino a mi memoria: no bien habíamos tomado la carretera de Piedras Negras don Salvador se abstrajo en la misma hoja de papel. “¿Qué tanto mira? licenciado” comenté indiscretamente.

“Véalo usted mismo” respondió con laconismo. Era un cronograma con los pasos a seguir en el proyecto de la Universidad de Coahuila.

Al final de las líneas geométricas y la caligrafía destacaba una fecha escrita en rojo entre admiraciones: “2 de octubre 1957: Publicación de la Ley Orgánica de la UC!”.

Otro rescate memorioso fue la siguiente conversación: “le parece importante ¿verdad?” Sí, asentí, ¿pero todo podrá salir como lo tiene planeado aquí?..”. Eso espero, Dios mediante. El licenciado Neftalí Dávila, previsor y agudo, redactó el decreto de creación de la Universidad con toda la mano y... -se detuvo un momento- quizá podamos llegar a ver cuán hermosa realidad será nuestra Universidad pasados los años... y luego, con el papel entre sus manos, lo estudió durante diez minutos más, reclinó su cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos.

De regreso al informe del rector, sentí un codazo: “no te duermas” me dijo el vecino de butaca-. En realidad, lo que hacía era evocar y pensar, mientras escuchaba el informe del rector Ochoa Galindo; pensar lo feliz que hubiera sido don Salvador González Lobo de haber podido constatar personalmente la importancia adquirida por la Universidad que él pudo anticipar en un esquema caligráfico sobre una sencilla hoja de papel, después de largos días y noches de trabajo con la colaboración de don Neftalí Dávila, el profesor Federico Berrueto y otros grandes maestros; a don Salvador le hubiera gustado verificar la trascendencia de un proyecto generoso que había imaginado con auténtica pasión cultural y profundo sentido humanista.

Y cómo, paso tras paso, se fueron cumpliendo cada una de las expectativas creadas entonces. Hoy la Universidad de Coahuila no es una simple congregación de escuelas, como muchos inconformes pensaban al momento de su creación; constituye un sólido cuerpo académico calificado y reconocido por instituciones internacionales.

Cumple además con sus altos objetivos en la difusión del saber y en la extensión de la cultura, en la investigación científica y en la profundización del conocimiento humano. González Lobo estaría orgulloso al constatar cómo trascendió la médula de su pensamiento filosófico hasta concretarse en la brillante Universidad que es ahora..

Usemos una palabra que ha sido tónica en la presente administración del Estado: sinergia: unidad de laboríos hacia un mismo objetivo.

Enrique Martínez y Jesús Ochoa Galindo la pusieron en práctica con la Universidad. Habrá que reconocer el esfuerzo conjunto y ¿por qué no? también agradecer en el pensamiento al rector de sus primeros pasos en la vida académica: Salvador González Lobo. Y a quienes después fueron rectores, unos buenos y otros mejores, pero todos laboriosos y comprometidos. ¡Felicidades, universitarios!...

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