Cuentan que en sus últimos días, atacado de muerte por el cáncer, un disminuido Diego Rivera luchaba por conservar su monumental figura y se lamentaba amargamente de haber perdido su célebre e inmensa barriga. Penosamente rellenaba su ropa con cojines para aparentar esa antigua gloria que lo llevó a los brazos de María Félix, Silvia Pinal, Frida Kahlo y muchas más voluntarias que saciaron el apetito erótico del maestro. Con respecto a Frida Kahlo, el poeta Octavio Paz destacaba la naturaleza lésbica de Frida, que veía en Diego a una nodriza de generosos pechos y un hijo descomunal a quien podía amamantar. Cosas del amor, digo yo.
La silueta generosa puede ser más seductora de lo que uno imagina y para aquél que piense que todo se debe a la personalidad del hombre por encima de su gordura, cabe recordarle aquel legendario fetiche de Gauguin con las gordas y la interminable sucesión de estrías, celulitis y pieles desparramadas que engalanan la obra de Peter Paul Rubens.
Botero, por su parte, rellena de grasa su mundo pictórico y no perdona a nadie en este proceso, creando una fila interminable de gordos de todas las edades y ocupaciones. Aunque me gustan algunas obras de Botero, prefiero quedarme con la obesidad flácida y de calidades táctiles que ofrece Rubens digo, Botero ofrece un esquema curioso, pero el maestrazo Rubens lleva el asunto a terrenos sensoriales interesantes y deja claro que el maestro había amasado con particular placer a más de una adiposa.
Lucian Freud ha llevado el arte del retrato a un terreno extremo, sus desnudos no son halagadores pero son intensamente poéticos en vista de su fragilidad y sus defectos.
En 1990 conoció a Leigh Bowery, enorme tipo, un refrigerador repleto de grasa y exhibicionismo. Los retratos que hizo de Bowery son unas joyas de la representación del cuerpo humano. Gay hasta la médula, Bowery se desparrama en los cuadros sin pudor alguno, despreocupado, como si le perdonara la vida al espectador. En 1994 Bowery murió de SIDA y dejó a Freud sin su tamal de muso. Pero poco después, el apetito por la abundancia despertó de nuevo en Freud, al conocer a la empleada del departamento de salud ?Big Sue? Tilley. Las palabras de Freud lo dicen todo: ?Desde un principio estuve consciente de las maravillosas cosas que se podían hacer con su proporción llena de cráteres impresionantes, laderas, hondonadas y accidentes causados por el calor y la flexión. Ella es carne sin músculo y por ello ha desarrollado una textura cutánea única por soportar tanto peso?. Los cuadros de ?Big Sue? son como ella, monumentales y despreocupados, una vuelta a los orígenes, una Venus prehistórica, un pedazo de piel moldeado de forma caprichosa por la mano de Dios.
Recuerdo mi paso en la academia de artes, las clases de dibujo con doña Luz como modelo, una mujer de apetito voraz y gordura casi absurda. Cansados de los cuerpos proporcionados, doña Luz daba a los estudiantes la oportunidad de entrar en los caprichos divinos, en el paisaje flácido de la glotonería humana. Afortunadamente no es perfección en el mundo del arte y la gordura es un género aparte que aparece en todas las épocas. Las lonjas y las estrías pueden ser el alimento sibarita y abundante que sacie por completo el hambre de los pintores, cineastas y poetas más exigentes.
CRÓNICA DEL OJO
Ay, en fin? esta serie de tres homenajes al sobrepeso fue concebida y estructurada al calor de la bicicleta de piso que ahora es como mi segunda casa. Mi apetito voraz me dejó de regalo una panza policiaca y una papada sacramental. Ahora tristemente, paso las tardes en la sección de gorditos del gimnasio de mi cuadra. Triste vida. Pero ya lo dijo Gloria Gaynor: I will survive?
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