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Disenso del apocalipsis

Jesús Silva-Herzog Márquez

La eterna elección empieza a quedar atrás. Larguísima precampaña, prolongadísima y desgastante campaña, interminable y catastrófico epílogo. Ahora que se han cubierto todas las etapas formales de la elección, podemos ver hacia delante. Pero se nos exige que veamos el futuro a través de un cristal ahumado. Se nos quiere hacer ver un panorama apocalíptico. El Gobierno de Calderón perseguido por el fantasma de una supuesta ilegitimidad. Un presidente acosado por la rabia de sus críticos, incapaz de celebrar dar la cara; un presidente que no podrá asumir el poder real en un país polarizado. Así la anticipan algunos: una presidencia débil, acorralada, ineficaz y, tal vez, breve.

Tengo la impresión de que las perspectivas del nuevo Gobierno no son tan terroríficas como desean y difunden sus malquerientes. A pesar de las calamidades de la elección, el futuro Gobierno cuenta con recursos importantes que deben ser tomados en cuenta al examinar las insinuaciones del Gobierno de Calderón. Me refiero a ventajas institucionales, experiencias e iniciativas que colocan al futuro Gobierno en una perspectiva, sin duda compleja, pero que está lejos de ser apocalíptica. De hecho, podría pensarse que la crisis post electoral es una advertencia de la que puede extraer buenas lecciones el futuro Gobierno. El Gobierno de Calderón no tiene más remedio que reconocer los cuestionamientos y las aversiones que suscita. Las sospechas que ha generado la elección son recuerdo de que el futuro Gobierno no puede darse el lujo de perder el tiempo. Las municiones del futuro Gobierno son limitadas. Si las emplea de modo incompetente, quedará muy golpeado. Por eso se ve forzado a concentrarse, a definir estrictamente prioridades y a coordinar internamente sus esfuerzos. La legitimidad puede ser una trampa; la sospecha, un acicate.

A pesar de las calamidades de la elección, el partido del presidente no será la segunda fuerza en el Congreso, como lo ha sido los últimos seis años. En ambas cámaras será el partido con más amplia representación parlamentaria. Es cierto que el PAN no alcanza, por sí mismo, la mayoría, pero tiene una fuerza que la convierte en la voz cantante de la dinámica legislativa. La conformación de mayorías parlamentarias es hoy mucho más favorable al presidente de lo que fue en 2000 o en 2003. Lo es, no solamente por la presencia del partido del Ejecutivo, sino por la previsible disposición al entendimiento del Partido Revolucionario Institucional. Por lo que se ha visto en las semanas recientes, los priistas sabrán aprovechar su presencia en el Congreso. Mientras el PAN coquetea sus votos, el PRD los hostiga con su radicalismo.

Felipe Calderón tiene también ventajas importantes frente a su antecesor. Hace seis años Vicente Fox se imaginaba como el héroe de la democracia mexicana; el gran hombre que había logrado la hazaña de derrotar al PRI; el galán que lograría cualquier cosa con el poder de sus encantos. Fox creyó que lograría las reformas más complejas con un comercial de televisión. No apreció nunca las exigencias de la dinámica institucional; no trabajó con su partido ni estableció una comunicación constructiva con el Congreso. No era sorprendente: el único registro de la vida parlamentaria del diputado Fox fue una tontería de carpa. Calderón, en cambio, ha vivido la política desde un partido con vocación parlamentaria. Entiende que debe trabajar estrechamente con su partido y con el Congreso. Conoce bien el funcionamiento de las cámaras y las sensibilidades de los legisladores. Tomando distancia de la estrategia foxista, ha planteado su decisión de trabajar constantemente con el Congreso, de ser él directamente quien coordine los esfuerzos de negociación. Es muy probable que veamos con regularidad reuniones entre el presidente y las bancadas parlamentarias; entre el presidente y las comisiones parlamentarias; entre el presidente y legisladores prominentes. Es el trabajo elemental que debe hacer un presidente en estas circunstancias. Como jefe de los panistas en la Cámara de Diputados, Calderón conoció la historia de las torpezas foxistas desde la parte agraviada. Esa experiencia es hoy clave para el éxito de una gestión presidencial. Vicente Fox le obsequió a su sucesor un detallado manual de todo lo que un presidente no debe hacer en relación al Congreso.

Desde los días de la campaña, Calderón habló de un Gabinete plural. Si mi partido no alcanza la mayoría en el Congreso, estoy dispuesto a integrar mi Gabinete con miembros de otros partidos para formar esa mayoría, dijo. No sería una invitación a miembros de otros partidos a título personal. Sería un acuerdo entre partidos. La clave sería el pacto que asegure respaldo legislativo. Un acuerdo explícito que definiera la agenda común de una coalición gobernante. No cabe duda de que la idea es interesante. Podría significar la salida del atasco que vivimos desde 1997. Su concreción podría darle algunos años de solidez y eficacia al Gobierno entrante. Pero es más fácil enunciar la idea que concretarla. Las instituciones presidenciales no son particularmente favorables a este arreglo. Tampoco tenemos experiencia que nos ayude a cimentar una coalición de este tipo. Esa debe ser la tarea fundamental del presidente electo en los cortos días que nos separan del primero de diciembre. Si ese día Felipe Calderón es capaz de entregarle al país lo que le ofreció, un Gobierno de coalición, empezará con el pie derecho su Administración. No parece probable que lo consiga.

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