Arturo Parra Monsiváis, un short stop que destaca solamente con el brazo derecho.
El Siglo de Torreón
Matamoros, Coah.- Los trabajadores del Despepite de San Miguel reparan la máquina que prensa las pacas de algodón, pero se olvidan del pisón. Arturo Parra Monsiváis, ayudante de mecánico, de 18 años de edad, está sentado mientras quita un tornillo de la parte media de la prensa, cuando el pisón se sale del tubo hidráulico que lo impulsa y con su filo desprende de tajo el brazo izquierdo del aspirante a beisbolista profesional.
Sus compañeros Agustín Robles, Lorenzo Rodríguez y Bernardo Luévanos corren de inmediato a auxiliarlo, y al ver que le brotan borbotones de sangre tratan de acomodarle el brazo, lo amarran con sus camisas mientras llega la ambulancia de la Cruz Roja de Torreón.
En el trayecto Arturo queda inconsciente por la pérdida de sangre, y lo despierta la plática de su papá, Fidencio Parra Mendoza, con el doctor Javier Aranda, quien le informa que amputará el órgano dañado.
- Sálvele el brazo como pueda doctor -, es la súplica de Fidencio al galeno en un tono de angustia y desesperación. Arturo, a casi 47 años del accidente, cierra sus ojos y arruga la frente, su rostro enrojece al recordar que fue sometido a ocho operaciones y varios injertos, sin embargo, el brazo quedó inutilizado. Por la manga larga de su camisa color gris se asoman los dedos inmóviles y deformes.
Arturo cuenta que estuvo internado un mes en la Cruz Roja de Torreón y tres meses en el desaparecido Sanatorio Cuauhtémoc, en donde fue dado de alta el siete de octubre de 1959. ?En un principio tuve movimiento normal en el brazo operado, pero al término de un mes dejé de tenerlo, ya que mis dedos se tulleron y secaron?, recuerda Arturo mientras lleva uno de los dedos de su mano derecha a la comisura de los labios para limpiarse el sabor amargo de la confesión.
Por momentos su cara redonda permanece impasible y sus ojos a través de los espejuelos reflejan una honda tristeza por la inutilidad del brazo izquierdo.
Un año antes del accidente pensaba ir a probarse a la Academia de Pastejé del equipo Tigres, que en ese entonces dirigía el lagunero Guillermo Garibay Fernández, pero por desgracia su sueño se esfumó.
El reto
Le queda limitado el brazo, pero Arturo no se resigna a dejar el beisbol, ya que era su vida. Su hermano Raúl Héctor Parra Monsiváis va hasta Torreón a comprarle un guante izquierdo y un bat del número tres en Deportes Román.
Por las tardes se iba al campo de San Miguel con Raúl Héctor para detener rolas con el brazo derecho, una vez que atrapa la pelota se coloca el guante entre las piernas para tirar. Fue tanta la habilidad adquirida, que después fildea la pelota y la avienta al aire mientras deja caer el guante al piso, para tirar a primera o segunda base, ya que estaba decidido a jugar de parador en corto.
Una mecánica que perfecciona y ejecuta tan rápido que parece algo natural. Al término de un año se siente con confianza de volver a jugar en el equipo de Primera Fuerza del Ejido San Miguel. Su hermano Raúl Héctor Parra, se apersona con el manager Bernardo Luévanos, para que le diera oportunidad de jugar en las paradas cortas.
Bernardo se muestra escéptico en un principio, pero acepta la propuesta de Raúl Héctor, quien juega en la segunda base para apoyar a Arturo. Llega el día del ansiado debut, el equipo de San Miguel juega en 1960 contra Matamoros en el Parque de la Cámara Junior, y como cosa del destino el primer bateador del equipo rival conecta un roletazo por las paradas cortas, Arturo lo fildea con la mecánica practicada y saca al corredor dos pasos antes de la primera base.
El ampayer marca safe, bajo el argumento de que no debe tirar el guante al suelo, nadie se atreve a apelar la decisión del hombre de azul, quien le aconseja a Arturo que busque otra forma para resolver su limitación. Esa noche Arturo y Raúl Héctor comentan lo sucedido en la cocina del hogar familiar, su madre, doña Anastasia Monsiváis de Parra, los escucha mientras prepara la cena, de repente propone hacerle una bolsa en el costado izquierdo al uniforme de Arturo, para meter la mano inutilizada y forme una especie de alcayata, que ayude a retener el guante al momento de tirar la pelota.
En un principio la segunda mecánica fue difícil, ya que por la premura de sacar la pelota del guante, a veces éste se queda atorado en el hueco del brazo. Arturo admite que en un principio se le embasaban los corredores, pues no podía sacar le pelota a tiempo, ya que metía el guante de más. Con el tiempo perfecciona la nueva mecánica, y cuando la pelota va de botes francos mete el guante con anterioridad en el hueco para fildear a mano limpia.
Arturo hace una pausa y muestra la callosidad formada en la palma de su mano derecha, la cual fortalece con la práctica del frontón. ?Con el paso del tiempo adquirí fuerza en el brazo derecho, que me permite batear bien, empecé con un bat del número tres y después lo cambié por uno más pesado, pues llegué a la conclusión de que a mayor peso podía dominar la velocidad que trajera la pelota a la hora de hacer contacto?. Después del accidente Arturo se dedica a administrar el Despepite de San Miguel hasta 1984.
Su idea al pararse en el cajón de bateo es conectar un hit sencillo para llegar a la inicial, después robarse la segunda, la tercera y de ser posible el home; no en balde había obtenido un campeonato estatal de atletismo en 200 metros planos, a fines de 1957 en Saltillo.
?Hice 18 robos de home y en los juegos de estrellas siempre gané el trofeo en la vuelta al campo, llegué a cronometrar 14 segundos?, expresa en un tono de satisfacción, que se refleja en su semblante, mientras se quita los lentes para limpiarse el sudor de la frente.
Su inspiración
Arturo se encuentra sentado frente al escritorio de la oficina de su hermano Raúl Héctor, cruza las piernas, lleva la mano derecha al brazo izquierdo para comentar que un día se preguntó que si Pedro Barbosa y Antonio Ramírez juegan beisbol, por qué él no. A ambos les faltaba el brazo izquierdo y tenían tan sólo un muñón, en el cual retenían el guante mientras tiraban.
Los toma de ejemplo y desde 1960 hasta 1980 practica este deporte a buen nivel, del cual se retira a los 40 años de edad para convertirse en manager del equipo de San Miguel, que dirige hasta 1992, fecha en que sus hijos Rodolfo y Sergio Parra Alvarado toman el mando de la novena.
Las anécdotas
Arturo acaba de enviudar, en enero de 2006 murió su compañera de toda la vida, Emiliana Alvarado de Parra, el ánimo ha venido a menos, pero lo reactiva al recordar que en 1965 fueron a jugar a Pasaje, Durango, y los aficionados de ese lugar lo estaban esperando para saludarlo. Los peloteros de San Miguel bajan uno a uno del autobús que los llevó hasta el Ejido Pasaje, sin que los aficionados los tomen en cuenta, entre ellos iban los hermanos Jorge y Pedro Orta, cuando apenas empezaban a jugar.
Arturo baja al último y lo recibe el comisariado ejidal, quien le dice: ?A usted lo estamos esperando para felicitarlo por la forma en que juega, ya que es un ejemplo para todas aquellas personas con limitaciones, que cuando hay deseos de vivir, puede vencerse la adversidad?.
Entre 1970 y 1972 va a jugar al Ejido Emiliano Zapata, Durango, en donde su compadre Manuel López Campos dirige al equipo anfitrión y juega de jardinero derecho. Cuando le toca a Arturo su turno al bat, el juego está empatado a una carrera, Manuel se va desde la pradera derecha para indicarle a su pitcher que le tirara tres rectas seguidas a la esquina de adentro, pero uno de sus lanzamientos va a la esquina de afuera y Arturo conecta al jardín derecho y la pelota ?agarra calle?.
Manuel López, hecho una furia, en lugar de correr por la pelota, va a reclamarle a su pitcher por no haber cumplido la orden. El equipo de San Miguel regresa a casa con una victoria de dos carreras a una, gracias al bateo oportuno de su parador en corto.
La vida de Arturo Parra Monsiváis es un ejemplo de lucha permanente contra un infortunio, del cual a diario saca fuerzas para sobrevivir con la frente en alto.