¡Árbitro ratero!, grita el carismático capitán del equipo, y la porra, incontenible, lo apoya al unísono. No importa si la dirigencia contrató mal y caro, para el cuadro, refuerzos provenientes del más odiado rival, cartuchos quemados para que se entienda; tampoco si el director técnico luce cansado y con escaso liderazgo para la toma de decisiones; menos aún que en el equipo haya una nula unificación de miras y los objetivos se hayan vuelto unipersonales, el público estará siempre atento a lo que diga el caudillo, el emblema, el gran capitán.
El problema es que a este capitán se le olvida frecuentemente el rudimento de la técnica individual, fundamental para el control del balón y el dominio de las situaciones en el partido. La función táctica, necesaria para contrarrestar al rival e imponer condiciones en el terreno de juego no implica para él relevancia. La adecuada interconexión de líneas producto de una planeación estratégica es pasada por alto pues es el destino quien le ha colocado el brazalete de capitán.
La suma de habilidades no es su prioridad pues se sabe apoyado en forma irrestricta por la barra que todo le aplaude; la comprensión de necesidades sólo atañe a sus intereses y a la forma en que él interpreta el juego. El acuerdo de voluntades se dará siempre y cuando el rival se someta a la suya.
Ni siquiera el hecho de que en cada contienda el árbitro sea diferente, y con diverso grado de preparación y capacidad contiene su belicosidad; el tema es simplemente descalificar cualquier decisión que discorde de la interpretación que el capitán tiene de las reglas del juego.
El árbitro es deshonesto siempre que su decisión vaya a contrapelo de los deseos del superestrella. No importa cuán apegado al reglamento sea el criterio del silbante, la falta en contra debe discutirse hasta propiciar amonestaciones, expulsiones, broncas e incluso la suspensión del partido.
El problema es que el público, a quien el capitán dice defender, es el que al final sale perdiendo. Con la suspensión parcial o definitiva del partido los más necesitados quedan en estado de indefensión.
Los fieles seguidores que laboran como boleteros, checadores de entradas, vendedores de alimentos, refrescos y souvenirs, los cuidacoches, los negocios aledaños al estadio, los taxistas, operadores de microbuses, los meseros, botones de hotel, prestadores de servicios turísticos, en fin, todos aquellos que dependen del trabajo diario como medio para llevar el sustento a su casa son seriamente lesionados por la intransigente actitud del capitán.
En cambio, quienes están a su lado son aquellos que van al estadio con fines diversos al deportivo. Los integrantes de la Barra Brava apuestan al desorden, al caos, pues su violenta concepción del juego va más allá de ganar o perder.
El río revuelto es su elemento y la ganancia deriva de volverse indispensable para la loa y el aplauso del Gran Mariscal. El escenario actual es que el árbitro emitió su veredicto, y el capitán y su equipo deberán acatarlo.
Cualquier contravención será un ataque frontal al fair play. Cualquier semejanza entre el Trife y López Obrador es fruto de la casualidad.
El hecho es que en lo absolutamente deportivo, por fin dio arranque el Torneo Apertura 2006 poniendo fin a una rigurosa dieta de balompié nacional.
Obviamente la calidad de la primera fecha distó mucho de ser óptima pero quedaron de manifiesto algunos puntos.
1.- Pumas va a sufrir en serio y sólo el Querétaro puede salvarlo.
2.- Enrique Meza no va a terminar el torneo con Pachuca.
3.- Los directivos mexicanos siguen jugándose las contras.
4.- América ilusionó aunque ganó con dudoso penal.
5.- El arbitraje dará mucho de qué hablar.
Por lo demás, bienvenida la Liga.