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Estas campañas que ves.../Hora Cero

Roberto Orozco Melo

Los lectores que conocen mis antecedentes en el servicio público saben que el columnista es un viejo militante del Partido Revolucionario Institucional. Soy priista desde que tenía 18 años, acaso porque en el decenio 40 del siglo pasado no se escuchaba ni se leía alguna referencia distinta a la del PRI y de su único opositor, el PAN, cuya plataforma de principios trascendía a cera e incienso, más que a una posición ideológica o política.

Un día me preguntó Óscar Flores Tapia: ¿a cuál partido perteneces? y tuve la puntada de responder con una frase que había escuchado decir a varias personas de la Iniciativa Privada saltillense: ¡yo soy apolítico! El dirigente priista reviró de inmediato: “eso da idea de que no existes, no piensas, no vives”. Bueno, me defendí: hay muchas personas que piensan lo mismo y se sienten muy satisfechas cuando lo afirman. Entonces saltó OFT: ¡has de tratar con puros pen..! Tras un lapso de silencio, el líder me cuestionó: “¿ni siquiera eres del PAN? Y como nada repuse, abrió el cajón de su escritorio y sacó tres folletos impresos en papel periódico, me los puso en la mano y exclamó despidiéndome: “¿léelos, piénsalo y luego platicamos! Aquellos volúmenes contenían la plataforma de principios, el programa de acción y los estatutos del Partido Revolucionario Institucional.

Faltaría a la verdad si dijera que los leí de inmediato; llegué a la casa donde me asistía y los puse por ahí, en algún lado. Al siguiente lunes Flores Tapia me propuso ingresar a las filas del PRI como miembro del sector juvenil. Eso fue un día de 1949. Mi primera credencial estaba firmada, como muchas otras, por el general Rodolfo Sánchez Taboada y por el propio presidente del comité directivo estatal. Esto acredita que, desde entonces hasta la fecha, he sido un leal priista, malgré tout, hasta el día de mi muerte; pero en los últimos años he sentido que mis buenas intenciones empiezan a flaquear.

Hoy, por ejemplo, no está el horno para bollos. La sociedad creció, maduró y superó las viejas formas de ejercer el voto, pero los partidos y más el PRI no han mejorado las tácticas para conseguirlo: siguen en la onda de los años 30, 40, 50, 60 y 70. Ya nadie puede afirmar que tiene el partido que quiere y se merece. Yo no, por lo menos.

Presenciamos una campaña política singular y desmarcada, tanto por las características de los cuatro candidatos principales como por el entorno rijoso en que es protagonizada. Dan la impresión, los tres aspirantes, de conducirse con mucho menos cuidado que la única dama que los acompaña, la señora Patricia Mercado. Los señores Felipe Calderón, Roberto Madrazo y Andrés Manuel López Obrador, privilegian el ataque mutuo en lugar de la confrontación de ideas y proyectos. Los tres sacan de su pecho y con sus atipladas voces las agresiones, los descalificativos, la desvalorización de los partidos y de los candidatos adversarios. A los tres los marca la impronta de los noticiarios de la televisión. Los persigue la secuencia de la nota roja, de los secuestros, del narcotráfico, de las intrigas y de los errores; en todos se fija y detiene el ojo de las cámaras, acechantes a cualquier descuido verbal, de la menor falta en el comportamiento, de la sonrisa nerviosilla.

En los tres partidos se repite la misma corrupción: en el PAN por la familia de la señora Marta, en el PRI por su larga secuela y por su último caso: el “gober, papá precioso” y en el PRD debido a las andanzas de los captadólares que encabezaban René Bejarano y sus socios. La que se salva es siempre la dama, doña Patricia Mercado: seria, sonriente, discreta, impertérrita, ella hace su propia campaña en el marco de la mayor austeridad, y se cuida de no caer en las ignominiosas barrancas en que pelean sus contrincantes.

¿Será México un país de corruptos? A juzgar por los hombres que disputan el honor de gobernarnos tal puede ser, supuesto que quienes pugnen por el más alto cargo de la República debieran ser los más honestos, los más capaces, los más discretos, los más inteligentes y los más confiables de todos los ciudadanos. ¿Usted qué piensa?...

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