He leído el estupendo libro que sobre un naufragio real escribió el colombiano, Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, que en verdad leí hace muchos años pero que ahora he vuelto a releer dado el revuelo que han provocado tres pescadores de tiburones que zarparon de San Blas quedando atrapados en una lancha que los llevó mar adentro una vez que sufrieron la descompostura de su motor.
Estuvieron, según relatan, a la deriva, más de nueve meses en un espacio de aproximadamente 27 metros cuadrados, no radio, no salvavidas, no combustible, no comida, no agua, no parasoles, no fruta, no sacos de dormir, no abrigos excepto una raída cobija por lo que tuvieron, a querer o no, que ingeniárselas para sobrevivir durante el tiempo que duró su travesía. Ellos cuentan que bebían agua de lluvia y el mar los proveía de pescados, comiéndolos crudos, así como patos y gaviotas que en la inmensidad del océano Pacífico emigraban de un continente a otro a diez mil metros de altura, parando a descansar en el borde de su embarcación. Pienso en el sol de mediodía, caliente y metálico. Las cabezas ardiendo, la piel requemada, tornándose seca y endurecida. El astro rey abrasa los rostros y las espaldas, además que los labios se sienten escaldados. La brisa del mar deja los cuerpos como bacalaos: curados y salados. En la noche vientos helados, haciendo un frío que cala hasta los huesos.
Hay quienes comentan que no fue nada difícil para los mexicanos soportar las ganas de comer, por estar ancestralmente acostumbrados a pasar hambres, la bulimia es su habitual compañera por lo que al llegar a las islas Marshall, archipiélago en Oceanía, después de dejarse llevar por las corrientes marinas, yendo sin rumbo por cerca de ocho mil kilómetros, recogidos por un barco de bandera taiwanesa, bajaron rozagantes, frescos como una lechuga.
Cualquiera pensaría que mostrarían un rostro macilento, la mirada perdida, la piel llagada, la voz balbuceando, deshidratados, insolados, mas sin embargo, las imágenes televisivas enseñaron a unos pescadores jubilosos que, si acaso fueron rescatados del reino de Poseidón -Dios del Mar de los griegos-, de seguro fueron atendidos a cuerpo de rey por la tripulación que espero hayan tomado una foto de los náufragos, como los encontraron, antes de asearlos, de darles alimentos y de rasurarlos, logrando en una semana resarcirlos de sus penalidades entre las cuales estuvo la atrofia de los músculos por el poco espacio en el que podían moverse dentro de su endeble embarcación.
Estos pescadores son un caso único en la historia de la navegación y de la medicina, han realizado una proeza, una titánica hazaña. En efecto, los antiguos marinos sufrían los estragos de una dieta carente de vitamina “c” que provoca una enfermedad llamada escorbuto, cuyos síntomas consisten en hemorragias aparatosas por la nariz, la boca, el pulmón o aun por las paredes capilares, presentando visibles hematomas cutáneos, vulgarmente conocidos como moretones, esta enfermedad se caracteriza por la aparición de hemorragias en las encías.
Lo peor de este padecimiento es que al producirse un debilitamiento de las defensas trae aparejada una peculiar predisposición hacia las infecciones, trayendo su ausencia en el organismo anemias, fragilidad de los vasos sanguíneos. Nuestros compatriotas no se sabe qué hicieron para obtener fruta o verduras frescas, con cuya ingestión se evita la enfermedad, a menos que las hubieran obtenido del fondo del mar como lo hacía la tripulación del Nautilus que tenía como jefe al capitán Nemo, -en latín, nemo significa nadie- según cuenta el imaginativo Julio Verne (1828-1905) en su novela titulada 20,000 leguas de viaje submarino.
Con trajes apropiados y sofisticadas escafandras saldrían a las profundidades del mar a cosechar legumbres, frijoles, garbanzos. chícharos, así como verdura, coles de Bruselas, berros, pimientos verdes, páprika, moras, rábanos, perejil, tomates y remolachas o simplemente cítricos. Sus rebaños, como los del viejo pastor Neptuno -Dios del Mar de los romanos-, pacen tranquilos en las inmensas praderas del océano. Así ha de haber sido, a menos que los de la isla de Taiwán, también conocida como Formosa, los hubieran rehabilitado en menos de lo que canta un gallo. Lo cierto es que nuestros héroes no dieron muestras de agotamiento. Más bien parecía que regresaban de unas ubérrimas vacaciones. Debemos estar orgullosos de nuestra raza, aguanta adversidades como ninguna. Tampoco se les notó ningún trastorno mental consecuencia de un confinamiento forzoso en tan pequeñísima balsa. Leían, dijeron, pasajes de una Biblia todos los días, lo cual no dudamos haya producido el milagro de mantenerlos con vida.
Igual le pasó al bíblico Jonás que fue tragado por una ballena, siglo VIII a. de J.C., siendo devuelto tres días después fue devuelto a la vida. En fin, bienvenidos estos modernos argonautas, a los que Jasón hubiera querido de compañeros en su mitológica búsqueda del vellocino de oro.