Ella callaba de repente, y se envolvía en su silencio como en una túnica. Hablaba el mundo, hablaban las cosas y las gentes, y ella callaba en medio del ruido de los ruidos.
Se irritaba él por su silencio:
-¿Por qué callas? -le preguntaba con enojo-. ¿Por qué no dices algo?
Y entonces hablaba ella, mansamente.
-Si no entiendes mis silencios -le respondía- menos aún entenderás mis palabras.
Y callaba, callaba otra vez, y sonreía. Y se irritaba él, y no entendía nada.
¡Hasta mañana!..