El sol entra en mi casa como Pedro por su casa.
La puerta da al oriente, y también las dos grandes ventanas de la cocina y de la sala. Así, cuando el sol se alza sobre el perfil de la sierra de Zapalinamé primero roza la alta cruz de Catedral y luego viene a visitarme. Se escurre por entre la fronda de los nogales, y con su luz dibuja extraños arabescos en mis paredes y sobre el piso de barro saltillero.
Hay días en que no llega el claro visitante. Las nieblas del invierno lo hacen perder el rumbo. Pero no pasan muchos días sin que vuelva. El sol siempre regresa, por largo y duro que el invierno sea. Esa es una de las lecciones que mi casa me ha enseñado: el sol siempre regresa.
¡Hasta mañana!..