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Psicomentarios / EL SUICIDIO Y LOS ESTADOS DEPRESIVOS

Coty Guerra

En los meses de diciembre pasado y enero del presente año, han ocurrido una serie de suicidios que, además de impactarnos, nos invitan a reflexionar sobre esa actitud que llegan a tomar algunas personas, las cuales, de acuerdo a comentarios de familiares y amigos, no parecían tan desesperadas como para cometer una conducta tan lamentable e irreversible, pero, en estos casos siempre existen antecedentes que la propician.

El antecedente principal e ineludible es la depresión, así, con mayúsculas. Una persona que padece estados depresivos fuertes puede llegar al suicidio. Y estos estados depresivos son propiciados por un sentimiento de pérdida, que puede ser de un ser querido (no necesariamente por fallecimiento), de algo material, de necesidad de reconocimiento, de autoestima, de salud, etc. Por eso, aunque uno pudo ver a estas personas comportarse aparentemente alegres, inclusive con euforia, esas conductas pudieron ser mecanismos de defensa para salir delante de su depresión. De ahí que en fechas significativas, o en temporadas de invierno, cuando la soledad se acentúa y se tiene mayor necesidad de estar acompañado, es cuando el índice de suicidios es más alto.

Las depresiones son las patologías más difíciles de solucionar, ya sea neurosis depresivas, psicosis depresivas o reacciones bipolares. Las depresiones, en lo general, son muy fáciles de comprender, son normales y comunes los cambios de humor que no tienen causas obvias, todos tenemos días felices e infelices y algunas noches nos acostamos satisfechos de lo que hicimos ese día, o insatisfechos porque no se cumplieron nuestras metas, pero al amanecer esto puede cambiar. Todos sentimos en ocasiones desaliento o desilusión debido a situaciones objetivas y cuando las cosas salen mal cualquier persona puede sentir que es un fracasado y que vale poco y nos quejamos, lo que suele ser normal. Si la pérdida es grande e irreparable la reacción depresiva puede ser profunda y durar largo tiempo, sin incapacitar a la persona afectada, lo que llamamos un dolor normal, y el duelo es un proceso necesario para que la persona pueda alcanzar un equilibrio estable.

Sin embargo, cuando ese duelo es muy largo y la persona termina preocupándose crónicamente de no valer nada, de ser un fracasado, de no tener un futuro, y ésta permanece abatida y pierde la iniciativa y el interés, podemos hablar de una patología porque empieza a sufrir el ataque destructivo del superego, el cual se enfrenta al ego infantil del depresivo, siendo difícil superarlo ya que las fuerzas contrarias no están equilibradas. Los depresivos se apoyan mucho en los familiares para expresar sus quejas, pero esto no es suficiente porque la familia se fastidia y por ser consanguíneos no se tiene la capacidad emocional para dar el apoyo necesario. De ahí que, cuando se empiezan a sentir los estados depresivos, es necesario buscar la ayuda profesional adecuada.

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