Para Paco Calderón, por la prudencia razonada.
“Se embriaga con los errores de los otros, es un dipsómano de la moral”.
Friedrich Nietzsche
En lo deseable no hay discusión: ningún tema debería estar vetado. Todos deberíamos poder analizar, ironizar, ridiculizar, o blasfemar si se nos viene la gana. Vargas Llosa lo llama el derecho a la irreverencia, que es una de las grandes conquistas de Occidente, aunque corra la amenaza de ser calificado como eurocentrista. ¡Viva Voltaire: odio a muerte lo que dices, defenderé a muerte tu derecho a decirlo! (o dibujarlo para el caso). Pero como todos los absolutos, esa libertad de expresión sin fronteras, es irreal. No la había en la antigüedad, ni en el Medievo; se amplió en el Renacimiento y sobre todo a partir de la Revolución Francesa.
Pero en pleno siglo XXI las zonas de intolerancia siguen siendo muchas: de la persecución jurídica contra el escritor turco Orhan Pamuk por atreverse a recordar la terrible matanza de armenios, hasta el caso del poeta yucateco Witz Rodríguez que “ultrajó” la bandera nacional. De todas las intolerancias quizá las religiosas sean las más virulentas. ¿Cuántas críticas soportarían los católicos o los judíos o los sintoístas o los ortodoxos o los guadalupanos de México si el símbolo central de sus creencias fuera utilizado para la mofa concertada por un grupo de periódicos?
Lo mismo vale para Abraham o Moisés, Buda y el árbol bajo el cual yace, para los seguidores de Zoroastro y su templo, para Brahma y el hinduismo y sus miles dioses. Es claro que habría un límite. Ese límite no estaría impuesto por la tolerancia razonada de los ilustrados sino por una pasión popular herida.
Todos los credos de verdad única son en principio intolerantes. Mientras existan -y nada indica que vayan a desaparecer- habrá intolerancia. Allí está la gran lección de Karl Popper: en Platón, en el pensamiento utópico occidental está también la semilla de la intolerancia que pudo haber conducido nada menos que al fascismo alemán. Occidente tampoco puede echar las campanas al vuelo.
La batalla para ampliar la libertad de expresión cruza por muchos territorios muy sensibles en todas las latitudes: de la ira que generan los maltratos a la bandera de EU a la veneración de las familias monárquicas en varias de las naciones más desarrolladas del orbe pasando por algunos equipos de fútbol. La nación que esté libre de pasiones ciegas que levante la mano. Es por ello que se tienen que escoger las batallas, se tiene que jerarquizar; las áreas minadas son muchas, la ira potencial enorme.
La crítica tiene que combatir aquellas zonas de intolerancia que resultan imprescindibles para el avance de las libertades individuales y la democracia. Por ejemplo ¿de qué sirve una burla al fervor por el linaje de la casa imperial japonesa? Se podría argumentar que los miembros de esa nación son menos libres por ese dogma. Pero, ¿es esa una batalla central? ¿Qué pasaría si una cadena de periódicos europeos decidiera ridiculizar la imagen de Juan Diego? ¿Es ese un asunto clave para la ampliación de las libertades de los mexicanos?
Comparados con cualquier democracia de patrón occidental las teocracias musulmanas carecen de libertades verdaderamente esenciales para el individuo: de la libertad de culto a la igualdad de género. La lista es muy larga. Habría decenas de libertades básicas que merecen la más ácida de las críticas. En esa lista no está que veten la representación de Mahoma. Uno de los grandes logros del protestantismo fue precisamente liberarse de la iconografía católica y eso a nadie le preocupa. Es ahí que surge la pregunta ¿para qué de la serie de dibujos sobre Mahoma? ¿No intuyeron los creadores y los editores que tocaban una fibra muy sensible? Por supuesto que tienen todo el derecho de hacerlo pero ¿qué ganaron? Aparece un dilema ético que va más allá de ampararse en un principio incuestionable. El regodeo de tocar tabúes como un logro en sí mismo nos habla más de la vanidad del crítico que de la eficacia de su lucha. ¿Qué es lo deseable?
Queda claro que la ira generada por la reproducción inducida de los cartones favorece a los más radicales de los fundamentalistas de esos países. Ahora tendrán otro argumento fehaciente de la amenaza de Occidente en contra de sus creencias. La cerrazón cultural y política se verá acentuada. Con ello la condición opresiva sobre decenas de millones de seres humanos se perpetuará. En realidad Occidente habrá perdido esta batalla. Y, quizá lo más grave, la tensión mundial se incrementará en perjuicio de todos. ¡Fantástico resultado! A la par una docena de solidarios dibujantes y editores europeos caminarán orgullosos de haber sido los autores de una blasfemia colectiva. Regresarán a su Mac a recibir los e-mails de congratulación por su valentía profesional, por su arrojo, por haber ejercido al límite la libertad de expresión. Para ellos habrá aplausos, para los moradores de las naciones ofendidas mayor oscuridad.
Porque en el fondo lo que debe valorarse es la intención y los resultados concretos de la crítica. Van diez muertos. Salman Rushdie no se propuso blasfemar con sus Versos Satánicos. Tampoco Gunther Grass con su Tambor de Hojalata y muchos más que han sufrido persecución sin buscarla. Si todos los que ejercemos la crítica nos dedicamos a encontrar las áreas más sensibles para herir las creencias de otras naciones, me temo que el mundo no va a ser mejor. Paradojas de la vida: los críticos del dogma pueden terminar convertidos en dogmáticos que se creen redentores. Como dijera Luciano Talbek, “Dios nos salve de los redentores”.