El dinamismo que logró la economía mexicana durante 2006 no podrá sostenerse el año próximo debido a que, para entonces, resentiremos los efectos de un menor ritmo de expansión de la actividad económica en Estados Unidos. No olvidemos que las repercusiones de una disminución en el crecimiento económico estadounidense sobre nuestro aparato industrial son importantes debido al nivel de integración comercial que existe entre ambos países, especialmente con la vigencia del Tratado de Libre Comercio. Este año tuvimos, al igual que en 2000, mucha suerte. Esto se aprecia mejor cuando se contrasta con los acontecimientos económicos y políticos que rodearon las elecciones de 1976, 1982, 1988 y 1994. De hecho, el desempeño económico y las elecciones democráticas de 2000 y 2006 se facilitaron considerablemente porque ocurrieron durante un período donde en el exterior reinó la tranquilidad, hubo crecimiento, poca inflación y altos precios del petróleo. Este año pasará a la historia como uno donde, a pesar de los conflictos políticos internos, pudimos sostener un razonable ritmo de expansión económica con estabilidad de precios y sin sobresaltos en los mercados financiero y cambiario. Me parece poco probable, sin embargo, que el comienzo de la administración de Felipe Calderón sea lo suficientemente afortunado como para tener las favorables condiciones externas que facilitaron en 2006 esta evolución económica en nuestro país. Hace seis años escribí algo similar en relación con el año 2000. En ese entonces señalé que si bien la expansión de ese año se había beneficiado de condiciones mundiales muy positivas, ?debido al cambio de dirección de los vientos económicos externos y en ausencia de las reformas estructurales pendientes, es muy probable que no veamos otro año semejante a 2000 por un buen tiempo?. Esa previsión ha probado ser cierta hasta el día de hoy, porque a pesar de todo el ruido que se hace respecto al ritmo de crecimiento de este año, lo cierto es que será inferior al que registramos al cierre de la administración de Ernesto Zedillo. Considero que Felipe Calderón, aún cuando no tendrá en 2007 un entorno externo tan positivo como el de este año, tiene la oportunidad de superar el logro económico mediocre del sexenio de Vicente Fox, en particular porque en la medida que Estados Unidos corrija sus desequilibrios sin tener que transitar por un descalabro económico, podría escapar de un período recesivo como el que caracterizó los primeros tres años de este gobierno. Aún así, sin embargo, Calderón no debe subestimar algunas nubes de tormenta que se ciernen sobre el horizonte inmediato. La más sobresaliente es el hecho de que la economía de Estados Unidos se debilita más rápido de lo esperado. Las estimaciones de crecimiento para 2007 han ido disminuyendo a lo largo del año, pasando de un 2.9 por ciento en abril a un 2.4 por ciento en octubre pasado. Por otra parte, esa menor actividad económica puede hacer que, una vez pasado el invierno y a pesar de los esfuerzos de la OPEP, descienda algo más el precio del petróleo, lo que pudiera afectar la salud de nuestras finanzas públicas. La administración de Calderón, para mejorar el desempeño económico del gobierno actual, tendrá que enfrentar no sólo esta coyuntura, sino más importante aún, el reto de facilitar un crecimiento más vigoroso de mediano y largo plazo mediante la instrumentación de las reformas estructurales, muchas de las cuales encuentran siempre una fuerte oposición interna. Sus planteamientos en esta materia tendrán que resolver dos retos. El primero consiste en enviar y lograr que el Congreso, dividido y lleno de aficionados en materia económica, apruebe las principales reformas estructurales que necesita nuestro país. Estas incluyen, entre otras, las reformas tributaria, laboral y eléctrica. El segundo reto será lidiar con la actitud rebelde y belicosa de Andrés Manuel López Obrador, quien seguramente tratará de bloquear de manera ruidosa y desafiante cuanta reforma proponga el gobierno de Calderón. La duda principal es si Calderón tendrá margen de maniobra para superar con éxito estas pruebas y convencer al Congreso de la necesidad de las reformas que plantee, ya que seguramente despertarán una fuerte oposición de los grupos de interés más afectados por ellas. Esto es particularmente cierto para la reforma tributaria, que para tener sentido económico tendría que incluir los planteamientos sobre el IVA y los tratos preferentes en el Impuesto Sobre la Renta que siempre rechazan los legisladores del PRI y el PRD. Me parece que Felipe Calderón, al igual que sus antecesores, está consciente de la necesidad de elevar substancialmente los ingresos derivados de los impuestos no petroleros si realmente espera superar el desempeño económico del gobierno de Vicente Fox. Me temo, sin embargo, que la posición tradicional de los legisladores de oposición hará poco probable que se apruebe una reforma tributaria que afectaría tantos intereses que surgieron durante décadas de un régimen clientelar en nuestro país. Tengamos presente que el PAN solo, no puede lograr reforma alguna. Para ello necesita el apoyo de los legisladores del PRI, ante los rechazos permanentes de los integrantes del PRD, quienes aprovecharán cualquier ocasión para desprestigiar su Gobierno. Es evidente, por tanto, que Calderón tendrá ante si en sus primeros dos años de gobierno una tarea ardua y penosa de cabildeo, de cuyo éxito dependerá que el desempeño económico del país en su sexenio logre salir de la mediocridad en la que hemos estado sumidos por tanto tiempo.