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San Valentín/Los días, los hombres, las ideas

Francisco José Amparán

Uno de los filósofos estoicos más relevantes del siglo XX lo fue Charlie Brown, personaje principal de la tira cómica “Peanuts” de Charles Schultz, que durante décadas nos divirtiera, enervara e hiciera reflexionar. A lo largo de su vida de eternos diez años, Charlie Brown tuvo que sobreponerse a terribles vicisitudes que, para colmo, tenían carácter cíclico. Una de ellas era ser el propietario de un perro hedonista y alucinado, Snoopy, al que criaba, cuidaba y mimaba… pero el cual nunca recordaba el nombre de su dueño. Solía referirse a él como “el muchachito de la cabeza redonda”; y si se le increpaba por su deslealtad e ingratitud, Snoopy respondía que tenía dificultades recordando los nombres complejos. Y ya no hablemos de las aventuras que solía correrse en sus esquizofrénicas “otras” personalidades, que iban de ser un piloto de la Primera Guerra Mundial empeñado en cazar al Barón Rojo, a ser el universitario más popular, Joe Cool… a ninguna de las cuales invitaba a su angustiado amo.

Asimismo, Charlie Brown tenía que soportar las tropelías de un árbol que se especializaba en devorar papalotes. Cada vez que empezaba la temporada de uso de esos juguetes aleves, el árbol se las ingeniaba para tragarse el de Charlie Brown: una de las peores pesadillas que mente infantil alguna pueda crear.

Por no decir nada de la actuación del buen Charlie como pitcher de su equipo de beisbol infantil: las palizas recibidas solían ser escandalosas, y con frecuencia le pegaban tales batazos que las líneas lo desvestían centellantemente en plena lomita de pitcheo.

Pero lo que quizá era más angustioso, lo que le llenaba más de zozobra, era cuando le salía su veta enamorada y pasaba horas y días pensando en qué decirle al objeto de su afecto: la muchachita pelirroja (cuyo nombre y facha nunca conocimos en treinta años o por ahí). Por supuesto, fracasaba consuetudinariamente. Siempre le salía algo mal, de manera tal que no podía aproximarse, hablarle, decirle lo que sentía.

Algo parecido le ocurría a Felipito, el amigo de Mafalda. En ese caso sí conocimos a la dueña de su corazón, una chiquilla con la mirada estrábica de Karen Black y los labios de Angelina Jolie. El caso es que le iba igual de mal: la única forma de comunicación era fanérica: nada más la veía, se ponía de un colorado intenso, incapaz de romper el silencio impuesto por ese extraño sentido de la vergüenza del jovencito enamorado hasta las patas… o que al menos cree que lo está.

Todo lo cual debería indicarnos que tanto Schultz como Quino (el autor de “Mafalda”, por si alguien lo ignora) supieron detectar una de las preocupaciones fundamentales del ser humano del siglo XX, que era lo que representaban los precoces niños de sus respectivas tiras cómicas. Y esa preocupación era cómo la vida contemporánea hacía tan complicado el aproximarse al amor. O mejor dicho, a la persona amada. O todavía mejor dicho, a aquélla de quien se supone enamorado.

Todo lo cual, según algunos antropólogos que fuman pipa y son incapaces de dejarle el asiento del autobús ni a Rosa Parks, es una creación humana, no instintiva ni mucho menos. Para ellos la timidez, la dificultad para el cortejo, el miedo al rechazo, resultan inventos de la modernidad burguesa, un mecanismo más de represión de las clases dominantes, una manifestación del desequilibrio emocional del mundo contemporáneo. Y es que, según esos especialistas, el amor romántico entró en el ámbito del acontecer humano en fecha relativamente reciente (la Alta Edad Media), como un divertimento de una clase social particularmente ociosa (la nobleza rural europea) y no tiene nada de natural: es un constructo cultural, que de alguna manera tomó carta de identidad en Occidente primero, y en buena parte del mundo después. Eso sí, no en todo: pregúntenle a las afganas en tiempos de los Talibán qué recibían de regalo de aniversario de bodas: si sus maridos no las golpeaban hasta cansarse se daban por bien servidas.

Lo cierto es que, si uno se pone a espulgar, en las culturas antiguas es poco lo que se halla remotamente parecido al amor romántico (esto es, el de manita sudada, ojitos de borrego en precipicio y serenata con “Página blanca” horrendamente cantada por los amigos borrachos del pretendiente). Existen, sí, algunos poemas eróticos muy apuñalantes de la griega Lesbia (de donde salió ya saben qué término) y el romano Catulo, azotado como él solo. Pero es poco lo que, por ejemplo, los grandes filósofos de la antigüedad le dedican al asunto. Vaya, Aristóteles le presta más atención al corazón de los batracios que al humano, en su modalidad de recipiente del impulso amoroso. Existen las historias de Odiseo y Penélope, de Enéas y Dido y un puñado más, pero de ahí salen si acaso dos o tres telenovelas venezolanas y párenle de contar. Ya sé, ya sé, me dirán que es uno de tantos ángulos obtusos de Occidente.

Pero en la tradición china o egipcia no mejoran las cosas. El erotismo de “El cantar de los cantares” del Antiguo Testamento judío no encaja muy bien en el tema que estamos tratando: trate de llevar gallo cantándole a la novia aquello de “Tus pechos/ mellizos de gacela” y verá con qué le tira el presunto suegro. Y claro, la India tenía desde hace mucho el Kama Sutra y el libro de los libros del Ananga-Ranga… pero hasta hace sesenta años en esas tierras era usual casar a niñas de ocho años, que no creo hayan tenido la más remota idea del sentido de atracción sensual. Más aún, hasta hace menos de diez años, en ninguna película hindú había aparecido un beso en pantalla… y estamos hablando de la industria fílmica más prolífica del mundo, que produce tres veces más cintas que Hollywood.

Lo siento mis estimados. Al menos a ojo de buen cubero cultural, parece que los desalmados antropólogos citados arriba tienen razón: el amor romántico es una construcción reciente; y, por tanto, artificial.

Según los estudiosos, ese concepto nace con el Mester de Juglaría por ahí del siglo XII o XIII, cuando los poetas ambulantes entretenían a las cortes cultas del sur de Europa con historias de amores castos e imposibles, y pasiones indebidas que nunca llegaban a su deseado final. De ahí se pasó a entronizar el amor cortesano como el modelo a seguir.

Seis, siete siglos después, el romanticismo se encargó de resucitar esa noción, como parte de su adoración por lo exótico, lo medieval y lo azotado. Y el asunto prendió, lo que sea de cada quién. De manera que el amor, el cortejo, la seducción, son hoy una de las industrias culturales, mediáticas y económicas más prósperas del mundo globalizado.

A propósito: el National Geographic Magazine de este mes trae como historia de portada un amenísimo estudio sobre los más recientes descubrimientos científicos relacionados con ese ente esquivo que es el amor. Como tenía que ser, contiene revelaciones muy interesantes… y también hasta cierto punto esperables. Por ejemplo, que las reacciones bioquímicas que ocurren en el cerebro de una persona enamorada son semejantes a las producidas por algunos trastornos mentales. O sea, lo que todos sabíamos desde siempre: quien se enamora tiene que estar loco. Pero ahora sí probado, con grafiquitas y modelos computarizados.

No me extenderé en el asunto porque el artículo todo es una delicia y hay que leerlo completito (no, no le presto mi ejemplar a nadie). Y porque más bien quería poner en perspectiva la fecha que, para nuestra desdicha, celebraremos en un par de días: San Valentín.

Se supone que el Día del Amor y la Amistad es una forma eficiente y reconocida de demostrarle a las personas amadas y las queridas (que no es lo mesmo) lo que sentimos por ellas. Y que hemos de hacerlo de manera olfativa (flores), gastronómica (cenita con velas), engordadora (chocolates) y sobre todo, obligatoria. Todo lo cual es, por supuesto, un sinsentido. Este día era el que más angustia le creaba a Charlie Brown (y creo que también a Felipito), precisamente por su carácter de obligatoriedad. El regalo, la demostración, son no sólo esperables, sino exigibles. Y la verdad, eso no se vale. Especialmente para los muchachitos de cabeza redonda (o de zanahoria: Felipito) con angustias existenciales del tamaño del ego de Lopejobradó, del cinismo de Madrazo o de las casas de Montiel.

Angustias que no necesariamente cesan con la edad. Hay quien le tiene más horror a lo que le hará su cónyuge por no sacarla a cenar ese día, que al posible triunfo de alguno de los candidatos mencionados supra.

Asimismo, los mercadotecnistas no se ponen a pensar lo que pasa por la cabeza de las feas (y los feos) que ese día no reciben ni un cempasúchil. Quién sabe cuántas asesinas seriales estemos criando como en invernadero (¿Futuras Matabonitas?) por estas fechas. Las desgracias creadas por este día se acumulan más allá de lo que puede explicar la razón humana.

Pero nada de ello impide que las masas caigan en la trampa, y enajenadamente se pongan a regalar bombones como si fueran de granola con linaza. Como no impide que uno se enfrente a amenazas Al-Qaedianas si no saca a la cónyuge a una velada romántica como demostración de amor… como si los cheques de cada quincena y las cenas-afuera de los miércoles y sábados no fueran prueba suficiente. $#%&$#% San Valentín.

Consejo no pedido para amar y ser amado: el clásico romántico por excelencia es “Las cuitas del joven Werther” de Goethe. Y en el cine, la adaptación de Franco Zeffirelli de “Romeo y Julieta” (1968) sigue siendo muy disfrutable. Provecho.

PD: gracias, gracias por las carretadas (bueno, quizá exagero) de felicitaciones por el triunfo acerero. De acuerdo: no fue muy buen partido, y las cebras lucieron más atarantadas que el Gabinete de Fox. Pero a mí qué cuernos me importa. ¡Ya tenemos el anillo para el pulgar!

Correo:

francisco.amparan@itesm.mx

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