La vida afectiva de la adolescencia se afirma por la doble conquista de la personalidad (tomando en cuenta que la personalidad se inicia a partir del final de la infancia, entre los ocho y 12 años) y de su inicio en la sociedad adulta. El joven, a pesar de su personalidad incipiente se coloca como un igual ante sus mayores, pero se siente diferente a éstos, debido a la nueva vida que se agita en él. Es por ello que quiere sobrepasar y sorprender a los adultos, transformando el mundo.
He aquí por qué los planes de vida de los adolescentes, por una parte, están llenos de sentimientos generosos, altruistas o místicos y por otra son inquietantes por su megalomanía (sentimientos de grandeza) y su gran egocentrismo.
El adolescente se atribuye con toda modestia, un papel esencial en la salvación del mundo y organiza su plan de vida en función de esta idea.
El sentimiento religioso en la adolescencia es intenso (a veces en sentido negativo) y se tiñe de una preocupación mesiánica: el joven hace una especie de pacto con Dios, comprometiéndose a servirle sin recompensa, pero esperando desempeñar un papel decisivo en la causa que se dispone defender.
En lo que el amor se refiere, es cierto que el adolescente lo descubre, pero lo que trata es de proyectar sus ideales en un ser real. Es por eso que las decepciones son tan repentinas como los enamoramientos, pues el adolescente ama, platónica o realmente, como si viviera una novela.
En cuanto a la vida social del adolescente, encontramos que cuando se enfrenta a situaciones sociales, en ocasiones se repliega llegando a parecer poco sociable o desadaptado. Esto no debe ser motivo de preocupación para los padres, pues la sociedad que le interesa es la que quiere transformar y no siente más que desprecio y desinterés por la sociedad real que él condena. Además, la sociabilidad del adolescente se afirma a través de la vida, en la relación con sus iguales. La verdadera adaptación a la sociedad vendrá automáticamente cuando, de reformador, el joven pase a realizador.
Entonces no hay por qué inquietarse por las extravagancias y los desequilibrios de los muchachos, a menos que éstos sean permanentes y sostenidos en el tiempo. Por el contrario, algunos estudios psicológicos han demostrado que aquellas personas que entre los trece y los diecisiete años no construyeron sistemas que insertaran su vida en un amplio sueño de reformas, o los que, al primer contacto con el mundo material, sacrificaron inmediatamente sus ideales de rebeldía a los intereses de los adultos, no han sido en su madurez, las personas más exitosas o las más productivas.
LOS ADOLESCENTES Y EL SEXO
De todos los acontecimientos del desarrollo de la adolescencia el más importante es el aumento del impulso sexual, así como de los pensamientos y sentimientos nuevos ?a menudo misteriosos- que la acompañan. Un obstáculo importante ?tanto para las muchachas como para los muchachos- es la integración de la sexualidad con otros aspectos del surgimiento del sentido de ?sí mismo?, sin tener que pasar por demasiados conflictos y ansiedad.
Al menos, en los inicios de la adolescencia, el problema puede ser mayor para los varones que para las hembras ya que, por múltiples razones, los adolescentes están más conscientes de sus impulsos sexuales que las adolescentes y les es más difícil negarlos. Es más usual ver cómo las jovencitas limitan su impulso sexual. Entre ellas, puede ser más difuso y ambiguo y estar relacionado con otras necesidades como el amor, la autoestima, la confianza y el afecto. En la actualidad, ha ido creciendo el número de muchachas que se encuentran tan preocupadas por el sexo y pueden tener una motivación tan grande por éste como los muchachos.
Algunos consideran esto como una respuesta natural facilitada por la creciente información sexual que hoy manejan las muchachas. En otros casos, podría tratarse de la búsqueda del amor, del reconocimiento o la aceptación por parte del sexo opuesto, o bien una expresión de rebelión o resentimiento.
Pero a pesar de estas diferencias relativas, los adolescentes de ambos sexos concuerdan en lo referente a la sexualidad. Quieren saber del inicio sexual, la concepción, el embarazo y el control de la natalidad. Desean saber cómo ajustar el sexo a sus valores globales y cómo tener relaciones constructivas y provechosas.
En este sentido, la educación sexual que manejen los padres y que le comuniquen a sus hijos, podrá evitar que éstos busquen información en el entorno en que se desenvuelven y que, en muchos casos, puede ser malsana y desviada.
Entender los sentimientos de nuestros hijos nos permitirá crearlos como Ser Humano.
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