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Y sin embargo se mueve

Adela Celorio

Esté donde esté, uno siempre quiere estar en otra parte.

¡Caray! Con lo bien que estábamos en Barcelona y nos venimos a las Islas Canarias. Tengo la sensación de que hemos perdido la capacidad de simplemente estar. De aquietarnos para permitir que el cuerpo asuma los cambios que impone todo viaje y mientras tanto, contar musarañas o simplemente disfrutar del placer de estar ociosos. -Ya que estamos aquí, hay que aprovechar, dice el Querubín y los aviones baratos y malos pero frecuentes, nos generan la urgencia de salir volando a cualquier parte, de movernos constantemente para empezar desde cero, a descubrir cómo se hace lo mismo pero bajo un cielo diferente.

Anulado el piloto automático con que nos movemos en lo conocido; el viaje exige poner a prueba nuestro ingenio para resolver problemas tan elementales como abrir la regadera post moderna y sofisticada del hotel, o descifrar los códigos secretos de un teléfono para poder llamar a casa.

Es necesario recurrir al mapa, desoxidar las antenas y echar mano de la intuición para elegir entre caminar hacia la derecha o hacia la izquierda. De cualquier manera nos perdemos pero no hay ninguna queja porque aquí en este puerto de La Cruz, para donde quiera que se mire, se mira el mar, ese mismo mar que le descubrió a Colón el camino de nuestra América.

Un mar inquieto, de temperatura poco hospitalaria y playas de piedra lava donde retozan felices los turistas nórdicos que huyendo del frío, emigran a las Canarias. Nosotros que sabemos de la tibieza de las playas mexicanas, los miramos sin envidia y preferimos pisar la ciudad, con escalas obligadas en todos los bares que nos salen al paso.

Por una carretera perfecta pero demasiado estrecha, remontamos las nubes para llegar al Teide que es el pico más alto de España. Volvemos a La Cruz para partir de ahí hacia Tenerife que es la vigorosa y cosmopolita capital, y tocar ahí la cruz original, en cuyo nombre los españoles sometieron a los pobladores naturales de esas islas.

Finalmente recalamos en un perdido pueblito de pescadores donde nadie llega excepto nosotros, porque nos perdimos y porque hay que ganarle tiempo al tiempo y mirar estas islas antes que la constante migración de africanos les acelere el ritmo suave que tienen ahora.

Allá muy al principio, el Señor ordenó a Adán y Eva multiplicarse y poblar la Tierra. Desde entonces, buscando el Sol, el mar, las especias, el pan, y más recientemente el petróleo, el hombre se ha aventurado siempre en busca de sus tierras prometidas.

Cuando creyó haberlas encontrado, se las aperró con la cruz o con la espada. De preferencia con ambas. Primero pintó su raya -de aquí para allá, hasta donde alcanza la vista es mío- declaró. Y por sus pistolas se escrituró lo más que pudo.

Marcó fronteras, exigió pasaportes, estableció diferencias; y en nombre de ellas justificó sus guerras. Estamos en el tercer milenio y seguimos en las mismas, sólo que las mareas humanas han invertido la corriente y hoy; los estadounidenses se quieren aposentar en Irak mientras los mexicanos andamos a la reconquista de nuestros antiguos territorios en Texas y California.

Oleadas de africanos invaden las costas de la poderosa Europa Unida, los suramericanos espaldas mojadas, cruzan a México por el Suchiate; y los cubanos en una invasión hormiga, se han adueñado de Miami.

Chinos y japoneses sin alharaca ninguna, laboran en cualquier lugar del mundo y se puede decir que son ciudadanos internacionales. Lo reconozcamos o no, el mundo es de todos. El hombre es hermano del hombre o no es nada. Lejos ha quedado el tiempo de muros y murallas, la tierra es de quien la trabaja, de quien la cuida y la quiere; y no de quien la arrebata, la explota despiadadamente y pretende amurallarla. Pero como me temo que nadie va a hacer ningún caso a mis recomendaciones, mientras todavía se puede, el Querubín y yo nos lanzamos a la conquista de París. Allá nos vemos.

adelace@prodigy.net

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