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Amigo Sembrador

Francisco A. Ledezma

Con la mente en blanco, sin palabra alguna para iniciar los temas acostumbrados en relación con las actividades del Club Sembradores de Torreón o con los festejos del Centenario de Torreón, me pongo a releer el artículo sabatino de Germán Froto Madariaga titulado Temas Extremos: el nacimiento y la vejez, exponiendo con claridad sus puntos de vista sobre el controvertido tema del aborto y, en contraposición, el de la senectud. En conclusión: el derecho a nacer y el derecho a vivir una vejez digna.

El primero es un tema al que no me adentraré, pues aunque tengo mi criterio al respecto, dejo las disquisiciones para quienes por sus conocimientos y talentos lo pueden abordar con mayor acierto según sus convicciones.

Dice Froto que cuando se llega a cierta edad –yo diría edad senil– la vida va cambiando, se torna más lenta, con merma de las facultades físicas y psíquicas y que le preocupa sobremanera el trato inadecuado que la sociedad da a los ancianos, tal si pareciera que molestan, que estorban, cuando en realidad tienen mucho qué enseñar: paciencia, prudencia, educación, respeto y comprensión.

Lo cierto es que hay que vivir cada tiempo a plenitud, desde la niñez a la senectud con las etapas intermedias de adolescencia, juventud y adultez. Claro es que existen factores externos para llevar una vida plena, pero nosotros mismos podemos forjarla, como dice Amado Nervo:... “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos ni pena inmerecida. Porque veo al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino, que si extraje la miel o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas, cuando planté rosales coseché siempre rosas...”.

¿Viejo? ¿Cuando me aprendí y de quien es el siguiente soneto? ¡No lo sé! Pero me gusta repetirlo:

“No es viejo el que tiene muchos años o el que avanza en lento caminar; el que sube despacio los peldaños o el que llora feliz al recordar.

No es ser viejo perder la dentadura. Extrañar al amigo que ha partido. Sufrir reuma o dolor en la cintura.

No es ser viejo tener mente que olvida. Nublazón al mirar cualquier lectura. Precaución al probar cierta comida.

Sólo es viejo el que pierde la confianza. El que niega valor a su persona. El que tiene perdida la esperanza o el que en vez de luchar... se desmorona”.

Por mi parte puedo decirte que gracias a Dios, con mis ochenta y ocho años a cuestas, estoy viviendo una vejez feliz, amando a mi esposa e hijos y dando cariño y estimación a mis amigos.

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