Bicho:
Hoy hace dieciséis años que te vimos por primera vez: tu madre, cuando saliste y le presumiste tus caireles y capacidades vocales; tu padre, cuando en el pasillo del sanatorio, con nudos en las tripas de primerizo, te vio pasar en la camilla o carreola o carrito o como se llame, emergiendo de la maternidad, con los ojazos pelones mirando curiosa al mundo, como preguntando: “¿Y de esto se trata el asunto?” Ahí me dije: “Ésta no va a dejar que le cuenten las muelas. Va a interrogar a la vida y a la realidad y a quien se deje”. Y sí, creo que tuve razón.
También ese día tu tía Marianne nos consoló con una admonición: “Como padres sólo pueden estar seguros de una cosa: se van a equivocar”. No sabes lo reconfortante que resulta saber que, por más que deseemos otra cosa, vamos a meter la pata; que ello es parte del humano proceso de la paternidad. Digo, suficiente carga tenemos tratando de no torcer demasiado nuestras propias vidas. Sólo esperamos no habernos equivocado contigo muy seguido, ni muy gravemente.
De hecho, creemos no haberla regado tanto, en vista de lo orgullosos que estamos de ti. Y por las razones correctas.
Porque claro, muchos padres estarían como pavorreales de que su hija sea una muchacha hermosa, inteligente y talentosa, como eres tú. Pero la cosa no va por ahí. Estamos orgullosos porque tú ya sabes que ser hermosa, inteligente y talentosa no es ninguna gracia, no tiene ningún mérito, no es nada de qué presumir. Es como cayeron los dados, como te tocó en el reparto de karmas o como se quiera llamar a ese azar que nos hace nacer como nacemos. El chiste es qué hacer con esos dones. Y pensamos que ya sabes que ser hermosa sin naturalidad, inteligente sin poner esa capacidad al servicio de los demás, talentosa sin hacer tu mundo un poquito mejor, no sirve de nada; al contrario: sería un enorme desperdicio. No sacarle provecho a lo que la naturaleza te concedió, entrañaría una gravísima falta… que, creemos, no has cometido.
Estamos orgullosos de que, a estas alturas del partido, ya pareces saber de qué va esta existencia, para qué estamos en este mundo. Esto es, únicamente para tres cosas: para crear belleza, para ser felices y para hacer felices a los demás. Pensamos que ya te cayó ese veinte y has estado actuando en consecuencia. Creemos que eres consciente de que esa elusiva condición de “felicidad” se da en chispitas, en flashazos. Que la felicidad artificial, inyectada por la masa, no es tal, sino un sucedáneo que sólo sirve para vaciar la vida y dejar insatisfecho a quien se refugia en esos paraísos, promovidos en horario estelar por adolescentes hermosos, pero sin inteligencia ni talento.
Estamos orgullosos de que has sido una niña valiente, que ha sabido darse de topes con lo que le tocó vivir y salir adelante. ¿Cómo olvidar tu primer día en quinto de primaria en Calgary, cuando la única palabra en inglés que sabías era “yes” (lo que, admitámoslo, era hasta peligroso)? Pero no te arredraste, no lloraste, no te rajaste. Como norteña de pura cepa, le pusiste buena cara al reto, te adaptaste al medio, y en un semestre ya eras una más del salón de Mrs. Armstrong, coleccionando amigos y amigas… y escribiendo de repente mejores redacciones que los canadienses. Como has enfrentado con agallas otras pruebas, decepciones y fracasos que la vida te ha puesto en el camino, y salido airosa (aunque a veces llorosa). Las derrotas son parte de la ruta que seguimos aquí. Quien cree que no va a tenerlas, no sabrá sacarle provecho a las que, indefectiblemente, le van a caer encima. Aprender de los fracasos es una forma de éxito. Creemos que ya entendiste eso. Y qué bueno.
(Caso aparte es cómo has enfrentado las muertes que te han tocado de cerca. Tu energía y entereza, más que enorgullecido, nos han asombrado. De verdad).
Estamos orgullosos porque has sabido aprovechar las oportunidades que la vida te ha dado de conocer el mundo. Porque cuando viajas te interesas sinceramente por el fenómeno del hombre y sus creaciones, por quiénes hicieron esos edificios, pintaron esos cuadros, pisaron esas baldosas siendo humanos como tú. Ya sabes que somos el resultado de lo hecho y dicho por los que nos antecedieron y que disfrutar lo bello que nos dejaron, es una manera de ser mejores y sacarle jugo a esa inmensa herencia que suelen olvidar otros viajeros (especialmente los mexicanos, que tienden a dar pena ajena y ser patéticamente ignorantes) que no ven la belleza ni aunque les peguen con ella, inquietos sólo por hallar qué pueden comprar o beber.
(No, no estamos orgullosos de que seas tan descuidada como para que te hayan robado la cámara en Roma Termini: ¡Dios mío, esa estación es la capital mundial de los carteristas!)
Estamos orgullosos de que tengas convicciones y sepas defenderlas. Uno de los momentos en que no nos ha cabido en el pecho el gusto de ser tus padres, fue cuando nos informó una amiga (tú ni siquiera te dignaste comentarlo) que te habías rehusado a participar en un espectáculo de ballet, pese a lo mucho que te gusta el baile y las tablas. ¿La razón? Que ese número formaba parte de una exhibición de modas en la que se modelarían… pieles de animales. Y eso sí que no. Tú siempre te has opuesto a la cacería de seres peludos para satisfacer la vanidad de mujeres vacuas y depiladas y te negaste a tener nada que ver con el asunto. Tenías ¿qué? ¿Diez años? Hay gente que a los setenta no ha hecho un gesto como ése, mucho menos asumido un compromiso.
A propósito de compromiso: estamos orgullosos porque te indignas ante las injusticias de que está lleno este %$#& país. Y porque entiendes que la mejor manera de enmendarlas es haciendo bien las cosas: en el estudio, en tus artes, en el trato a los demás. El egoísmo, bien lo sabes, no lleva a nada, no llena la vida sino de insatisfacciones. Tu sensibilidad al dolor ajeno es muestra de una calidad que suele echarse de menos en mucha gente de tu edad… y mayor.
No estamos muy orgullosos de que le vayas a los Raiders de Oakland. Podías haber escogido un equipo con más clase (Pittsburgh, por ejemplo). Pero al menos eres parte de la afición más orate y menos recomendable del futbol americano. A veces hay que juntarse con los locos. Un poco de insania nunca está de más en este mundo patas-arriba.
En fin, que en estos dieciséis años nos has llenado de dicha, nos has producido una enorme felicidad, nos has colmado de satisfacciones, nos has hecho estar orgullosos de ti, una y mil veces. Y por eso, gracias, m’hija. Has sido lo mejor que nos podía haber ocurrido. Ojalá que seas lo mejor que les pueda ocurrir a quienes tienen la inmensa suerte de estar a tu alrededor.
Tus (orgullosos, por si no había quedado claro) padres.
(A mis lectores: sorry por dedicar la columna a un asunto personal. Pero creo que algo de beneficio pueden extraer de ella. Además, así me ahorro lo del regalo, je, je).
Consejo no pedido para (intentar) ser buen guía: Lea “El centauro”, de John Updike, genial novela sobre el duro proceso de ser ejemplo para un muchacho y que pueda convertirse en hombre. Provecho.
PD: Muy pronto un servidor les tendrá una gran sorpresa. Ya mero, ya mero. ¡Estén pendientes!
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