Se ha vuelto un ritual que ya aburre. Cada determinado tiempo, los líderes de los siete países más industrializados (no necesariamente más desarrollados) del mundo, más el presidente de Rusia, se reúnen en algún rincón más o menos apartado de una de esas naciones. Los meros-chipocludos se alejan del mundanal ruido no tanto para meditar mejor sobre el futuro del planeta, sino para evitar las sonoras y con frecuencia violentas protestas de los altermundistas (globalifóbicos, los llamó el compatriota Zedillo). Esos grupos critican a los países ricos por ser ricos, por acabar con el globo terráqueo en el proceso de hacerse ricos y por no hacer nada para que los demás se hagan ricos.
Lo peor es que generalmente en esos eventos, llamados Cumbres del G-8, no ocurre nada digno de felice recordación. Si uno se pone a pensar, ninguna decisión histórica ha tenido como cuna una reunión de ese tipo. De la misma manera que los destrozos de los altermundistas no le sirven sino a los dueños de ferreterías y tlapalerías locales, que luego harán su agosto con las reparaciones a los daños causados. Los del G-8 no llegan ni a ver siquiera a quienes protestan por su existencia.
En estos días se está llevando a cabo la cotidiana reunión del G-8, en esta ocasión en las cercanías de Rostock, Alemania. Y la rutina se ha repetido: vallas policiales atacadas por jóvenes furibundos, primeros mandatarios llegando a la Cumbre en helicóptero, declaraciones vacuas que no conducen a nada.
Sin embargo, esta vez hay algunas cosillas que pueden resultar interesantes.
En primer lugar, el presidente ruso Vladimir Putin llegó con la espada desenvainada, furioso con americanos y europeos por una serie de supuestos agravios: nada más para abrir boca, el que Estados Unidos planea instalar un sistema antimisiles en la Republica Checa y Polonia... países hoy miembros de la OTAN, que antaño fueran satélites de la URSS. Aunque el mentado sistema no amenaza a Rusia y muchos dudamos que funcione siquiera, el que los gringos anden haciendo esas cosas en lo que antes fuera el patio trasero de los rusos, para éstos representa una cachetada guajolotera. Además, al tonto del pueblo que habita la Casa Blanca se le ha ocurrido criticar públicamente la erosión de la democracia en Rusia. El que ganara la Presidencia con el chanchullo de Florida, le da lecciones a un país que mal que bien se ha ido liberando de su tradición autoritaria. Dumbo hablando de orejas.
Por ello, ahora sí hay una cierta dosis de emoción en la reunión del G-8. Las tensiones entre Estados Unidos y la Federación Rusa nunca habían sido tan intensas desde del fin de la Guerra Fría. Las cosas seguramente no pasarán a mayores... pero al menos le ponen sabor a un caldo que cada vez se ve más aguado.