Sobre una traducción
¿Cuántos poetas debieron trabajar con la palabra antes de que ésta alcanzara la perfección que exhiben los poemas homéricos? ¿Cuántos versos previos, cuántas estrofas se perdieron? Preservados originalmente por tradición oral, la Ilíada y la Odisea condenaron al olvido a sus antecesores. De ellos nos quedan pistas, fragmentos, recursos que poco a poco van cambiando como cambia el ADN al saltar del padre al hijo. Ya Aristóteles en su Retórica aconseja “darle a las palabras un aire extraño” que la haga sonar como un idioma ajeno.
Lo menciono porque hoy Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) recibirá el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2007 por su poemario Traducción a Lengua Extraña, que ya está en librerías bajo el sello del Fondo Editorial Tierra Adentro. Desde aquí felicito a mi buen amigo Luis Jorge. Muy merecido el premio.
“Leer la traducción —dice en un poema— es llegar otra vez tarde a la escena del crimen”. Impotentes, asistimos a los rescoldos de lo que fue una enorme pira. Aquí hubo fuego, y mucho, pero la moneda defectuosa que es el verbo nos impide recrearlo en su totalidad.
Como en el mundo, en el poemario de Boone impera la muerte. ¿Cómo contarla? ¿Cómo escribirla? Habrá quien argumente que no sirven los manuales, que es inútil buscar las instrucciones para traducir las experiencias comunes a todos los humanos. Pero también es absurdo pensar en la literatura como un acto de generación espontánea. Más que absurdo, soberbio. Fraudulento. La literatura del Siglo XXI tendrá que asimilar a Esquilo, a Gonzalo de Berceo, a Pushkin y no sólo a Roberto Bolaño. Quizá por ello Boone no duda al nombrar el que para mí es el poema medular del libro con una frase que no le pertenece: el título Como a Lugar Extraño, de Luis Antonio de Villena, aparece aquí como surgen las estelas indígenas en los cimientos de los templos coloniales.
El poema siguiente —“Homenajes”— puede ser leído como una defensa de la tradición como un botín en el ejercicio literario: (¿Quién duda de las bondades del plagio,/ el hurto, la piratería, /si hay imperios que han sido construidos/ calcando sobre el plano de otros?) La poesía de Boone, entonces, es literatura que se apoya en el pasado, que se nutre del Valle de los Reyes y del Salzburgo de Mozart, de los rincones olvidados que hoy son Sierra Mojada y Químicas del Rey, aquí en Coahuila. Se nutre de los esfuerzos traductores de Paul Auster, y de las advertencias de Nabokov. Así, recogiendo voces, trasciende la experiencia personal y las obsesiones inmediatas. Traducción a Lengua Extraña (y cualquier libro) es un Tzompantli, un altar de cráneos superpuestos, un cadáver exquisito de iluminaciones (y en esta última palabra aparece otra víctima-cimiento de la poesía). Hay que saber hurgar entre las vísceras.
En La Ilíada y La Odisea heredamos la riqueza verbal de una tradición depurada por siglos de afirmaciones y negaciones, de notas y saqueos, de traducciones. ¿Cuántos poetas debieron trabajar con las palabras antes de que Luis Jorge comenzara a tomar notas? ¿Cuántos versos previos, cuántas estrofas se perdieron? ¿Cuántas de las estrofas de Boone se perderán? Mientras existan quienes ejercen el oficio de traducir la vida a lengua extraña, ninguna estrofa desaparecerá del todo.
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