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Esperanza rota

Federico Reyes Heroles

?La vida de todos los hombres se halla cruzada por sueños soñados despierto...?. Habla Ernest Bloch uno de los filósofos alemanes más brillantes del siglo XX. Bloch escribió una bellísima saga filosófica en cuatro volúmenes con una idea central, defender la función humana y social de la esperanza. Perseguido por el nazismo, refugiado en Estados Unidos, escribió su notable texto entre 1938 y 1947 y lo dedicó simbólicamente a su hijo. Bloch partió de una premisa antigua: sin esperanza el ser humano cae atrapado por cierta angustia existencial.

Unamuno ya había caminado por un sendero paralelo. Pero Bloch fue más allá, no sólo describió la angustia inicial sino que desarrolló todo un tratado de la esperanza, una filosofía de la esperanza. Sin caer en la trampa autoritaria de la utopía, Bloch asentó a la esperanza como una energía social insustituible. Las sociedades sin esperanzas caen en una espiral de autoflagelación pues no ven ninguna meta común que alcanzar. Las sociedades sin esperanzas se dividen y pierden claridad sobre los logros posibles. Las sociedades sin esperanzas pierden el tiempo lo cual agrava su situación. El círculo vicioso o virtuoso depende de ese contenido subjetivo y no tanto, porque al fin y al cabo las esperanzas se sustentan en realidades.

Lo dicho por Bloch a mediados del siglo pasado hoy recibe un tratamiento más frío, de tipo estadístico. Hoy hablamos de expectativas y ellas son medidas con distintos instrumentos. Sin embargo la expectativa no suple el contenido filosófico de la esperanza como construcción humana.

En los últimos años las esperanzas de los mexicanos han sangrado. La recuperación económica de finales de los años noventa no fue suficiente para borrar de la memoria larga la crisis del 94 y 95. La alternancia en el dos mil y la idea de redención nacional elevaron tanto las expectativas que los magros resultados de Fox sólo agravaron la decepción. Sobre ese ambiente cayó la campaña de 2006 que terminó en un desfile de vilezas y mentiras. Los meses posteriores a la elección sacudieron a dos de los principales asideros institucionales del país, el IFE y el Tribunal Electoral. El triste espectáculo de la toma de posesión no es para alegrar a nadie. La bajísima credibilidad del legislativo tampoco. Si a eso se le suma que las primeras semanas de la nueva gestión -no podía ser de otra forma- han estado teñidas de acciones en contra del terrible flagelo del crimen organizado y la inseguridad, pues pareciera que nada bueno hay en el horizonte.

Pero algo no cuadra. Desde la distancia, desde fuera a México se le mira con bastante optimismo. No es casual que la Bolsa cerrara con cifras récord. Distintas casas encuestadoras muestran que Calderón en pocas semanas ha logrado construirse un buen ambiente: 78 por ciento lo ve firme y con carácter y alrededor del 75 por ciento tiene algo o mucha confianza en él. Pero de nuevo las expectativas no suplen a la esperanza. La esperanza echa raíces profundas, es un amarre emocional de largo aliento. La esperanza va más allá de las personas es una decisión de futuro compartido que tiene que ver con la convicción profunda de que las cosas pueden ir mejor, han ido mejor y deben ir mejor.

Allí es donde el asunto se tuerce. Por distintos motivos ninguno de los tres partidos políticos nacionales parecieran estar interesados en hacer justicia al pasado de México. En el año 2000 el panismo construyó su victoria sobre una visión caricaturesca del pasado: todo era oscuridad y mal Gobierno. Los priistas, enredados en sus líos internos de poder, tampoco quisieron reconocer los logros de las anteriores gestiones. Se enterraron a sí mismos. El PRD está hoy atrapado en un discurso de ruptura que niega los avances democráticos de los cuales son coautores. La negación de los logros destruye la esperanza.

No se aceptan los beneficios de la estabilidad macroeconómica que han repercutido en la multiplicación de los créditos para millones de mexicanos; no se acepta la mejoría en el ingreso de decenas de millones y la recuperación de los salarios; no se acepta que el consumo hoy nada tiene que ver con el de hace una década; se niega la modernización de la planta productiva. Se niega la disminución de la pobreza en sus tres niveles, etc. Por ese camino es imposible una reconciliación con el presente y, peor aún, es imposible imaginar un mejor futuro.

Ciegos ante los propios logros somos incapaces de darnos la oportunidad de construir el mañana. Si México resuelve su problema de pensiones, si logra incrementar su ahorro interno, si invertimos en Salud, Educación e infraestructura, si no tenemos nuevos tropiezos financieros, al final del sexenio de Calderón la pobreza extrema podría quedar reducida a una décima parte de la población, el nivel general educativo podría llegar a alrededor del diez años, la productividad se incrementaría. Si invertimos en infraestructura lo que se requiere el potencial productivo del país se multiplicará y con ello se crearían las fuentes de trabajo que tanta falta hacen. Y así se puede continuar.

Una argumentación de este tipo parte del supuesto de que México hoy es diferente al país de hace diez, 20 ó 30 años, reconoce que ha habido contribuciones de todos los frentes y que es inmoral mentir por causas políticas. La ruptura de la esperanza no es un fin democrático en sí mismo, por el contrario es un acto reaccionario que desalienta en la construcción de un país más justo y próspero. Eso agrava la condición de los más pobres. ¿Qué hacer? Por lo pronto señalar a los responsables de este daño mayor y quizá volver a soñar despiertos.

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