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Jaque Mate| Ciudad luz

Sergio Sarmiento

“París bien vale una misa”. Enrique IV

París, Francia.- Es domingo de Ramos y grandes multitudes de turistas se congregan en los puntos de mayor atractivo turístico de la capital francesa. Frente a la catedral de Notre Dame, en la isla de la Cité en medio del río Sena, la peregrinación de los clérigos con los ramos que recuerdan la entrada de Jesús en Jerusalén se pierde en el mar de turistas. Pero los peregrinos realizan sin asombro su ceremonia. Para quienes llevan a cabo su vida en el centro de París, la presencia de turistas es una realidad cotidiana.

La ciudad de París, con sus dos millones de habitantes, recibe al año 26 millones de turistas nacionales y extranjeros, según la propia alcaldía. La región parisiense, que cuenta con alrededor de 11 millones de habitantes, acoge a 33 millones de visitantes al año. Tan sólo el Museo del Louvre atrae a 7.6 millones de franceses y extranjeros al año mientras que la torre Eiffel recibe a 6.4 millones.

La Francia metropolitana, con sus 61 millones de habitantes, es el principal destino turístico del mundo con un ingreso de 78 millones de turistas internacionales al año. México, con 105 millones de residentes, cuenta con 21 millones de visitantes.

La prosperidad de París se debe en buena medida a su enorme número de visitantes. Es verdad que la ciudad tiene muchas otras actividades económicas: desde administrativas hasta comerciales y de servicios. Se trata, después de todo, del centro de la actividad económica y política de una de las mayores economías del mundo. Pero el turismo es un elemento clave de su prosperidad.

Al generar 140 mil empleos directos y otros tantos indirectos, el turismo es la principal fuente de empleo de París. Ni siquiera la burocracia gubernamental francesa produce tantos empleos. La actividad turística genera una derrama económica calculada en ocho mil millones de euros al año. Tan sólo por el impuesto al hospedaje, el Gobierno de la ciudad recibe 30 millones de euros al año.

No se alcanza este nivel de actividad sin que se haga un esfuerzo por darle atención a las necesidades de los visitantes. A pesar del radicalismo de algunos de los jóvenes parisienses, el cual ha generado enfrentamientos violentos con la Policía en las zonas suburbanas donde vive un gran porcentaje de la población inmigrante, París es una ciudad eminentemente ordenada y segura. Los turistas pueden caminar con tranquilidad de un atractivo a otro.

Es verdad que hay algún robo ocasional, como en cualquier otra ciudad del mundo, lo cual obliga a los visitantes a cuidar sus bolsos y billeteras; pero no existe en París el miedo que se genera hoy, por ejemplo, entre quienes visitan la Ciudad de México y otras zonas de nuestro país. Una de las razones por las que han caído los visitantes a las ciudades de la frontera de México con Estados Unidos es, precisamente, la violencia.

No hay duda que una de las razones por las que 26 millones de turistas siguen llegando todos los años a París es por la belleza de su arquitectura, de sus calles y de sus monumentos. Y es aquí donde los mexicanos, o por lo menos los capitalinos, hemos fallado. El Centro Histórico de la Ciudad de México podría ser uno de los más hermosos del mundo. Cuenta con construcciones impresionantes y de enorme interés histórico que pueden ser un poderoso imán para los visitantes. Pero hemos permitido su bloqueo e incluso destrucción por grupos de ambulantes e inquilinos abusivos que durante décadas se beneficiaron de las “rentas congeladas”.

Si la alcaldía de París hubiera permitido la proliferación de ambulantes que tenemos en la ciudad de México, los parisienses y los franceses simplemente no lo habrían permitido. Esto en parte por el orgullo que tienen de su tradición cultural. Pero en parte también porque en la preservación de su patrimonio arquitectónico y urbanístico radica su capacidad de atraer a esos 26 millones de visitantes anuales y de generar esa derrama de ocho mil millones de dólares que son base de su prosperidad.

En México permitimos que el beneficio de unos cuantos líderes prevalezca sobre el bien común. Hay quien dice que el ambulantaje es indispensable porque crea empleos, pero se destruyen muchos más y de mejor calidad de los que se crean.

“París bien vale una misa”, dijo Enrique IV al convertirse al catolicismo con el fin de acceder a la corona francesa. El espíritu pragmático que dio origen a esa frase se mantiene hasta la fecha entre los franceses y entre los parisienses que podrán ser todo lo radicales que se quiera en el arte, en la moda o en la vida, pero que siempre mantienen impecable su Ciudad Luz. Saben que eso no sólo es necesario para mantener hermosa una urbe que es orgullo de Francia y del mundo sino para asegurarse una constante fuente de ingresos turísticos que los hace más prósperos.

LA REBELIÓN

Francia es sin duda un país rico: en efecto, uno de los más ricos del mundo. Por eso sorprenden a propios y extraños las explosiones de violencia de jóvenes en zonas suburbanas. Quienes recurren a la violencia no son los inmigrantes recién llegados, esos que tienen que trabajar dos o tres turnos para cumplir con el sueño de alcanzar una mejor vida, sino los hijos y nietos que tienen ya un nivel de vida muy superior al de sus antepasados. Hay algo de rebelión cultural en su violencia, la cual recuerda ese “choque de civilizaciones” que previó Samuel Huntington. Por eso esta violencia se ha convertido en uno de los mayores retos de la Francia contemporánea.

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