“El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”.
Aristóteles
En México necesitamos encontrar ese famoso justo medio. No parece haber duda de que las fuerzas policiales han violado derechos humanos de activistas políticos en repetidas ocasiones. Esto ha ocurrido en Oaxaca, este pasado 16 de julio y en noviembre del año pasado y también en San Salvador Atenco. En muchos casos los policías han golpeado a personas ya detenidas y han abusado de mujeres bajo su custodia. Pero tampoco hay duda de que esos activistas han violado la ley y los derechos de terceros, especialmente al bloquear vías de comunicación e impedir las actividades productivas de aquellos que quieren trabajar.
La solución no radica en tener un Estado que abdique de su responsabilidad de hacer cumplir la ley y de garantizar el uso de las vías de comunicación por el público en general. Permitir bloqueos, como los que vimos en el paseo de la Reforma de la Ciudad de México de julio a septiembre del 2006 o en Oaxaca durante la mayor parte del año pasado, no es la solución.
Aceptar que grupos políticos, simplemente por ser políticos, violen abiertamente los derechos de terceros sólo llevará a que haya mayores brotes de violencia. Si aquéllos cuyo derecho de tránsito y de mantener una actividad económica legítima son violados no ven que la autoridad vaya a tomar medidas, tarde o temprano ellos lo harán.
El justo medio radica, por supuesto, en respetar los derechos de ambos. Los manifestantes deben tener derecho a gritar, llorar o encuerarse si así lo desean. Pero el resto de la población debe tener el derecho de seguir su vida sin interrupciones ni bloqueos a consecuencia de estas protestas.
No es tan difícil encontrar este justo medio. De hecho, ésta es la filosofía que aplica la mayoría de los países democráticos del mundo. En Estados Unidos, Canadá o España, las manifestaciones son aceptadas sin chistar, pero la fuerza pública de inmediato entra en acción si algún grupo pretende bloquear una avenida o una carretera. Siempre hay algunas protestas en frente de la Casa Blanca en Washington, pero ninguno de los manifestantes piensa siquiera en la posibilidad de bloquear las avenidas en torno a la residencia del presidente de los Estados Unidos.
En los países autoritarios las manifestaciones simplemente no se permiten. En Cuba, un país paradójicamente admirado por muchos de los que constantemente participan en manifestaciones en México, las protestas son de inmediato dispersadas por la Policía. En China y Corea del norte la repuesta de la autoridad es incluso peor.
En ningún país del mundo la tolerancia — o la cobardía— ante las protestas llega al nivel que se registra en México. Un ciudadano chileno me decía hace algunos días que protestas como las de los 400 pueblos, en que los manifestantes se exhiben desnudos, simplemente no serían toleradas en su país: “Si el Gobierno no los arresta, algún grupo de neonazis llegaría a golpearlos.” De hecho, este chileno expresaba una gran admiración ante la tolerancia de los mexicanos.
Pero ningún Gobierno del mundo aceptaría un plantón como el que la APPO mantuvo durante siete meses el año pasado en el centro de Oaxaca, provocando pérdidas de millones de pesos y la desaparición de cientos de empleos. Nadie entendería siquiera no sólo la colaboración sino la complicidad de un Gobierno, como el del Distrito Federal, en un plantón de más de 40 días como el que el PRD y sus grupos de apoyo mantuvieron en el Centro Histórico de la ciudad hace un año.
No es imposible lograr un justo medio. Éste simplemente consideraría que el derecho a la libre manifestación de las ideas no puede violar los derechos de terceros. Así como a los manifestantes no se les debe permitir tomar y humillar rehenes, como hicieron los activistas de San Salvador Atenco, tampoco se les puede aceptar que tomen las calles o bloqueen la actividad económica de sus rivales políticos o de la población en general.
La experiencia nos dice que cuando una autoridad no está dispuesta a cumplir con su deber, cuando no puede o no se atreve a hacer cumplir la ley o cuando emite disposiciones –como el famoso Bando 13 de Andrés Manuel López Obrador— sólo para violarlas, la violencia se hace presente tarde o temprano.
Uno de los grandes males de nuestro país ha sido siempre la falta de valor de los gobernantes para aplicar la ley. Por eso los grupos que viven de violar el Estado de Derecho, desde ambulantes y organizadores de hasta taxistas “piratas”, se vuelven cada vez más agresivos. Finalmente llega un momento en que una sociedad desesperada toma la ley en sus manos.
Todo esto se puede evitar. ¿Cómo? Buscando el justo medio. Y esto no significa más que respetar los derechos no sólo de los grupos políticos sino de toda la sociedad, incluidos aquellos que no participan en manifestaciones o plantones.
ÁGUILA JUARISTA
Todavía ayer en la mañana yo me preguntaba abiertamente en mi programa de radio qué sentido tenía cambiar el diseño del billete de 20 pesos. Después de todo, no se modifica el material de polímero o apenas el tamaño. Una nota de El Semanario, sin embargo, ha hecho que todo se vuelva claro. El actual billete tiene una imagen del águila juarista adoptada como propia por Andrés Manuel López Obrador que desaparece en el nuevo diseño. Pero ¿no piensa usted que es absurdo modificar el diseño de un billete sólo para quitar el águila de Juárez, la cual, hay que recordar, no es propiedad de Andrés Manuel?