La ciudad ha crecido desmesuradamente convirtiéndose en una gran metrópoli, sus calles se han convertido en ríos de modernos coches que, a bocinazos, hacen sentir su presencia mientras contaminan el aire que todos respiramos con los gases que se desprenden de la combustión en sus motores. No hay baños públicos ubicados estratégicamente, por lo que en un caso de necesidad se debe recurrir a los sanitarios de alguna gasolinera, aunque por lo común está echada la llave haciendo difícil el acceso pues están reservados para su clientela, otra posibilidad son las cantinas que muy pocas guardan las condiciones profilácticas necesarias para el servicio, además del peligro que se corre de encontrarse a una o más personas indeseables. El único lugar seguro son las terminales de autobuses foráneos, los grandes centros de tiendas o algún restaurante de la localidad. Si es que están a la mano. Antaño era posible que algún vecino se apiadara del mendicante permitiendo a su ruego pasara al interior de la vivienda donde podía desahogar sus urgencias. Lo malo de esto último es que se acabó el romanticismo de la época cuando las poblaciones no se veían aún asediadas por protervos sujetos a los que no se podía permitir que se introdujeran a nuestros hogares. Queda como recurso final acercarse a una institución de atención a enfermos en consulta externa que abren las puertas a los pacientes que en gran número se encuentran en las salas permaneciendo largas horas en espera de que les toque el turno de acuerdo con su hora de llegada. En esos lugares no es necesario preguntar en dónde se encuentran los sanitarios pues es suficiente al peticionario, sin aguzar el olfato, llegar con mínimo esfuerzo a malolientes, sucias y apestosas letrinas.
Es a esas pozas de las que emanan fétidos olores a las que me referiré en esta colaboración. Es increíble la falta de higiene en lugares que deberían brillar de limpios. Hubo en estas últimas semanas recién nacidos que murieron en esa atmósfera irrespirable, porque desgraciadamente la suciedad no se contenta con invadir los baños sino que trepa por las paredes, los pisos, los techos inundando todo con costras de mugre que se advierten a primera vista. Es un todo en el que las afanadoras no logran quitar con sus trapeadores la idea fija de que se trata de un muladar. Pero donde se concentra la inmundicia que arroja fétidas exhalaciones es en los retretes. Atafaga esa edentina que rodea a los asistentes, quienes a poco se asfixian en aquel ambiente que encarcavina. Nada se puede hacer que proceder, ante el sofoco, taparse los orificios de la nariz recurriendo a cualquier trapo. Los miasmas escapan a los corredores donde los enfermos y sus familiares se ven, sin remedio, rodeados de invisibles emanaciones hediondas y nauseabundas. Da la impresión de una plaga que se apodera de todo y de todos. No estoy exagerando. Cualquiera que vaya a esos centros de curación excepcionalmente los encontrará sin el cochambre que suele ser su característica. Nadie se queja porque en este país el carecer de recursos económicos trae como consecuencia sea uno ignorado sin que nadie haga caso de sus lamentos.
Lo que llama la atención es que el servicio del personal médico, en la mayoría de los casos, es bueno. Hay un esmero en el trato a los pacientes que habla bien de los hombres y mujeres que atienden con corrección a los enfermos. Hay misericordia que ni duda cabe. Lo que falla y echa a perder el trabajo del conjunto es la atención a la limpieza. No cierro los ojos a la colaboración que muchos de los dolientes y sus familiares, carentes de una mediana cultura de lo que significa asearse, contribuyan tirando basura y envenenando el contorno con su ausencia de pulcritud, lo que debe ser tomado en cuenta para emprender campañas dirigidas a obtener un mejor rendimiento en los encargados de la limpieza. Es posible que se requiera un doble esfuerzo, pero vale la pena. Alguno de los administradores en el pasado predicaba que los servicios deberían estar tan nítidos que se pudiera servir la comida sin menoscabo de las personas que ahí asisten. No crea que sea un buen consejo y sin embargo, la consigna es magnífica. Aunque me queda la duda de si hay otra cosa que no sepamos. Luego se llega a extremos que nadie entiende en que los gremios de trabajadores defienden sus prestaciones y las condiciones en que se labora, saturado de personal, acudiendo al expediente de crear plazas con el único propósito de colocar gentes que se estorban a sí mismos dividiéndose tareas que en un momento dado podían realizarse por uno solo. Así se llega a fatales resultados.
Si a lo anterior le agregamos la crisis por la que atraviesa el Gobierno de quien dependen estas instituciones, da por resultado un servicio mediocre donde los enfermos tienen que recurrir a comprar en el exterior las medicinas que recetan sus propios galenos. En otras palabras, las recetas no pueden surtirse porque en la botica de la propia institución no hay existencias. El: ?Vuelva después?, ?Llame por teléfono?, se repite con gran puntualidad. El trato es amable, pero para quien sufre los estragos de una enfermedad, no es suficiente. La cara contraria son las instituciones privadas de consulta e instalaciones en que se hace, pisos relucientes, elevadores modernos, baños meticulosamente aseados, la atmósfera de relajamiento, en una aplicación que es el resultado de ser particulares los que prestan el servicio. Me pregunto: ¿qué atención recibirán los dueños del dinero cuyos nombres aparecen en la revista Forbes? son seres de carne y hueso que también sufren de achaques. Al final de todo la muerte se hará presente, la diferencia es el cuidado que reciben quienes acuden a estas instalaciones.
Volviendo a lo nuestro, lo que es evidente es que si no se toman medidas para corregir lo que está a la vista de la mayoría de los pacientes seguirán ocurriendo lamentables pérdidas. Encontrar a quién hacer responsable no va a producir que por ensalmo mejoren los servicios, si no va aunado a la voluntad de destinar fondos económicos suficientes para subsanar deficiencias. La explicación de que recién nacidos fallecieron a consecuencia de una infección apenas servirá para elaborar los certificados de defunción.