Es noche aún. Camino por la vereda que lleva a Los Coyotes, la huerta que está al oriente del Potrero. Arriba, en el cielo, otro camino señala el rumbo del poniente. Es el de Santiago, la rutilante Vía Láctea que acá en la sierra se mira tan cercana que casi puedes tocarla con la mano.
Me sacó de la cama la esperanza de ver a los venados que, me dice don Abundio, están bajando ya a comer el rastrojo en las labores. Busco la dirección contraria al viento. No quiero que el aire denuncie mi presencia a esos hermosos visitantes. Mi olor es el olor del hombre, que para las criaturas de la naturaleza es el olor del mal.
Este día no llegan los venados. Pero, igual que todos los días, llega el sol. Lo veo aparecer sobre el picacho de Las Ánimas, con toda su majestad de antiguo dios. "Hermano sol", le diría como San Francisco. Pero me siento tan pequeño que le digo: "Padre sol". No tengo la riqueza del pobrecito de Asís, que sabía que tenemos un Padre nada más.
¡Hasta mañana!...