La comunidad religiosa de Estados Unidos se estremeció esta semana al darse a conocer el acuerdo legal mediante el cual la Arquidiócesis de Los Ángeles pagará 660 millones de dólares a 508 víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes y religiosos.
La pesadilla de la Iglesia Católica que inició hace unos cinco años con la lluvia de denuncias en toda la Unión Americana no parece terminar todavía.
Se calcula que más de 4,300 sacerdotes católicos estuvieron implicados en acusaciones de abuso sexual de unos 10 mil menores entre los años 1950 a 2002.
Del total de casos unos 6,700 casos presentaron suficientes pruebas, otros 3,300 no fueron investigados porque los sacerdotes ya habían fallecido y alrededor de 1,000 más no presentaron evidencias de peso como para ser indagados.
El tema de los sacerdotes pederastas y pedófilos era un tabú hasta que en el año 2002 estalló el escándalo en el Arzobispado de Boston en donde se presentaron más de 500 denuncias lo que obligó al cardenal Bernard Law a renunciar ante las evidencias de haber protegido a varios de los religiosos acusados de abuso sexual a menores.
Posteriormente la Arquidiócesis pagó 85 millones de dólares a los afectados y de ahí en adelante se multiplicaron las demandas a lo largo y ancho de los Estados Unidos.
En varias diócesis se han logrado acuerdos judiciales, en otras como San Diego la Iglesia Católica recurrió a la declaración de quiebra para evitar un embargo judicial que pondría en peligro la operación de las actividades en templos, escuelas y seminarios.
Y finalmente esta semana se resolvió el caso masivo en Los Ángeles, California, que sienta un importante precedente por la magnitud de las indemnizaciones que serán cubiertas a más de quinientas mujeres y hombres que de niños fueron sujetos a delitos sexuales, especialmente en seminarios y centros escolares católicos.
De los 660 millones de dólares que fueron acordados a través del juez Haley Fromholz, unos 250 millones serán pagados por la Arquidiócesis, 227 millones más por compañías de seguros y el resto a través de varias órdenes religiosas y donaciones privadas.
Cabe señalar que un 99.8 por ciento de los sacerdotes católicos norteamericanos nunca estuvo involucrado en estos delitos y de acuerdo a investigaciones el índice de casos de abuso sexual en la Iglesia Católica no supera a otras instituciones religiosas y educativas.
Pero aún así todo mundo se pregunta indignado, ¿por qué los religiosos norteamericanos llegaron a tales extremos y nadie puso un alto a sus desviaciones sexuales?
Hay varias teorías que intentan explicar esta compleja situación que dicho sea de paso ha sido aprovechada por los enemigos de la Iglesia Católica para hacer leña del árbol caído.
En décadas pasadas se desconocían los daños nefastos que ocasiona el abuso sexual en los menores de ahí que por ignorancia y no mala fe nunca se atacó de frente el problema.
En muchos casos se llegó al extremo de reubicar al sacerdote pederasta tal como si al alejarlo de sus víctimas la conducta enfermiza desaparecería de la noche a la mañana.
Pero quizá lo que explica mejor esta situación fue el desorden que prevaleció en la Iglesia Católica norteamericana a raíz de los años sesenta cuando se combinó la liberación sexual con los aires progresistas que soplaron tras el Concilio Vaticano II.
El Papa Juan Pablo II fue el primero en fijar una postura firme en contra de los abusos por parte de religiosos católicos y de iniciar una campaña para evitar que homosexuales y pederastas ingresaran a los seminarios y centros religiosos.
Hoy la Iglesia Católica de Los Ángeles está pagando caro los errores cometidos, pero lo más importante es que reconoció, aceptó y pidió perdón por tan graves ofensas.
Mientras varias diócesis norteamericanas están al pendiente de resolver otros cientos de casos, queda a todos exigir tanto de las comunidades religiosas como de las autoridades el reforzamiento de leyes y acciones para erradicar estos abusos intolerables.
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