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Pasión| Diálogo

Yamil Darwich

En los tiempos modernos, hablar de pasión nos remite a la idea de la acción que no hace uso de razón; dejarse llevar por el sentimiento, sin pensar y actuar en consecuencias, olvidando el manejo ecuánime de la inteligencia y capacidad de discernir.

Sin embargo, la pasión, según el Diccionario de la Lengua Española, en primer término se refiere a la “acción de padecer”, contrario a la acción sin pensar.

Curiosamente expresa el compromiso de sentir y expresar amor, aunque algunos grandes pensadores han llegado a confirmar que “es una enfermedad de la atención”, caso de Ortega y Gasset, que la repudia como expresión del enamoramiento y lo califica como “embobamiento e idiocia”. También Platón lo consideraba “rapto o posesión del alma” y esos antecedentes hicieron al mundo pensante usar a la palabra pasión atendiendo la connotación negativa del vocablo.

Desde luego que la aplicación y la descripción de la palabra pasión, se ha hecho con mayor frecuencia en la definición de actos desesperados amorosos, como los casos clásicos de Romeo y Julieta, o Tristán e Isolda, que se vieron envueltos por la tragedia, en la conclusión de sus respectivas historias románticas.

En extremo, lo utilizamos para describir actos criminales, como el asesinato pasional.

Pero también debemos aplicarla a otros tipos de enamoramiento, caso del amor filial, donde el padre, o aún mejor ejemplo occidentalizado: la madre, entrega hasta la propia vida con él sobre esfuerzo físico; su padecer emocional por el hijo enfermo; o el ser querido, atrapado con cualquier tipo de desgracia.

Igual hay pasión en la entrega amorosa del amor filantrópico; de aquellos seres humanos que luego de una vida de trabajo, esfuerzo y sacrificio, donan sus fortunas a una obra social dedicada a los desprotegidos.

Recuerdo el caso de Oseola McCarty, narrado por Don Germán González Navarro; se trata de una anciana de color, que dejó su salud y la vista en quehaceres de costura y trabajo de servidumbre, quien al final de la vida, en la ancianidad, logró acumular cien mil dólares y que en un momento de real entrega al prójimo, los donó a una universidad de estudiantes negros, para ayudar a algunos de ellos a terminar sus carreras.

El verdadero amor, palabra–verbo que requiere acción y que se alcanza por medio de la pasión, hace que rascendamos al sentimiento imperfecto; querer dar más que recibir; lograr para entregar comprometiéndose con “los otros”; haciendo suya la necesidad ajena y atender alguna de ésas, particularmente sublime, hasta llegar a su objetivo, que es el bien “del otro”.

Sin duda que la pasión es la expresión del poder del amor, motor que mueve voluntades hasta alcanzar fuerza sobrehumana.

Así pues, el amor con pasión alcanza el nivel sublime haciendo que el ser humano sobresalga entre los demás; podemos citar muchos casos de hombres y mujeres que entregan lo mejor de ellos, para alcanzar objetivos propuestos y para satisfacción de los demás.

Indudablemente que el más bello ejemplo lo tenemos en la historia Jesús, el Hombre-Dios que “se hizo carne” y “vivió con nosotros” para enseñar —predicar— y finalmente someterse al sufrimiento apasionado de la muerte en sacrificio, en la cruz, castigo Romano reservado para la “escoria” humana: criminales, ladrones y subversivos. Desde luego que a eso se refiere el escritor bíblico cuando escribe: “Dios es amor”.

El mundo de hoy ha olvidado el concepto positivo del término, dejándolo en su más burda elemental expresión: pasión por el poder; dinero, bienes materiales o simplemente apetito carnal.

El profesional de hoy ha aprendido a hacer las cosas con método y disciplina científica, quizá dejando de lado a la pasión, que considera poco intelectual e indigno aplicarla por aquel que posee el conocimiento en algunas de las muchas áreas del saber.

El médico que no sólo es especialista, aquel que además se ufana por poseer la más desarrollada habilidad en la subespecialidad; el abogado que se niega a defender al acusado porque no corresponde a la competencia de su maestría profesional; o el pseudoeducador, que se dice profesor, ateniéndose únicamente a su conocimiento, sin considerar el sabor bueno que queda al entregarse con verdadero amor pasional, dando lo mejor de sí mismo, que puede ser tan simple como compartir su vasta experiencia ganada con los años que ha vivido. Lo mismo sucede con cualquier profesional, con estudios universitarios o sin ellos.

Hemos olvidado sentir la pasión –verdadera– por la vida y con ello, dejado atrás mucho de la razón de vivir.

El amor puede ser considerado de muchas formas, pero sin pasión como energía de acción no tiene verdadero valor. Ahora, para finalizar esta entrega le pregunto: ¿hace usted las cosas de la vida cotidiana con verdadera pasión? Tal vez, al hacerlo todos, cambiemos muchas realidades que nos molestan.

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