Todo empezó en mi luna de miel hace exactamente veintitrés años con once meses y dos semanas, extrañamente coincidieron las fechas y llevé a mi recién desposada mujer a disfrutar nuestro viaje de bodas a un Congreso Nacional Veterinario a la ciudad de Puebla.
Recuerdo que en el baile de gala de apertura del congreso al dar la bienvenida los organizadores del evento, felicitaron en especial a un veterinario ejemplo de dedicación, que había preferido las mieles del saber a las mieles del placer de los recién casados, incluso hasta sentí compasión por la persona de quien hacían mención. Jamás me imaginé que me fueran a nombrar.
En realidad veníamos de Acapulco de haber disfrutado de unas “merecidas vacaciones” y aproveché el regreso para asistir al congreso a Puebla. Los cambios de temperatura le habían provocado algunos problemas respiratorios a mi esposa, y se encontraba tomando medicamento para el resfriado, recuerdo que me encontraba semidormido y me decía, ¡tengo comezón en las manos! Le contestaba entre sueños, “vas a recibir dinero”, me insistía, ¡siento los párpados hinchados! Le decía “es por el sueño”, y cuando me dijo ¡no puedo respirar! Se me fue el sueño por arte de magia y me levanté de un salto de la cama, pensé sin decirle nada ¡shock anafiláctico! Le había provocado una reacción alérgica el medicamento y necesitaba de urgencia un antihistamínico, así que hablé a la recepción del hotel y pregunté por una farmacia, pasaba de la media noche, afortunadamente había una cerca del hotel y me hicieron el favor de traerme el medicamento que les indiqué, y a los diez minutos le aplicaba a mi esposa la primera inyección recetada por un veterinario.
Desde esa fecha me atreví a usurpar las funciones de la medicina humana con todo el respeto que me merece esa profesión, aclarando que lo hice sólo en emergencias, con mi familia y claro está, sin cobrar un solo centavo.
Luego continuaron mis hijos con quien seguí “practicando” la mayor de mis hijas Carolina, visitaba al pediatra cada mes desde recién nacida hasta que llegó la segunda de mis hijas Alejandra, ella ya no fue tan afortunada, fueron más esporádicas las visitas al doctor, empecé a darle “mis” medicamentos cuando se ofrecía sobre todo los de emergencia, después vino Paco, solamente veía al médico cuando necesitaba de alguna sutura en la cabeza, era extremadamente inquieto, a sus cuatro años ya era un paciente muy popular en las emergencias del hospital, por último vino Sofía, la más pequeña, no conoció los pediatras, era ya tal mi experiencia que con ella me atreví hasta extraerle un vidrio de la planta del pie aplicando anestesia local y suturar la herida.
Con ellos me convertí en experto en inyectar, estando pequeñines y durante el invierno al no querer exponerlos al frío intenso al sacarlos de casa sobre todo en la noche, me decidí a inyectarles, una hermana que es doctora me dio una amplia explicación de cómo hacerlo. Pero veía que el pánico de ellos era al ver la jeringa, era tal el llanto por parte de mis hijos que me ponía nervioso, así que se me ocurrió la técnica que utilizaba al inyectar equinos que son más sensibles que nosotros en lo que respecta a la piel, antes de inyectar un caballo le daba ligeras palmadas en la tabla del cuello, región donde aplicaría la inyección, después pellizcaba esa zona para que se insensibilizara momentáneamente, aplicaba alcohol y luego sin que me observara introducía la enorme aguja hipodérmica con un movimiento firme y rápido que en ningún momento se enteraba el animal de quinientos kilogramos que lo había “picado”, después conectaba la jeringa a la aguja e introducía los veinte mililitros de medicamento sin ningún problema. Lo mismo hice con mis hijos o algo parecido, y en la mayoría de las ocasiones ya había terminado de aplicarla cuando todavía ellos esperaban el pinchazo de la aguja, les decía, ¡ya te inyecté hijo! Y sonreían en vez de llorar.
Así que me gané la fama de tener “buena mano” y cuando alguien de la familia requería de una inyección, preferían que yo la aplicara en lugar de mi hermana o mi padre que eran médicos.
En una ocasión de vacaciones en la presa Lázaro Cárdenas o “Palmito” nos encontrábamos en una casa de campo con algunos amigos y sus familias platicando en la terraza, pasada la media noche llegó una familia con un niño de doce años con un anzuelo de pescar atravesándole la mejilla, preguntaban por algún doctor, desafortunadamente no lo había, respondimos, recuerdo que algunos amigos nos señalaron, ellos son médicos pero veterinarios, dándoles a entender que tal vez les habían informado mal, en ningún momento mi colega y yo intentamos hacer algo o incluso a opinar al respecto, cuando el padre del niño nos dijo que si podíamos hacer algo mientras amanecía para llevarlo hasta el hospital más cercano. Mi colega acertadamente no opinó, y yo al ver el niño sufrir tuve que abrir la boca, le dije, voy a desinfectar la herida y mañana tiene que ir con el doctor para que extraiga el anzuelo y aplique algún antibiótico y la vacuna antitetánica, bueno él ya sabrá qué hacer, sólo le voy a dar los primeros auxilios. Mi único instrumental era una navaja suiza, ya me había metido en esto pensé, así que haz el favor completo y logré quitar el anzuelo sin causar algún daño en el tejido y desinfecté la herida, no sin antes repetir las indicaciones que había dado. Sé que no me correspondía hacer tal acción, pero se trataba de un niño herido, esperaba que no hubiera algún reclamo o complicación, afortunadamente sólo hubo palabras de agradecimiento.
Me inspiró escribir este artículo cuando hace algunos días, estaba por cerrar la clínica en la noche, llegó mi hermano el menor a que le facilitara el número de teléfono de nuestra hermana que es oftalmóloga que vive en la Ciudad de México, me explicó que su esposa tenía una infección en el ojo y quería alguna recomendación, después de unos minutos entró mi cuñada al consultorio y le vi el ojo muy irritado con una conjuntivitis severa, al explicarme los síntomas, me pareció que todo era ocasionado por un cuerpo extraño, les pregunté que si querían la podía revisar, al unísono respondieron afirmativamente, utilicé la lámpara de “Burton” que me obsequió mi padre que precisamente era la que utilizaba como oftalmólogo en su consultorio, al igual que unos lentes especiales para magnificar las imágenes, después de unos minutos de observar el ojo y el interior de los párpados no encontré absolutamente nada, fue cuando les dije, necesito retraer el párpado, ¿están de acuerdo? ¡Claro hombre! Respondieron, le di la vuelta al párpado superior como quien dobla la manga de una camisa y gracias a la gran intensidad de la luz de la lámpara y a los lentes, alcancé a distinguir un pequeñísimo punto brillar, dije muy contento, ¡te encontré! De no ser por el equipo resultaría imposible haber distinguido dicho cuerpo, con una lanceta extremadamente fina y puntiaguda y claro desinfectada, retiré la esquila metálica que medía como la quinta parte de un milímetro.
Inmediatamente desapareció el dolor del ojo, mas no la molestia total por la lesión causada por la esquirla y el tiempo en que había permanecido. Le apliqué algunas gotas de antibiótico “para humanos” y le dije que mañana visitara a su oftalmólogo.
Al despedirse mi hermano y su esposa muy contentos y agradecidos, les dije, solamente tengo una duda, se detuvieron en la puerta muy extrañados y quedaron los dos a la expectativa. Qué datos voy a escribir en el libro de consultas, dije serio, no entendemos seguían intrigados, si les dije, qué voy a poner en el renglón donde dice... ¿Raza?