Una cruz encendida se observa frente al Coliseo de Roma, durante la celebración del Viernes Santo, en la que se representa el Vía Crucis de Jesús. La ceremonia fue dirigida por el Papa Benedicto XVI. (EFE)
Recorren miles de peregrinos sendero de Jesús en Jerusalén.
Agencias
Roma, Italia.- Benedicto XVI concluyó ayer su segundo Vía Crucis como Papa con unas palabras en las que invitó a los católicos a ver reflejado en el sufrimiento de Jesús “a todos los que sufren en el mundo”.
“Es ésta la profunda intención de la oración del Vía Crucis; la de abrir nuestro corazón, la de ayudarnos a ver con el corazón”, dijo Joseph Ratzinger.
El papel de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia Católica también fue protagonista en los actos de celebración del Viernes Santo en Roma, presididos por el Papa Benedicto XVI.
Las alusiones a las mujeres se hicieron tanto en la homilía de la Pasión del Señor, celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano, como en las meditaciones del Vía Crucis, que recorrió como es tradicional el Coliseo de Roma.
Miles de personas, entre católicos, peregrinos y turistas, siguieron al Papa en el Vía Crucis con el que los católicos conmemoran las etapas que Jesús de Nazaret hizo desde su oración en el Huerto de los Olivos hasta el monte del Gólgota, donde fue crucificado.
En cada una de las catorce estaciones que componen el Vía Crucis se leyó una meditación referida a esos pasajes del calvario de Cristo, que sirvió de ejemplo para explicar el sentido literal o metafórico de la vida cristiana.
Así, por ejemplo, en la novena estación se representó el encuentro de Jesús de Nazaret con las mujeres de Jerusalén que, según monseñor Gianfranco Ravasi, autor este año de las meditaciones, significa que “numerosas madres, hijas y hermanas estuvieron en torno a Jesús, hasta su última hora”.
Trasladado a la sociedad actual, según Ravasi, el pasaje religioso recuerda a “las mujeres humilladas y violentadas, las marginadas y sometidas a prácticas tribales indignas, las mujeres con crisis y solas ante su maternidad, las madres judías y palestinas, y las de todas las tierras en guerra, las viudas y las ancianas olvidadas por sus hijos”.
Pero ésa no fue la única referencia a las mujeres ayer, ya que el predicador de la Casa Pontificia, el franciscano capuchino Raniero Cantalamessa, les dedicó toda la homilía en la Pasión del Señor.
Alabó el hecho de que estuvieran hasta la muerte con Jesús de Nazaret y destacó que fueron ellas las primeras en verle resucitado.
Por ello, Cantalamessa expresó su esperanza de que “se abra finalmente para la humanidad una era de la mujer”, a la que atribuyó un papel relacionado con los sentimientos al afirmar que se trata de “una era del corazón, de la compasión”.
Las referencias a las mujeres no trataron, sin embargo, uno de los asuntos más discutidos, incluso dentro de la Iglesia Católica, como es el del sacerdocio de las mujeres.
Mientras tanto, las angostas calles adoquinadas de la Ciudad Vieja de Jerusalén fueron atestadas el Viernes Santo por miles de peregrinos cristianos de todo el mundo, algunos cargando grandes cruces de madera, para recorrer el sendero que siguió Jesús hacia su crucifixión.
Peregrinos de Estados Unidos, India, Corea del Sur, Filipinas, Rusia y otros muchos países reprodujeron el último recorrido de Jesús por Jerusalén el día de su muerte -la conmemoración del Viernes Santo-. Muchos portaban candelas y entonaban salmos en lenguas diferentes, como inglés, latín e hindú.
En representación de diversos credos católicos y ortodoxos, varios clérigos ingresaron en fila al antiguo Templo del Santo Sepulcro, donde según muchos fieles Jesús fue crucificado y enterrado. Como parte de una tradición anual, las puertas del santuario fueron abiertas por un integrante de la familia musulmana que ha conservado las llaves por siglos.
Dentro del templo, los peregrinos posaron la cabeza sobre la larga y suave roca donde se cree que el cuerpo de Jesús fue aseado una vez retirado de la cruz. El vocero de la Policía israelí Micky Rosenfeld, dijo que centenares de agentes fueron colocados en torno a la Ciudad Vieja para mantener el orden mientras millares de peregrinos recorren la ruta que tomó Jesús con su propia cruz.
Viven filipinos en carne propia la crucifixión
Varios cristianos fueron crucificados por su voluntad ayer Viernes Santo sobre el monte polvoriento de una aldea filipina para reproducir la muerte de Jesús en un acto que congrega a miles de turistas y espectadores.
El rito de la Pascua es rechazado por los dirigentes religiosos de las Filipinas, la nación del sureste asiático con la mayor población católica, pero se ha convertido en una de las atracciones de la temporada más esperadas del país en la localidad de San Pedro Cutud en la ciudad de San Fernando, unos 70 kilómetros al norte de Manila.
En esta ocasión, siete devotos fueron unidos a cruces de madera con clavos de diez centímetros de largo mojados en alcohol para evitar infecciones. Las crucifixiones tuvieron lugar después de un recorrido de 1.5 kilómetros por el monte, durante el cual cada cristiano cargó una cruz de madera sobre sus espaldas.
Entre los penitentes de cada año en San Pedro Cutud estaba Rubén Enaje, un comerciante de 46 años de edad, quien fue crucificado por 21 ocasión en Viernes Santo.
Horas antes, decenas de hombres con el torso desnudo azotaron sus espaldas con varas de bambú atadas a una soga en un rito de flagelación concebido para expiar los pecados.
“Llevan esta religión al extremo”, observó Gomas de Miguel, un turista español. “En España, decimos que somos católicos, pero no de esta manera, creo”.
“No es mi credo, pero sé que lo hacen con honestidad y yo lo respeto”, dijo la turista estadounidense Dennis Smith.
Un centenar de turistas extranjeros asistió a los ritos del Viernes Santo este año y muchos los presenciaron desde un estrado que fue montado a un lado del monte, dijo el policía Romeo de la Peña.