La coincidencia de su muerte con la de un general que mandó hacer el mal (matar a estudiantes inermes) obliga a subrayar el papel de bienhechor propio de José Luis Martínez, uno de los más cabales hombres públicos de nuestro país, que recorrió su senda vital haciendo el bien. Sus amigos discuten si su prenda mayor fue la generosidad, o la inteligencia, o el ahínco con que emprendió las vastas labores de creación e investigación literaria, y sus afanes en el servicio público.
Con motivo de su aniversario número 89, cumplido el 19 de enero pasado (pues nació en Atoyac, Jalisco, en 1918), la Academia mexicana de la lengua (de la que fue director efectivo de 1980 a 2002 y desde entonces director honorario perpetuo, tuvo el tino de rendirle homenaje el 25 de ese mismo mes. Según recordaban el viernes pasado su paisano jalisciense y digno sucesor al frente de la Academia, don José G. Moreno de Alba, y Gonzalo Celorio, no pudo leer el mensaje escrito para la ocasión (por lo que Celorio leyó casi todo, excepto el párrafo final). Pero si el habla le faltaba, su lucidez característica resplandecía en el texto. Y con ella, la humildad: “Si vuelvo la vista a mi propio pasado, a partir de aquellos remotos años a finales de mis treintas y a lo largo de 1940 en que me inauguraba, encuentro que objetivamente algo he hecho en el campo de los estudios literarios, aunque mucho menos de lo que cada vez hubiera querido hacer”. ¿Algo? No: muchísimo hizo Martínez para que los mexicanos conozcamos, valoremos, disfrutemos y sintamos orgullo por nuestras letras: no dejó terreno sin roturar y su siembra rindió frutos en todas las épocas de nuestra literatura, que conoció y amó como nadie.
Como pocos, a su vez, concilió la fidelidad a su oficio intelectual con los deberes del servidor público. Su primera obra de fuste lo prueba. Secretario particular de Jaime Torres Bodet, en su primer turno al frente de la Sep, participó en la redacción de México en la cultura, obra notable preparada en el último semestre del sexenio de Manuel Ávila Camacho. Entre otros autores, narró Torres Bodet, “Alfonso Reyes, director del Colegio de México, consideraría las letras patrias, desde los orígenes hasta el fin de la Colonia. José Luis Martínez, que trabajaba a mi lado, completaría el ensayo de Reyes y, por consejo del propio Reyes, examinaría nuestra producción literaria desde la Independencia hasta 1946”. Así surgió Las letras patrias, su tercer libro, el primero entre los mayores, si consideramos que como joven poeta publicó una Elegía por Melibea y luego, ya en su campo de dominio La técnica en literatura. Introducción a las letras de México.
Desde entonces no cesó su exploración del pasado y el presente literario.: “descubrí la espléndida literatura indígena, así como el resto de nuestras letras”. Estudió a los poetas del siglo XIX y dedicó cuatro tomos a la obra de Justo Sierra y se ancló “durante años en la personalidad fascinante de Ramón López Velarde, del que hice una edición crítica de la poesía y la recopilación de su prosa”. Escribió una insustituible Guía para la navegación de Alfonso Reyes, y a la hora de su muerte encabezaba un equipo que prepara la edición del Diario del “mayor escritor de su tiempo” como consideró a don Alfonso. Publicó cuatro tomos de Documentos cortesianos, que le sirvieron para su colosal biografía de Hernán Cortés. Y antes había dado a la estampa su Nezahualcóyotl, vida y obra a quien, dijo, podemos sentir “tan legendario como cercano y propio, porque es una de nuestras estirpes. Por el lado indio es nuestro poeta y pensador más antiguo y la constancia del último esplendor de aquella cultura.”
Su laboriosidad de escritor no lo apartó de otros menesteres de la vida pública. Dos veces fue diputado federal por distritos de su natal Jalisco, en un arco temporal tan amplio que la primera vez (1958-61) no hubo oposición en la Cámara, mientras que en la segunda (82-85) convivió con más de 200 legisladores ajenos al PRI. Entre esos dos momentos sirvió en la diplomacia: fue embajador en Lima, en la Unesco y en Atenas (lo que lleva a mencionar que hoy otro José Luis Martínez, su hijo, lo es en Budapest). Y lo hizo también en la administración pública, en los más altos cargos del servicio cultural: dirigió el Instituto Nacional de Bellas Artes, nombrado por su amigo y coterráneo Agustín Yáñez, secretario de Educación, y en 1968 le tocó organizar la Olimpiada cultural, el lado positivo de aquel año aciago. También dirigió el Fondo de Cultura Económica.
Sin robar tiempo a la función, cumpliéndola, don José Luis no dejó de trabajar sus parcelas. Compiló seis volúmenes, aparecidos en 1976, de El mundo antiguo, a la que el nunca complaciente José Emilio Pacheco consideró “acaso la obra de divulgación más importante que se publicó en el México de los setenta, un trabajo que no existe en ningún otro idioma y menos como producto de una sola persona”.
Martínez no sólo escribió y leyó libros. Los atesoró también con especial cuidado, en la biblioteca en que se convirtió su casa en la colonia Anzures de la Ciudad de México. Sobre todo, los amó y los regaló: siendo niño recibió de su padrino el cura de Amacueca las Obras espirituales de San Juan de la Cruz: Muchos años después “en las librerías de viejo de la avenida Hidalgo encontré otro ejemplar, bien conservado y encuadernado, de esta vieja edición que regalé a mi viejo amigo Alí Chumacero”, quien hoy dirá su responso en Bellas Artes.