No pude aceptar la invitación que me formuló mi amigo Juan Ceballos, para asistir hoy sábado, a Radio Grem a comentar sobre el primer año de Gobierno de Felipe Calderón, pero su propuesta me dejó pensando.
Ciertamente ha sido un año menos accidentado que el primero de su antecesor y eso ya es mucho decir, aunque hacerlo peor que Vicente Fox, es una marca difícil de superar.
Con más experiencia y sobre todo capacidad, Calderón sabía que no podía partir de la base de que estaba en posición de establecer por sí solo un esquema de gobernabilidad que le diera viabilidad a un proyecto de nación.
Aunque las elecciones se ganan con un voto, el hoy presidente supo que no podía contar con el apoyo del PRD y por tanto tenía que establecer una alianza estratégica y discreta con el PRI. No tenía para dónde más voltear.
Y en política si se tiene que pactar con el diablo, se hace, de ahí que Calderón haya aceptado también entrar en negociaciones con Elba Esther Gordillo, aprovechando el encono que ésta traía y sigue trayendo contra Madrazo.
Calderón, que pasó por el Congreso, sabe tejer fino y conoce de alianzas y acuerdos para sacar adelante determinados proyectos aunque sea parcialmente, pero avanzando hacia el punto que se quiere.
Frente a un escenario de desconcierto, en que los líderes camerales se encuentran sueltos y los gobernadores encasillados en sus feudos, no le resultó tan difícil llegar a consensos.
Sólo que, por esa misma situación, la Presidencia ha dejado de ser lo que era y ahora carece de la fuerza que ejerció, por ejemplo, Carlos Salinas, quizá el último de ellos que hizo uso del poder presidencial de manera ostensible.
Siendo formalmente el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, comenzó por congraciarse con ellas para evitar cualquier situación de peligro y les aumentó los salarios. Así se aseguró el apoyo del sector castrense, cuya lealtad a la nación nadie pone en duda, pero tampoco se pone su apego a la nómina.
Tratando de buscar los golpes espectaculares, tan necesarios para afianzar la Presidencia, abrió la guerra contra la delincuencia organizada, y le dio de palos a un avispero que aún permanece alborotado, con el añadido de que los resultados positivos no se han dejado ver todavía.
En esa misma línea de acción aceptó que se atentara contra la estabilidad del IFE, cambiando a todos sus integrantes del Consejo General. Debe haber considerado que como su elección ya había pasado, que le toque a los que vienen detrás el liderar con la pusilanimidad de quienes queden en el nuevo Consejo, pues seguramente les va a temblar la mano para aplicar la ley. Pero esa historia aún está por verse.
Hay que reconocer que ha actuado en forma mesurada y no se ha enfrentado con los sectores políticos. Su antecesor, echó a perder varias veces acuerdos ya tomados, por su incapacidad para mantener la boca cerrada.
Sacó también adelante una reforma fiscal que, bien o mal, era la posible y en esa materia, nunca se logra todo lo que se quiere, sino lo que se puede.
Le siguen haciendo falta los operadores políticos eficaces, que logren estructurar los acuerdos importantes para hacer avanzar al país y lamentablemente no los va a encontrar entre sus pares, entre los panistas. Tendrá que buscarlos en otras áreas del quehacer político, porque la habilidad para negociar no se improvisa y a su secretario de Gobernación le puede pasar lo mismo que a Santiago Creel, que planeaba mucho, pero no aterrizaba nada.
Ciertamente, estamos ante escenarios inéditos, pero es frente a ellos donde se muestra la figura de los estadistas, cuando un jefe de Estado la tienen.
Es apenas el primer año y el presidente cuenta con cierta aceptación y confianza. Sin embargo, si no se apura en consolidar la Presidencia, los cinco restantes pasarán muy pronto y dos sexenios perdidos, no los aguanta ni el pueblo de México.
Por lo demás, “Hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te guarde en la palma de Su mano”.