Uno, en ese típico ademán de rascarse la cabeza, como lo hacen la mayoría de los seres humanos, sin que haya más comezón que la duda de que las cosas sean como se plantean por los interesados, leía la nota referida a que el Gobierno peruano se dispone a vender el avión presidencial bajo el argumento de la importancia que reviste el que un presidente se desplace como todos los ciudadanos utilizando los medios de transporte colectivos que normalmente usan todos los peruanos. Los recursos que se obtenga por su venta se destinarán a la construcción de un nosocomio infantil. Quien hace el anuncio es el presidente de Perú, Alan García, considerando que es un símbolo de frivolidad y sensualidad. El aparato, un avión Boeing 737, tuvo un costo de 25 millones de dólares. En el Gobierno que le antecedió a cargo de Alejandro Toledo se desembolsaron 29 millones de dólares en gasolina, mantenimiento y repuestos para desplazar evidentemente a una sola persona. Luego denuncia que Toledo viajó 97 veces al balneario de Punta de Sal, al norte de Perú, suponemos, no lo dice explícitamente, en un plan de pachanga bulliciosa.
El mandatario actual preside un Gobierno socialdemócrata y su decisión como puede ser una medida atinada, dada la pobreza de los pueblos de Latinoamérica, también es posible que se trate de una decisión con ribetes demagógicos a que tan afectos son los gobernantes de todas las latitudes en este continente. ¿Qué quiso decir el Ejecutivo al señalar que es un símbolo de frivolidad y sensualidad? La frivolidad se entiende como lo ligero, veleidoso e insustancial. Tengo presente que en mis tiempos de estudiante había un teatro de burlesque, de nombre Tívoli, de rompe y rasga que era considerado poco serio por que presentaba un espectáculo frívolo, esto es, ligero y sensual. Los cómicos hacían skechts que abundaban en chistes colorados, las vedettes evidentemente al trabajar en un bataclán, se presentaban con poca ropa y el público se comportaba en su mayoría de manera poco convencional. Y si, déjenme decirles, había una propensión excesiva a darle gusto a los placeres de los sentidos. Volviendo al caso ¿Debe entenderse que quienes lo antecedieron en su puesto de presidente utilizaban la aeronave fuera de los trabajos oficiales, para asuntos muy ajenos al cumplimiento estricto de sus funciones? Si es así aun es tiempo de denunciarlo a las instancias correspondientes pues de otra manera se está haciendo cómplice de un abuso de poder.
Es buena la medida pero poco práctica. Un presidente, en estos azarosos tiempos, se expone a que si el avión es de línea, se cancele el viaje en el momento menos esperado, sin previo aviso, su seguridad al impedirse que suba gente armada lo dejaría a merced de la delincuencia internacional, puede que le pierdan el equipaje como sucede a menudo con el de la gente común y lo peor, que el avión comercial no salga ni llegue a la hora convenida. Estos aviones no tienen palabra de honor. No es recomendable que deje su limousine para tomar un pesero, pues corre el grave peligro de que no arribe a su destino, sea asaltado por el chofer, le saquen el dinero de sus tarjetas de crédito, le roben su reloj de pulsera y cuanto objeto de valor traiga consigo. Suficiente será con que de ahora en adelante use la nave sólo para viajes oficiales. De seguir así la próxima medida, para ser coherente con su deseo de ahorrar, es que venda el edificio en que despacha como gobernante ?aquí en México sería el Palacio nacional y la mansión denominada Los Pinos-, rentándose una oficina de medio pelo en algún barrio barato, el equivalente a Tepito o a la Bondojito de por acá. Estaría bueno, ya encarrerado, que se traslade en esos armatostes antidiluvianos que les llaman pomposamente de transporte urbano o en cualquiera de los medio colectivo donde se arracima la gente del pueblo, hasta en los estribos. Lo que debe hacer es coserse las bolsas y de ser posible no llevar cartera por que se la vuelan, los especialistas tiene la habilidad de desposeerlo de sus calcetines sin quitarle los zapatos, no digamos de otras prendas. Bien por Alan García, mal por que no se ha dado cuanta que es el presidente no un simple particular.
Ahora que, bien visto el asunto, en eso tiene razón el Ejecutivo peruano: se hace mal uso de los bienes que son puestos a disposición del primer mandatario. No lo haga ni él ni su familia y sanseacabó. Es un lujo necesario dado lo acelerado de la vida moderna. Mejor, en vez de descender al nivel de las clases sociales que batallan para sobrevivir cada día, luche por elevar el estándar de vida de su pueblo mediante la aplicación de salarios decorosos, creando los empleos que tan importantes son en nuestro hemisferio, vigile que su equipo de colaboradores cumplan con acendrado patriotismo las labores que la ley les encomienda, permanezca más tiempo detrás de su escritorio y exija a los demás poderes que ejerzan su cargo con el espíritu republicano de un Benito Juárez. Si asiste a algún acto no protocolario que requiera el uso del avión, trátese de un viaje de placer o para cumplir un compromiso social de carácter personal, entonces si que le rebajen su costo de su salario como Presidente, debiendo rendir cuentas al Congreso de su país del gasto que se hizo y como se cubrió. Creo que de esta manera no perdería un ápice del respeto que se debe a su investidura y no cometería, como dice lo hizo su antecesor, Alejandro Toledo, un uso abusivo de bienes que son propiedad de la Nación.